La última kurda

Me bajé del tranvía con el último "chan-chán" de la versión de Goyeneche de uno de mis tangos preferidos. Habíamos quedado en encontrarnos en la estación Çemberlitaş a las 7:30 pm. pero llegué antes (algo inusual en mí). Me senté en el mismo banco en el que otras veces nos habíamos sentado, guardé mi mp3 (ya casi sin batería) y me puse a ver las fotos que había sacado. Ninguna me gustó. Llegó a horario (algo usual en él) y se sentó a mi lado, como tantas otras veces. Hablamos de pavadas, de su ropa siempre tan impoluta, de mi pinta siempre tan zaparrastrosa, de lo que habíamos hecho ese día, el día de ayer, el día anterior, en la semana, evitando hablar de lo que queríamos evitar: nuestra inminente y triste separación.
Una de las cosas que descubrí viajando es que los vínculos que establecemos con los otros no se pueden medir en tiempo, sino en intensidad del o los momentos compartidos y de una conexión a veces inexplicable que simplemente se da. Recuerdo que a los quince días de haber llegado a China me invitaron a un cumpleaños sorpresa. Cuando la agasajada llegó, se emocionó hasta las lágrimas y sentada en la escalera secándose los mocos apenas pudo balbucear un "gracias familia". Me acuerdo perfectamente de su comentario porque lo encontré bastante exagerado. Pero a los pocos meses yo ya me había hecho de mi propia familia, y pude sentir y entender lo que ella había expresado. Aunque en realidad no se trate de entender, sino de dejarse llevar por lo que se siente, por ese algo que fluye y que es difícil de poner en palabras. ¿Cómo se puede llegar a querer tanto a unas personas a las que conociste hace un par de meses y con las que compartiste tan poco "tiempo"? Se puede, porque las emociones no se miden en tiempo. Pero eso yo lo aprendí estando afuera e ignoro si me hubiera permitido sentir todo lo que viví estando en Buenos Aires.
Por eso temía tanto nuestro encuentro. Para él, la intensidad con la que se dio todo fue desde un principio ilógica e incomprensible. Para mí, nunca hubo lugar para la lógica y tampoco había nada que entender. Las cosas se habían dado así y estaban muy bien. Sin embargo, algo se había interpuesto en nuestro camino, algo que ninguno de los dos pudo prever y que inexorablemente, tarde o temprano, algún día iba a aparecer: la diferencia cultural. Eso que tanto atrae y que a la vez tanto distancia ahora nos estaba enfrentando a nosotros, a nuestras tradiciones, a nuestros miedos, a nuestra identidad, a nosotros mismos. Salir con alguien de otra cultura implica atravesar un montón de puentes y barreras, es jugar con fuego con la fascinación y los riesgos que ello implica, y te obliga a leer e interpretar minuciosamente la letra chica de un contrato que nadie lee. Cuando se habla de "choque de culturas" rara vez se menciona lo que ese choque provoca y cuánto influye en una relación entre dos personas.
La cultura turca basa sus relaciones principalmente en la familia. Es común que abuelos, padres, hermanos, primos, tíos, sobrinos vivan en un mismo edificio, o que se visiten muy a menudo. Algunos hasta emprenden negocios familiares, en donde cada miembro ocupa un lugar preciso y donde puede destacarse. También viajan o pasean juntos, y es de lo más normal ver a una chica acompañada de su madre, hermana y/o prima, cuando no de su marido y sus cuñados. En lo que respecta a las relaciones de pareja, solo se presenta a la familia al futuro cónyuge, es decir, cuando la relación ya está completamente afianzada y los planes de casamiento son inminentes. Entonces ocurre el esperado pedido de mano: el novio y sus padres van a la casa de la novia para pedirla en matrimonio. Una vez allí, se sirven té y delicias turcas y charlan hasta que la novia prepara un buen türk kahvesi (café turco) demostrando así sus excelentes cualidades como ama de casa. Ese es el momento en que los respectivos padres de los novios se ponen de acuerdo para que sus hijos se casen, fijan una fecha y festejan el compromiso. Algunos respetan la tradición más que otros, pero si hay algo en lo que todos concuerdan es en no presentar a la pareja hasta tanto no se esté seguro de que será "para toda la vida". Los que son todavía más tradicionales siguen la costumbre de dejar a la familia la elección de sus esposos, algo que se arregla entre los padres de los dos novios, quienes en algunos casos incluso no se conocen. Más importante que ellos son sus familias, y algunas rechazan categóricamente las uniones mixtas ya que no pueden comprobar si el novio o la novia son "de buena familia". Y si bien en todo hay excepciones, este no era el caso. Porque mi turco, además de turco, era de origen kurdo, aún más tradicionales. Y si bien él era liberal, de ninguna manera su familia iba a aceptar en su seno a una extranjera, que encima no es musulmana. Y sin su consentimiento, nada puede hacerse. ¿Pero por qué estábamos hablando de matrimonio a los dos meses de estar saliendo? "Porque de nada sirve que sigamos juntos y nos enamoremos si a la larga no nos vamos a poder casar".
De todo el repertorio de separaciones que he tenido, desde el clásico "no sos vos, soy yo" hasta el "no estoy preparado" y el "seamos amigos", jamás se me ocurrió agregar el "no nos podemos casar" a la lista de argumentos. Su excusa para dejarme parecía válida y al mismo tiempo desopilante.
Y entonces lo vi, jugando a 'seducir extranjeras' y divirtiéndose hasta que su padre le encuentre una turca kurda musulmana que el día de su boda pueda lucir orgullosa el lazo rojo en su cintura (indicando su virginidad) y sea "de buena familia". Muy lejos estaba yo de ser aceptada.
A veces viajar por el mundo puede ser también una forma de viajar en el tiempo.
Me subí al tranvía de vuelta sin mirar atrás. Me puse mi mp3 y antes de que se acabara la batería pude escuchar a Malena Muyala cantar la primera estrofa de "Tu pálida voz": Te oí decir, adiós, adiós.... Me sonreí y pensé en la ironía de mi premonitoria lista de reproducción, y triste, como un tango, llamé a mis amigos porque esa noche no quería estar sola. Fuimos a un bar y O. pidió una botella de Rakı, y luego otra, y luego otra. La vez anterior que tomamos este licor la resaca fue tan horrenda que juré no volver a tomarlo, pero falté a mi promesa. Es que en lo que respecta a bebidas y amores soy una reincidente crónica, por eso sospecho que, a pesar del sufrimiento del después (¿qué importa el después?), esta no será mi última experiencia (en) kurda.

çok uzaklarda

Una esquina vacía.
Una mujer perdida buscando algo.
Un hombre sentado en una silla en la vereda mira la gente pasar.
Un hombre parado frente al hombre sentado le habla a la mujer perdida buscando algo que pasa caminando. El hombre sentado interviene, y la mujer que pasa caminando y el hombre de la silla en la vereda comienzan a hablar. El hombre parado le trae una silla a la mujer y el hombre sentado le ofrece un té. De repente el hombre parado y la gente que pasa caminando se esfuman, y dos desconocidos hablan como si se conocieran de toda la vida. Dos vacitos de té sobre un banquito de plástico y un hombre y una mujer sentados en la vereda. El hombre sentado ya no mira la gente pasar, y la mujer no se acuerda qué estaba buscando. Se miran y se olvidan que están sentados en la vereda, que frente a ellos hay un hombre parado y que hay gente que pasa caminando. El encuentro dura lunas, cielos, piel, perfumes, sal, miel, suspiros, sonrisas y preguntas (¿cómo se mide esa intensidad?).
Un día, la mujer sigue su camino. Se va lejos pero no deja de pensar en el hombre sentado en la vereda.
Un día, el hombre se levanta de su silla y atraviesa más de 1000 km para ir a su encuentro.
El tiempo se detiene y durante 1001 noches vuelven a olvidarse de los que están frente a ellos y de la gente que pasa caminando. Por la mañana el hombre vuelve a su calle y a su silla. La mujer cierra los ojos para no verlo partir.
1000 km de distancia separan a un hombre sentado en la vereda que mira la gente pasar y a una mujer perdida que pasa caminando todas las noches por las mismas esquinas buscándolo.




La isla encantada

Desde que tengo memoria, siempre tuve sueños "extraños": un tiburón blanco re copado se ofreció a llevarme adentro de su boca a una fiesta en el fondo del mar porque estaba llegando tarde (para variar...); viajé en tarántula gigante por la Panamericana (siendo aracnofóbica como soy!!); fui testigo y partícipe de múltiples crímenes junto con Tom Cruise, Nicole Kidman, Julian Assange, y otros; tuve love stories con Plácido Domingo, Erwin Schrott (se ve que la voz de barítono me puede), Richard Gere, Christopher Lambert (de joven) y hasta con un simpático Mefistófeles, que me hablaba en una lengua que no entendía pero que igual podía comprender. He soñado historias dignas de culebrones, películas de terror, comedias absurdas y bizarras como pocas. Para mis amigos es una pesadilla que les cuente un sueño (por el detalle y la precisión con que relato cada uno), e intuyo que para mis terapeutas también lo fue.
Hace siete años exactamente tuve un sueño muy particular, uno de mis preferidos, muy 'cursi' para mi estilo de entonces, y que nunca pude olvidar.
Soñé que yo siempre había tenido una cierta capacidad para la magia, pero nunca la había querido utilizar por miedo. Hasta que un día, tomando coraje, decidía sacar algo bueno de eso e iba a un lugar donde sabía que pasaban cosas "mágicas". Al llegar, me daba cuenta de algo increíble: la magia es una sensación corporal alucinante. Es decir, se pueden realizar "actos mágicos" únicamente si se siente la magia en el cuerpo. Volvía a mi casa feliz, con deseos de probarla, me sentaba en un sillón y trataba (por medio de la magia) de levantar un fierro que estaba tirado en el suelo. Estaba tan concentrada tratando de elevar el fierro hasta mi mano que me caía del sillón, pero con tanta "suerte" que al incorporarme veía que al lado de mi mano estaba el bendito fierrito, y al agarrarlo entendía que la magia siempre está presente pero de manera velada, casi sin que la notemos, "disimulada" en hechos cotidianos frecuentes. Yo quería que el fierro subiera hasta mi mano, pero en su lugar me caí yo hasta él "mágicamente", porque la tímida magia prefiere no manifestarse de manera tan abierta sino que gusta de esconderse para que no nos avivemos de su embrujo diario.
La imagen del sueño fue fascinante, eso de pensar que la magia se esconde en cualquier lado y que no nos damos cuenta, y que es una sensación corporal.
Me acordé de este sueño al poco tiempo de desembarcar en Koh Tao. Llegué con la idea de quedarme tres o cuatro días, sin saber bien qué hacer ni a dónde continuar después, y con mi brújula apuntando al norte. No tenía reserva de hotel ni hostel ni nada, ni mapa del lugar, ni la más remota idea de dónde estaba ni de por qué me había encaprichado tanto en ir ahí. Esperaba encontrarme con miles de personas ofreciendo alojamiento (como en Koh Phi Phi), pero cuando el barco llegó a las 6 de la mañana el puerto estaba completamente vacío y solo había taxis que ofrecían su servicio por una suma descabellada. Un taxista se apiadó de mí y me llevó por casi nada a la zona donde empieza la playa más concurrida, Sairee Beach. En un principio atribuí su bondad a mi pinta de pordiosera; hoy lo veo como el comienzo de los días mágicos que viví en esa isla encantada.

Koh Tao tiene una extensión aproximada de unos 21 km2, y está situada en el Golfo de Tailandia a unos 70 km. del continente. Su nombre ("Isla Tortuga") se debe a la forma de la isla (que de tortuga no tiene mucho) y a la cantidad de tortugas marinas que en una época solía haber. Las revistas turísticas dicen que inicialmente fue una isla deshabitada, refugio de marineros en días de tormenta o simplemente parada estratégica camino a otro rumbo. Pero hay otra historia también, un poco más siniestra, que no se cuenta en los folletos de viajes, y que dice que hace no muchos años la isla fue una especie de Alcatraz, una cárcel a donde mandaban a los presos (muchos de ellos políticos) y los dejaban abandonados a su propia suerte. La lejanía con respecto al continente y a las otras islas convertía a Koh Tao en una prisión "perfecta". Los tailandeses, que son muy supersticiosos, creen que cualquiera que llega a la isla queda inmediatamente "preso": no se puede ir o siempre regresa. Algo de eso me pasó a mí.
La mayoría de las personas que va a Koh Tao lo hace para bucear, ya que es el lugar más barato del mundo para adquirir licencias de buceo (además de ser un sitio precioso). Yo había buceado una vez, cuando estaba en la primaria, en Puerto Madryn. Fue mi "Bautismo Submarino", y siempre lo recordé como una de las experiencias vividas más increíbles e intensas. Claro, cuando lo hice tenía apenas 10 u 11 años, y en esa época no tenía mucho con qué comparar la intensidad de mis experiencias vividas. Quién hubiera dicho que 20 años después iba a rectificarlo....
Mis primeros días fueron de relax y exploración. Me dediqué a recorrer la isla y sus playas, a nadar en cada una de ellas, a mirar el cielo hasta quemarme los ojos, a bailar en la orilla del mar en los bares que bordean la costa y a respirar un aire distinto, especial. Había algo en la atmósfera de la isla que me inspiraba, como un presagio de esa brisa que de a poco me iría atrapando en un remolino de emociones.
Me tomé mis días para elegir cuál sería mi escuela de buceo. La oferta es tan pero tan pero tan amplia que desorienta. Pregunté, investigué, mandé mails, y en la espera de respuestas (y señales) me terminé quedando con la que se tenía que cruzar por mi camino en el momento menos pensado, mientras estaba buscando otra cosa. Además su nombre, Pura Vida, me resultó muy tentador.
Las dos primeras clases fueron teóricas, y cuando al día siguiente fuimos al mar me sorprendí recordando al detalle mi Bautismo Submarino: la máscara, el regulador, el tanque, el chaleco, el traje, el peso, la emoción de flotar debajo del mar, la ingravidez, la ligereza, la calma, el silencio, la magia.
Y entonces me acordé de mi sueño, y la sentí, empecé a vivir y a experimentar esa sensación en el cuerpo: la presión del agua sobre mí; los colores que cambian de color; el gusto a sal; flotar, y que sea tu respiración la que te lleve más arriba o más abajo; respirar, y que las burbujas exhaladas sean el único sonido; volar, y que sea el agua tu impulso; ver, y que tus ojos no den crédito ante tanta belleza. Y todo ahí, a 7, 12, 15, 18, 30 metros abajo del agua. Abajo del agua. Mágico.
Los días pasaron, y de los tres o cuatro que me iba a quedar llegué a estar casi un mes, sumergida durante el día en un paraíso marino y fascinada a la noche por los shows de fuego a la orilla del mar, cautivada por las historias de un birmano, riendo hasta llorar y bailando hasta caerme con desconocidos-conocidos de toda la vida, sintiendo en cada poro de mi piel la magia de saberme viva, y darme cuenta de que lo que empezó siendo una visita caprichosa y sin rumbo se convirtió en un deseo de cambiar de rumbo para adueñarme de esa nueva sensación que estaba descubriendo.
Dejar la isla fue terriblemente desgarrador. Tan triste y desolador como regresar al paraíso perdido y volver a perderlo, como si una parte de mi alma se hubiera quedado entre los corales, narcotizada entre el barco hundido y el silencio más puro, y cálidamente iluminada por los rayos de sol que pelean por colarse a través del agua. Un paraíso de burbujas y peces de colores donde la vida es, sencillamente, perfecta.
Sí, una parte mía quedó (presa) en Koh Tao, pero me queda el consuelo de saber que una parte de Koh Tao me la llevé conmigo. Me fui, pero me quedo, y voy a volver aunque sea en el recuerdo, porque dondequiera que vaya, donde sea que esté, ahora sé que los lugares mágicos existen, que la magia se siente en el cuerpo, en la gente, y en los lazos que uno traza que, por breves que sean, hechizan el corazón y lo hacen galopar hasta crecerle alas. O aletas.

Ojos bien abiertos

Abrí de golpe los ojos y me sobresalté: no podía reconocer el lugar en donde estaba, el bondi en el que estaba, el paisaje que veía, ni tampoco recordaba de dónde venía ni a dónde estaba yendo. Nada de lo que estaba a mi alrededor tenía sentido pero tampoco eso parecía preocuparme demasiado. Había perdido totalmente la conciencia y estaba ‘más allá’.
Eran más o menos las 3 de la tarde, o las 4, o las 5. A pesar de ir en sentido contrario a la horda desquiciada, el tráfico era insoportable. El chofer había clavado los frenos y me había sacado un poco de la modorra, justo a tiempo para darme cuenta de que en dos paradas me tenía que bajar.
El bondi ya estaba casi vacío, solo quedábamos él y yo. Hacía frío, pero él parecía no sentirlo. Miraba por la ventanilla, se acomodaba en su asiento, relojeaba la hora (¿estaría apurado? ¿lo estarían esperando?). El color anaranjado de su túnica era igual al de los otros monjes que había visto en los templos que visité. (Miento: algunos tienen túnicas rojas o usan la roja sobre la naranja.)
En ningún momento me miró. Yo no podía sacarle los ojos de encima. Me acordaba de la conversación que habíamos tenido con J., que me contaba que había viajado a Tibet y que había tenido la oportunidad de conversar con un monje que había pasado 23 años encerrado en un cuarto diminuto meditando. ¿Quién llevó la cuenta del tiempo? ¿Cómo sabe que fueron 23 años? ¿Por qué 23 y no 20 o 25? ¿Qué comía? ¿Dónde cagaba? ¿Qué fue lo primero que hizo cuando salió de ese cuarto? ¿Cuál fue su primer pensamiento? ¿Cómo siguió con su vida después de estar veintipico de años ‘ahí’? ¿Cuál fue su primera palabra, su primer recuerdo, su volver-al-mundo?   J. no me pudo responder. Él había estado más interesado en conversar sobre la meditación, el despojarse del‘yo’y del pensamiento, el nirvana. Yo me preguntaba qué podría llevar a un hombre a encerrarse tanto tiempo y cómo vive la vida después una persona que consagra más de 20 años a enclaustrarse y un día sale y se pone a conversar con un turista extranjero que ¡oh casualidad! pasa por ahí.
No sé por qué me dio la impresión de que mi monje era más citadino. Tenía una flor de loto tatuada en su muñeca izquierda y llevaba un bolsito celeste y una caja alargada en la cual seguramente había inciensos. Si tuviera que adivinar, diría que volvía al templo después de visitar a su familia (porque los monjes también fueron niños y tuvieron una madre que los crió), o se estaba mudando de pagoda.
Ver monjes ya no me sorprende. Al principio eran toda una ‘novedad’. Me quedaba atónita cuando veía uno, les sacaba fotos haciéndome la disimulada, y hasta he perseguido a un par en un centro comercial para ver qué hacían y qué compraban. Hoy por hoy me parecen de lo más ‘normal’. Tan ‘normal’ como hasta hace dos años me podían parecer un sacerdote o una monja. (¡!). (En realidad, lo que ahora me soprendería sería encontrar una iglesia o a alguno de sus representantes.)
Es curioso darse cuenta de cómo el contexto cambia tanto nuestra mirada. Lo increíble no es el cambio en sí (que se va dando de a poco), sino ese preciso instante en que abrís los ojos y descubrís que ya te resulta completamente natural ver a un monje en plena ciudad; que (a pesar de haber estudiado y hablar varias lenguas) vivas en carne propia lo que es el analfabetismo; que cada dos por tres te cruces con estudiantes de medicina de Dubai, Abu Dabi, India o Pakistán (y que te hagan acordar a los estudiantes de medicina colombianos o venezolanos que pululan por Baires); que Alí se vuelva un nombre más común que Juan, y que Malala Yousafzai (la chica pakistaní que fue baleada por los talibanes) resulte ser la prima de un chabón con el que te tomaste un par de cervezas en el bar de siempre y que el tipo haya dicho, entre trago y trago, que gran parte de lo que pasó fue en verdad puro invento de la prensa.
¡Lógico!
Y que todo eso sea algo habitual y cotidiano, y que te parezca absolutamente normal
Tan normal como quedarte dormida en un bondi y que una frenada te haga abrir de golpe los ojos.

Historia de taxi


Siempre digo y repito que vine a China en el momento justo. Quería viajar, trabajar en otro país, vivir en otra cultura, y de repente ¡ZAS! me cayó China como por arte de magia. Creo que el hecho de haber deseado tanto un viaje y la oportunidad que la vida me dio hicieron que pudiera adaptarme sin  inconvenientes a una cultura tan descabelladamente opuesta a la mía. No sufrí el famoso "shock cultural" del que tanto se habla (y que muchos padecen o padecieron), ni tuve homesickness ni nada parecido, e incluso la luna de miel me duró todo mi primer año (caramba... pensar que ya voy por el segundo!).
Nunca me sentí "de otro planeta" (a pesar de tener la certeza absoluta de que tendría más cosas en común con marcianos y/o jupiterianos que las que tengo con los chinos) y mi adaptación fue casi inmediata.
Sin embargo, a lo único a lo que todavía no puedo acostumbrarme es a los viajes en taxi. Hablé con mucha gente que había viajado a China antes de venirme, leí algún que otro blog de viajeros, hice la consabida búsqueda en San Google, pero en ningún lugar leí o escuché historias sobre taxis. Incomprensible. Alguno podrá preguntarse "¿Qué es lo que tiene de especial un viaje en taxi?". Pues bien, aquí los viajes en taxi son todo un viaje.
Vamos por partes. En primer lugar, el auto en sí. Según me dijeron, hay una ley que prohíbe que los coches que circulan por la ciudad tengan más de 10 años (o algo así), razón por la cual en la calle uno puede encontrarse con modelos nuevísimos y no con las coquetas batatas tan comunes que desfilan por Buenos Aires. Acá abundan los Audi, las marcas japonesas (Honda, Mazda, Nissan, Toyota), las Ferraris, los Lamborghinis, los Maseratis, pero ningún Fiat 147 o Peugeot 504. La excepción a esta regla son los taxis. Son todos iguales. Y son todos viejos.
La segunda particularidad es su interior: una reja que separa la cabina del conductor del asiento del pasajero. 


Inútil, ya que otra de las singularidades propias de este sistema de transporte es que el pasajero suele sentarse adelante, en el lugar del acompañante. En Beijing y en Shanghai he visto paneles que cubren totalmente al conductor, de manera tal que este queda completamente aislado del copiloto y de los pasajeros de atrás. Ignoro el motivo de esta pequeña cárcel, pero estoy segurísima de que no es por los robos (ya que aquí casi no hay). Si tuviera que arriesgar un por qué, diría que es para salvaguardarse de la agresividad del pasajero. Agresividad que, es necesario aclarar, despiertan, estimulan, potencian y exacerban los propios taxistas. Decidí aprender algunas "malas palabras" con el único propósito de poder comunicarme con estos perversos seres siniestros y que puedan entenderme. Los detesto. Sacan lo peor de mí, una furia ancestral y primitiva, un aborrecimiento visceral, un desprecio profundo. El único momento en el que siento el 'shock cultural' es cuando estoy arriba de estos autos color verde musgo. Si Arjona se hubiera tomado un taxi en China, jamás habría escrito esa pedorrísima canción del taxista y la minita. Un ritmo más propio sería algo tipo Sepultura, o un Metallica de la época de "Kill 'em all" o "And justice for all". Trash heavy.
Como todavía no hay subtes y los colectivos son un caos y dejan de circular entre las 9 y las 10 de la noche, me veo obligada a usar este medio de transporte con más frecuencia de lo que quisiera. Y siempre, siempre pero siempre me estreso.
Son funestos los sujetos que arriba de sus autos verdes o rojos pululan por la ciudad levantando víctimas, no clientes. No circulan del lado de la vereda, por lo que para tomarlo uno tiene que esquivar autos, bicis y/o motos para agitar frenéticamente la mano con el fin de que te vean y paren, y correr para que otro pasajero no te robe el vehículo que tanto te costó conseguir. Algunos tacheros te preguntan, antes de subirte, a dónde vas. Si les cabe tu destino, te llevan. Si no, no. A veces te explican que van a comer, que no conocen la dirección o que están terminando el turno y no les queda de camino a casa. Otros simplemente arrancan y se las toman. Luego de varias experiencias, aprendí que la única forma de 'asegurarme' el viaje es primero entrar y después decir a dónde voy, lo cual puede resultar peligroso ya que no todos los taxistas conocen la ciudad. De hecho, muchos no la conocen. Los más sinceros llaman desde su celular a una operadora o a un colega y preguntan cómo llegar. Otros ponen primera y ¡jodete! te llevan de paseo pi-pi-pi y un viaje que te costaría 15 yuanes terminás pagándolo 40. Estos despreciables sujetos merecen una mención aparte, ya que por ser extranjera deciden 'mostrarme' la ciudad de norte a sur, de este a oeste, de embotellamiento a congestión, y un viaje 'en L' (todo derecho para luego girar) termina siendo un recorrido por todo el abecedario. A esos son a los que más aborrezco y con ellos es con quienes practico 'mis palabritas nuevas'.
También están los que, a pesar de que el relojito corre haya o no haya tráfico, se niegan rotundamente a llevarte a esquinas que los hagan transitar por tediosos atascos, motivo por el cual es ridículamente necesario mentirle al taxista para que acepte el viaje (o sea, decirle otra dirección) y, una vez dentro del vehículo, darle las indicaciones pertinentes para llegar al destino que te costará no solo el importe que el taxímetro señala sino también las puteadas del conductor por haberle hecho perder tiempo dentro de su coche. Insólito.
Tampoco faltan aquellos que te dejan a dos o tres cuadras del lugar al que vas y te dicen "caminá". ¡Si me tomo un taxi es porque no quiero caminar! Otros, directamente, ni se toman el trabajo si el viaje es corto.
Un taxista que te lleve a tu destino sin pasearte por toda la ciudad es un milagro. Son raros ejemplares, generalmente simpáticos, que tratan de entablar una conversación, que te preguntan de dónde sos y te hablan de lo poco que conocen de tu país (como Malvinas o Maradona y su 'mano de dios', comentarios que un inglés tuvo que escuchar entre mis carcajadas y las del taxista picarón que disfrutó cándidamente de meter el dedo en la llaga). No abundan estos personajes, y los momentos en los que más lamento no poder hablar chino es cuando me encuentro con uno de ellos. Una verdadera pena.
Una vez, a las pocas semanas de llegar, me subí a un taxi (al lado del conductor), le mostré la dirección de mi destino escrita en una libretita y hacia allí partimos. El taxista, un chino simpático bastante joven, quiso entablar una conversación, pero en esa época mi limitadísimo vocabulario se reducía a un tīng bù dǒng (literalmente 'escucho pero no entiendo'). Frustrado luego de varios intentos, puso la radio para matar el silencio, con tanta suerte que empezó a sonar la única canción china que conocía, y me puse a tararearla. Emocionadísimo, retomamos el diálogo: él en chino, yo en español. No funcionó. Probó escribiéndome algo en mi libretita. Menos que menos. Llegamos a destino, entre risas y señas le pagué, nos despedimos, se fue tocando bocina, me fui caminando con una sonrisa. Al otro día le pedí a un estudiante que me tradujera lo que el taxista me había escrito. Se sorprendió cuando leyó el mensaje, y más me sorprendí yo cuando me enteré del contenido: "has tocado mi corazón, tu voz es hermosa, vos sos hermosa, estoy enamorado". No sé si habrán sido sus palabras o habrá sacado letra de algún Arjona chino (que abundan), lo cierto es que cada vez que me subo a un taxi sé que voy a tener una historia para contar. A veces de terror, a veces digna de una pedorra canción de amor.

Sex and the cities

Tengo la sensación de que hace SIGLOS que vivo acá, ya estoy tan instaladísima que a veces a los chinos ya no los veo más "chinos": les veo los ojos gigantes, las narices prominentes, los cuerpos fornidos, hasta que los escucho hablar y obviamente vuelvo a la realidad: algunos podrán tener los ojos un poco más grandes, pero incluso siendo más grandes que los míos (que son bastante chiquitos, por cierto) siguen conservando los rasgos chinos.
Ante este comentario, la pregunta que más me suelen hacer es: "¡Ah! ¿Ya te empezaron a gustar?" La respuesta por ahora viene siendo la misma: "No".
Por suerte hay una gran variedad de extranjeros de muchas otras partes del mundo, de todo tipo, color, forma y religión con los que me entretengo.
El otro día mi amiga L. me sugirió que comprara un mapamundi y que pusiera una marquita en cada país a cuyo representante me volteara. No creo que me dé el tiempo (ni el cuero!) para marcar todos los países, pero por lo menos ya tengo el mapita y las chinches para empezar la carrera.
Es un buen comienzo.

Volver... para volver

Estaba un poco enojada cuando me fui. No me costó dejarte, y creo que fue precisamente eso lo que más me molestaba. Había perdido mi pasión por vos y la sorpresa por las cosas que siempre me ofrecías. Tantos años me estaban ahogando y me di cuenta de que necesitaba espacio, tiempo, separarme de vos, pensarte, odiarte, extrañarte, volver a quererte, encontrarte, encontrarme.
Tengo que confesarte que en estos diez meses te fui infiel. Muchas veces te fui infiel. Y sin culpa te lo digo, porque vos también fuiste bastante hostil conmigo y me lastimaste. Mucho me lastimaste. Sin embargo me fui sabiendo que volvería, y con la certeza de que (a tu modo) me estarías esperando.
No sabía con qué me iba a encontrar al regreso, cómo ibas a recibirme, si te reconocería. Fantaseé mil veces con nuestro reencuentro y hasta llegué a pensar que quizás habías perdido tu encanto, y que mi amor ya no iba a ser el mismo. Pero cuando te vi, inmediatamente me volví a enamorar. Tenés una magia misteriosa y una cierta ingenuidad que te distinguen, bagatela infantil de creerte más grande de lo que sos, como una quinceañera vanidosa llena de acné o la presumida rosa del Principito. Sos contradictoriamente hermosa y odiosa a la vez, un arcoiris de grises perlados y un cielo azul que encandila, música en las calles y ruido en las esquinas.
Me viste nacer, aprender a caminar, escuchaste mis primeros balbuceos y te sonrojaste años más tarde con las barbaridades que me oíste decir. Me viste crecer y también vos creciste. Pero te volviste mala, agresiva. Y entonces dejé de bailar por las vías muertas del tren, de jugar en las plazas, de dormirme al sol sobre el pasto de tus parques y levantarme con tu brisa húmeda despeinándome. Hasta te llegué a tener miedo y te odié por eso. Pero no fue tu culpa. Te violentaron y te violaron los que te esquilmaron y te pusiste agresiva, perdiste un poco tu risa y a mí se me fue el ritmo de tu tango milonguero.
Sin ganas de seguir remando en el fango, y cansada de arrastrar los pies, me fui. Cambié de barrio, de país y de nostalgia, y me encontré extrañando lo que por capricho había abandonado. A la distancia te idealicé, me llené la boca hablando de vos, de tu pinta, de tu música, de tus aires. Y cuando estaba llegando la fecha me puse todavía más ansiosa. Entonces volví: a mis entrañas, a tus esquinas, a mí misma. Milongas, zambas, empanadas y vino tinto. Risas, quejas, vehemencia y desparpajo bajo un cielo de cuarzo.
Y otra vez me volví a ir, aunque ya no escapando ni enojada, y hasta me costó un poco dejarte. Me fui con la promesa de volver, con la certeza de saberte entrañablemente mía y de sentirme por siempre tuya. Porque este volver a irme ya no es tan lejano, porque volví a vos y me voy sabiendo que te llevo en los ojos curiosos que te comparan con orgullo y te encuentran parecida y distinta en cualquier rincón. Volví para encontrarme y vuelvo a irme para buscarte en otras esquinas vacías o llenas de voces que no te conocen todavía, ni saben de lo contradictoria que sos ni del cliché de tu nostalgia (que también es la mía).
Volví para saber que no importa a dónde vaya siempre estoy llegando.



levar anclas

Koh Phi Phi está en medio del mar de Andamán (Océano Índico), a dos horas en barco de Phuket, con una superficie total caminable en 15 minutos, paisajes increíbles, noches de baile 'super cool' a la orilla del mar, y punto de partida desde el cual se puede ir a distintas islitas, una más paradisíaca que la otra. Si alguien te dijera "cerrá los ojos e imaginá un paraíso" seguro que incluso sin haber ido nunca tu mente se iría a pasear por Maya Bay, Bamboo Island o cualquiera de las islands que están cerca. Para llegar de una a la otra solo basta ir al "puerto" y desde allí tomar un botecito al destino soñado, donde podés pasar todo el día con la única compañía de tu mate, el mar turquesa y la arena más blanca que vi en mi vida. Te llevan, te dejan y te van a buscar.
Ya por la tarde, cuando el sol cae y los taxiboats amarran hasta el próximo día, es común caminar por la playa esquivando anclas de distintos tamaños y formas.
Me gustan las anclas. Cuando era chica tenía una amiga que tenía un barquito. Cada tanto me colaba con su familia y nos íbamos a navegar. No sé por qué en realidad, ya que siempre me mareaba, cada dos por tres vomitaba y el viaje de Belgrano a San Fernando (desde donde salíamos) lo odiaba. Pero igual iba. El Yacht club tenía un ancla gigante en el medio del parque que a mí me fascinaba. Debo haberle sacado mil fotos. Es que más que un ancla era como un imán para mí, tan estilizada y rebuscada a la vez, atrapante, fría, oxidada, arcaica, necesaria. Un ganchito que se escurre en el agua, llega hasta lo más profundo, se estanca en la arena o entre las rocas y hace que la embarcación no se vaya a la deriva, que las velas no se vuelen con cualquier viento y que te importe un pito si los remos se suicidan por la proa o por la popa.
El río, el mar, las olas, el barco, la lanchita, tanta agua... y ese pedazo de fierro que te amarra en medio de la nada. Da seguridad. Porque en los puertos también tiran las sogas, pero no es lo mismo. El ancla se tira ahí donde nada más hace base, el único contacto con la tierra entre tanta agua. Muy metafórico. Tanto como a la inversa, cuando te das cuenta de que ese ya no es más el lugar donde querés estar, y solo basta levar anclas y continuar el viaje.
Eso, o quemar todas las naves...

red hot chili peppers

El relato que escribiré a continuación es una transcripción casi literal de una historia que yo misma escuché en un restaurante. Referencias como nombres, situaciones y lugares específicos han sido omitidos y/o cambiados para preservar la identidad de la desafortunada víctima.

"Si tiene chili no como. No puedo comer chili. NO PUEDO.
Vos no sabés lo que me pasó...
A las pocas semanas de llegar a China empiezo a sentir una molestia en... digamos que empecé a caminar raro, algo me incomodaba, un cuerpo extraño me impedía desevolverme como siempre. No le di mucha bola al principio, pero la molestia era cada vez mayor y a mi dificultad para caminar se le había sumado un sufrimiento bastante singular: me dolía al cagar. Como no podía seguir así tomé coraje y decidí investigar qué estaba sucediendo por allá atrás. Me encerré en el baño con el celular, me bajé los lienzos y apunté. Sudaba como loco, entre el dolor, las luces del baño y la novia nueva que estaba estrenando que desde el living me preguntaba: 'Babe... are you ok?', y yo disimulando y tratando de hacer equilibrio para sacarle una foto a mi culo sin que se me cayera el Iphone al inodoro. Lograda la hazaña lo vi: ahí estaba en primer plano el capullito, la flor en el ojal, el tremendo grano que tenía en el ojete y que me estaba haciendo la vida imposible. Sospeché lo que podía ser y ya con las pruebas suficientes me asesoré con quien más sabe de todo: Google. El diagnóstico fue implacable: hemorroides de primer grado. Nada demasiado grave pero que debía ser tratado. Descartadas las causas más comunes solo quedaba la comida picante. Suspendí todo: chili, pimienta y lo que pude, pero se hizo difícil... vos sabés lo que pica la comida china...
Había que tomar otra decisión. Fui al médico, le mostré la foto, me revisó y confirmó el diagnóstico que el Dr. Google. me había dado. Sin embargo su prescripción fue más sádica: 'Hay que hacer acupuntura'. Acupuntura-en-el-culo. El solo hecho de imaginarme que me claven un agujita en el medio del orto hace que se me frunza hasta el apellido, y pretender clavarla encima en el medio de mi capullo en desarrollo lo hacía todavía más salvaje. 'No way' le dije. Agujas en el culo no. Su insistencia fue inútil y finalmente terminó por darme unas pastillitas que tampoco funcionaron. Volví a la semana siguiente con el capullo hecho flor y buscando una nueva alternativa a la inhumana acupuntura anal. Esta vez me recetó unos supositorios bastante gruesitos para un virgen de culo como yo, pero preferibles a los pinchazos.
Por suerte dos fueron suficientes.
¿Entendés, man, por qué no puedo comer picante? De solo ver el chili se me frunce..."

Desde aquella noche siempre que como fuera pido sin picante.
Todavía no he probado la acupuntura china, y no quisiera hacer mi drástico debut en un área tan sensible...

Late Fragment

And did you get what you wanted from this life, even so?
I did.
And what did you want?
To call myself beloved, to feel myself beloved on the earth.


Raymond Carver


Para mi amiga Alicia, que se fue a otro viaje...

¡PURA VIDA!

Para viajar basta existir

Viajar? Para viajar basta existir. Vou de dia para dia, como de estação para estação, no comboio do meu corpo, ou do meu destino, debruçado sobre as ruas e as praças, sobre os gestos e os rostos, sempre iguais e sempre diferentes, como, afinal as paisagens são.
Se imagino vejo. Que mais faço se eu viajo? Só a fraqueza extrema da imaginação justifica que se tenha que deslocar para sentir.
"Qualquer estrada, esta mesma estrada de Entepfhul, te levará até o fim do mundo." Mas o fim do mundo, desde que o mundo se consumou dando-lhe a volta, é o mesmo Entephful de onde se partiu. Na realidade, o fim do mundo, como o princípio, é o nosso conceito do mundo. É em nós que as paisagens têm paisagem. Por isso, se as imagino, as crio, são; se são, vejo-as como as outras. Para que viajar? Em Madrid, Em Berlim, na Pérsia, na China, nos Pólos ambos, onde estaria eu senão em mim mesmo, e no tipo e gênero das minhas sensações?

A vida é o que fazemos dela. As viagens são os viajantes. O que vemos, não é o que vemos, senão o que somos.


Fernando Pessoa
Livro de Viagem

Make a wish...

Llega fin de año y la pregunta que más escucho es: "¿Cuás es tu resolución para el 2012?"
Nunca tuve una "New Year's resolution", soy más bien una chica de "balances". Hasta no hace tanto llevaba un diario íntimo en el que anotaba casi todos los días alguna pavadita. Todos los "fin de año" leía cómo habían sido mis últimos doce meses y escribía en base a eso lo que me había gustado, lo que no y lo que esperaba de los próximos. Siempre me sorprendía la cantidad de aciertos que encontraba, muchos más de los que recordaba al momento de hacer el recuento de lo que había sido mi vida anual. Cuando era chica guardaba en un papelito mis proyectos para el año venidero y lo abría recién la primera semana del siguiente enero. Lo debo haber hecho por dos años nomás, porque en seguida me di cuenta de que no funcionaba ya que mis deseos, mis proyectos, mis expectativas cambiaban de un mes a otro. Era lógico: estaba creciendo, y se notaba. Empecé a hacerlo cada seis meses, hasta que noté que eso tampoco iba, entonces opté por añadir el diario como para registrar esos cambios que se me perdían en algunos de los 364 días anteriores. Aprendí más de mí con mis diarios que en mis interminables sesiones de terapia.
Los últimos fines de años decidí incorporar además algunas costumbres típicas de este período del año. Independientemente de mi fascinación por las cosas mágicas e inexplicables, hay tradiciones que me gusta cumplirlas solo por el hecho de que al hacerlo se comparte momentáneamente la locura: que una amiga te regale una prenda íntima para que uses en nochebuena, comer las 12 uvas a las doce en punto, brindar arriba de una silla (y bajarse sin caerse!), brindar mirando a los ojos, brindar y pedir un deseo, brindar, brindar, brindar...
Todos los 31 de diciembre, en mis cumpleaños y en cuanta ocasión se me presenta pido tres deseos. Nunca sé cuándo deben pedirse los tres y cuándo se pide solo uno. Sé que hay reglas para eso pero nunca las cumplo (por las dudas me quede corta). Además siempre tengo más de un deseo, más de tres en verdad, así que seleccionarlos también me lleva un tiempo de reflexión (salvo el tercero que siempre fue "que se cumplan los otros dos"). Gracias al meticuloso registro que llevo de mi vida, pude constatar que no se me cumplió nunca jamás ni un puto deseo de los que pedí levantando la copa, mirando a los ojos, cerrando fuerte los ojos, soplando las velitas, viendo pasar una estrella fugaz, comiendo las 12 uvas, etc. Desolador. Atribuía el incumplimiento a la vaguedad del pedido, por ejemplo "viajar". ¿Viajar a dónde, con quién, con qué propósito, por qué, para qué? Mar del Plata, Bariloche, esos destinos no contaban dentro de los deseos cumplidos ya que mi "viajar" implicaba otro tipo de aventura, otro rumbo. Eso lo sabía.
En el 2009 tuve una revelación: Brasil era mi destino. Empecé entonces a planear la travesía de a poco, con tiempo, a estudiar portugués, a hacer contactos, a buscar lugares, a mandar CV's, se dieron casualidades, encuentros y desencuentros, y el deseo se concretó: quiero viajar a Brasil. Todo parecía encaminadísimo, y la fecha que me había puesto era mayo 2011. Estaba feliz, "¡por fin un deseo que se me cumple!", los astros estaban de mi lado, el universo finalmente me había escuchado. Ja. Me acuerdo patente de una frase que le escuché decir hace siglos a Bobby Flores en la radio: "Si quieres hacer reír a dios, cuéntale tus planes". Es obvio, uno tiene un plan de vida pero la vida tiene sus propios planes.
Dos meses antes de viajar todo se cayó. "Todo pasa por algo" me decían. Me cago en todo pensaba, otro deseo de mierda que no se me da.
Mi último cumpleaños, dolida por la tremenda desilusión, pedí un único deseo. Fue intenso, sincero, despojado de falsas expectativas, salió de mis entrañas, y fue el más (im)preciso de todos los que había pedido hasta entonces: "que la vida me sorprenda... para bien". Tres meses después, casi sin que me diera cuenta, me vi envuelta en la vorágine de desarmar el departamento, correr entre médicos, embajadas, visa, semanas sin dormir, incertidumbre, despedidas, llantos, risas, promesas, y la sorpresa de ver cumplirse mi primer deseo.
Esta noche cuando brinde y coma las 12 uvas y me caiga de la silla y me levante a las carcajadas voy a pedir que (como hasta ahora) la magia me envuelva, la risa me ahogue, los sueños me desvelen, los abrazos me perfumen, mi vista se deslumbre, la música me hechice, mis sentidos estallen, la sorpresa me atraviese, mis lágrimas den frutos; y un deseo más, que saldrá de adentro mío y que tengo la certeza de que este año se cumplirá. Porque ahora sé que cuando el deseo es verdadero, su cumplimiento es azarosamente inevitable.
¡SALUD!

El sonido del silencio

Me gusta el ruido, lo encuentro extrañamente arrullador. Durante un tiempo solía poner la 'lluvia' que se escucha entre una radio y otra para dormirme. La música no me funciona ya que empiezo a cantarla, me desconcentro y pierdo el sueño. En cambio el ruido es algo imprevisto, difícil de seguir, casi imposible de prever, simplemente ocurre. Necesito algún tipo de ruido para dormir. Mis últimos seis años los viví en una de las zonas más ruidosas de la ciudad; me han adormecido ambulancias, bocinazos, conjestionamientos, protestas, patrulleros y hasta tres autobombas que pararon enfrente de mi edificio para apagar un incendio (del cual me enteré cuando salí a tomar "aire" al balcón). Todo tipo de arrullo para mis delicados oídos. Curiosamente, los domingos solía despertarme por el silencio o por el molesto e inoportuno canto de los pájaros. Odio el canto de los pájaros, con su armonía perfecta y su dulzura empalagosa. Cuando empiezan a cantar saldría con una gomera a matarlos a todos. ¡No me dejan dormir!
Mis primeras semanas aquí me costó conciliar el sueño. A pesar de que las calles son inverosímilmente caóticas, los edificios están construidos de tal forma que están aislados del ruido. Ni una bocinita, ni una ambulancia, mucho menos protestas: solo silencio. Desesperante. Pero el otro día ocurrió algo que me despabiló, un ruido imprevisto que me despertó y me mantuvo desvelada intentando reconocerlo, un sonido lejanamente familiar y a la vez extraño. Lo primero que atiné a pensar entre sueños fue "¿Dónde mierda estoy?" (pregunta que se sigue repitiendo al menos una vez por semana). Sin abrir los ojos toqué a mi alrededor: estoy en una cama. El ruido persistía y mi duda se incrementaba. Encendí la luz y manoteé mis anteojos como pude: eran las 5 am. Me sentí relativamente aliviada al percatarme de que el sonido provenía de afuera, y en cuanto volvió el silencio apagué la luz y sumergí mi cabeza en la almohada. Ni dos minutos deben haber pasado que lo escuché nuevamente, y esta vez lo reconocí: a un desubicado, infeliz, desgraciado, insensato, desafortunado y malaventurado gallo se le había dado por cantar a las cinco de la mañana en el centro de la capital de la ciudad más poblada de China. ¿Un gallo? Sí, un gallo al que se le había ocurrido quiquiriquear en el medio de un complejo edilicio. Mascotas raras si las hay... Más que con una gomera me dieron ganas de salir con un cuchillo y hacerlo puchero o salpicón, pero desistí. En el fondo sentí algo de pena, ya que seguramente la cacerola sea uno de los tantos destinos que el pobre infeliz debe compartir junto con sus también desdichadas concubinas.

No volví a escucharlo.
QEPD.

en mí

Plaza de Mayo, el cielo azul, las nubes blancas con formas locas, la música en la calle, las librerías de Corrientes, la 9 de Julio, los adoquines de San Telmo, la cerveza helada, los helados, Avenida de Mayo, las carcajadas, los gritos, los silencios, los insultos, las alegrías y los llantos, la nostalgia, los abrazos, el amor infinito de/a mi vieja, Tali, mis amigas, mis amigos, las cúpulas de los edificios, los bondis de vuelta a las 7 de la mañana, las ojeras, los taxistas, el tango, los chicos pidiendo en la calle, los teatros, las empanadas, los mates compartidos, los bizcochitos y las medialunas, un buen tinto, el baile, la caca de perro, las veredas, el Congreso desde mi balcón, los pungas, los chorros, los piropos, los paseos en bici por la costanera, el sándwich de bondiola, el choripán, mi música, los ensayos, las funciones, el Colón y el Argentino, el 60, mi terapia, la radio, el fernet, el 24 de marzo, los piquetes, las marchas, los kioscos abiertos toda la noche, el alfajor, mi idioma, el doble sentido, los chabones, el chamuyo, las minitas, los garcas, el café, la madrugada, el ruido de los autos, los boludos, Once, la pizza de Burgio, los cartoneros, las quejas, los grafitis, los hijos de mis amigos, mi amigas mamás, Bariloche, las sesiones de fotos, las vueltas a la plaza, el living de Liu, falta envido y truco, los pequeños grandes logros, remarla, el desenfreno, las contradicciones, en fin... el brillo de mis ojos y todo lo que soy y que perfuma mi piel dondequiera que vaya.

La fruta prohibida

Después de comer nos quedamos un rato largo haciendo la consabida y siempre bien ponderada sobremesa dominguera, algo totalmente desconocido por estos lares. Una vez un alumno (no recuerdo de dónde) me dijo que no conocía la palabra en su idioma para "ojeras", y que en Buenos Aires la había aprendido al poco tiempo de haber llegado (según él, los porteños somos trasnochadores y portadores de suculentas "ojeras"). Creo yo que no debe existir en chino la palabra "sobremesa": los chinos no hacen sobremesa, cuando terminan de comer (apuradísimos) se echan a dormir una siestita ahí donde están o se levantan y se van. No hay espacio para la charla boba o reflexión alguna: si el propósito es ir a comer, después de comer no hay nada más que hacer allí. Ajenos a esta costumbre, nos quedamos (por lo menos) una horita más digiriendo lo que había sido nuestro almuerzo. A falta de café, algunos pidieron té. Y yo, desafiante, pedí una manzana. El pánico y la sorpresa se apoderaron de la camarera:
-¿Té de manzana?
-No, una manzana.
-¿Jugo de manzana?
-No, no, una manzana.
-¿Licuado de manzana?
-No, no, no, una manzana.
Desconcierto. Asombro. Estupor. La cara se le iba transformando. Lo que le estaba pidiendo no podía ser real. Arremetió otra vez, segura de que había habido algún error en la comunicación:
-¿Té de manzana? ¿Jugo de manzana? ¿Licuado de manzana?
-No, no, no, no, una manzana!
Pasmada, fue a pedir ayuda. El encargado del local y otras dos camareras se acercaron:
-Quiero una manzana.
Se miraron. No daban crédito a lo que sus oídos escuchaban.
-¿Té de manzana? ¿Jugo de manzana? ¿Licuado de manzana?
-NO, UNA MANZANA!!!
Desde mi total y absoluta ignorancia acerca de esta increíble cultura, a veces pienso que no importa cuán rápido y lejos puedan llegar, el lugar de destino es el mismo; las comunicaciones podrán haberse desarrollado infinitamente, pero el mensaje sigue siendo el de siempre. Y en muchos aspectos salirse de lo establecido es visto como algo osado, sorprendente, sorpresivo, transgresor, peligroso, provocativo.
-¿Una manzana?
-Sí, por favor.
-...
-Y un cuchillo.
Tres pares de ojos chinos se abrieron tan grandes como los del animé.
-¿Quiere la manzana cortada?
-No, gracias. Quiero una manzana y un cuchillo.
Bastante difícil me había resultado pedir la manzana, así que opté por ni intentar decirle que la quería pelada. Con un cuchillo me las iba a poder arreglar yo solita. Así pues, azorados, se retiraron balbuceando vaya uno a saber qué. La revolución que causó mi pedido se extendió al resto de los comensales, que cogoteaban para ver quién había hecho semejante encargo. De la ventanita que daba a la cocina se asomó el chef, y el encargado y las camareras discutieron algo con él. Terminada la asamblea, la camarera escogió con esmero la mejor manzana que tenía en la frutera, me trajo un platito, lo apoyó en la mesa, puso sobre él la manzana y luego, con cuidado y con temor, tomó de su bandeja la cuchilla afiladísima de unos ¿30 cm? que el cocinero le había dado. Nos miramos asombradas. Ella, curiosa, quería saber qué iba a hacer yo con el cuchillo; yo, estupefacta, me preguntaba cómo iba a pelar la manzana sin rebanarme los dedos. Eva y la serpiente en un Edén bastante particular, y el pecado de la transgresión a punto de cometerse.
Finalmente pude pelar la manzana sin mayores inconvenientes, pero aprendí que para evitar ciertos riesgos en lugares públicos algunas frutas (me) están prohibidas.

Smells like teen spirit

La llegada del frío trae nuevos productos a las góndolas de los supermercados, como calentadores eléctricos (para ambientes, espalda, cuello, pies, etc.) y otras cosas para pasar el crudo invierno. Lamentablemente, también salen de circulación artículos de primera necesidad: desodorantes antitranspirantes. Como ya de por sí son difíciles de encontrar, me vengo proveyendo de unos cuantos roll-on desde hace rato, pero en mi afán de continuar con mi stock noté la falta absoluta de ellos. Pregunté el motivo, me asombró la respuesta. "En invierno se transpira poco, se usa mucha ropa y el olor no se siente... ¡No es necesario!"
Supongo que el frío no solo congela narices, sino que también las vuelve poco perceptivas. Al menos eso espero.

108 minutos

Lo primero que inspecciono de una casa, bar, restaurante o lo que sea es el baño. Me gustan los baños, siempre me gustaron. Podría elegir un sitio para vivir solo por su baño. Me he quedado dormida innumerable cantidad de veces en los baños. Creo que hasta podría vivir en un baño. Es el lugar más íntimo, más privado, más cenobita, en el que he hecho las más profundas reflexiones, las más absurdas promesas y las más ridículas confesiones. Amo los baños.
China ha cambiado algunos de mis gustos (o al menos los ha modificado); entre ellos, he perdido mi amor incondicional por los baños. Ahora solo me limito a hacer uso de las (inmundas) letrinas e intento permanecer el menor tiempo posible en los que son públicos. No más promesas, ni confesiones ni reflexiones: solo pis.
Como para revalidar esta nueva posición mía hacia el tocador, el último fin de semana me vi envuelta en la que hasta ahora fue mi desventura más infeliz en tierra oriental: me quedé encerrada en el sucio y maloliente baño de un pub.
Para poder continuar con los festejos que se venían desarrollando, me vi en la necesidad de hacerle una visita obligada. Me dirigí pues con premura al único cubículo disponible, cerré la puerta, puse la traba, me subí la pollera, me bajé las medias, me acuclillé y, dominando mi chorrito, liberé mi vejiga para nuevas bebidas. Todo en apenas unos pocos segundos. Terminado el trámite, procedí a deshacer lo hecho: me paré, me subí las medias, me bajé la pollera, y hasta ahí: la traba no se movía, no había forma de abrir la puerta. Desesperación, "esto no me puede estar pasando", tomé aire, "tengo que tranquilizarme", cerré los ojos, "no pasa nada", respiré hondo, "fue solo mi torpeza por salir rápido", tosí, "ay ay ay...", tuve un par de arcadas, "con suavidad", intenté otra vez correr la traba, "la reputa madre". No se movía ni un milímetro. "¿Y ahora?"
Grité, golpeé las paredes, pataleé, lloré, volví a gritar. Lo único que se escuchaba era la música del bar. "¿¡Y AHORA!?"
Me saqué mis coquetos aros, como si con ellos pudiera fabricar un destornillador que me permitiera aflojar la traba. Imposible. Medí a ojo las minúsculas aberturas existentes entre la puerta y el marco: apenas pasaría un cuchillo, pero sin el mango. Toqué sin asco y sin suerte todo lo que podía tocar. Nada.
¿Dónde conseguir en China un cerrajero a las 3 de la mañana? ¿Cómo llamarlo? ¿Cómo destrabar la puta traba que no se movía? ¿Con qué limar el metal de mierda? ¿Cómo hacen los presos para escapar? ¡¿Cuál fue mi delito?!
Analicé posibles situaciones, escenarios alternativos, vi pasar mi vida entera en ese cuchitril apestoso, claustrofóbica, viviendo la peor de las pesadillas, reflexionando sobre el porqué de mi mala fortuna, prometiéndome imposibles y confesándome más cagona y melodramática de lo que me pensaba. Creo que si hubiera podido, habría empezado a fumar, a drogarme, a picarme, la escena de Trainspotting pero en una letrina. Patético. Patética.
El tiempo que pasó hasta que otra vejiga estuvo a punto de reventar para mí fue eterno. Pero finalmente la salvación había llegado. Del otro lado alguien escuchó mis gritos, mi pedido de auxilio, y fue a buscar ayuda. En poco tiempo chinos y occidentales se acercaron a ver/escuchar el show, intentaron inútilmente abrirla, mi desesperación no cedía pero el alivio de saberla compartida me hacía sentir un poco mejor, ya no estaba sola, alguien estaba al tanto de mi misérrima existencia, de mi agonía.
Pedí un cuchillo, un cerrajero, un milagro. Y entonces del otro lado de la puerta lo escuché a J., en su perfecto inglés británico, decir: "Push the button".
"Push the button".
"Push the button".
Entendí todo.
"Push the button". Me acordé de Lost, me sentí "lost" (in translation), Dharma y Desmond, the Swan Station, Jack, Locke, Kate, Sawyer, Sayid, Ben, el campo electromagnético, el humo negro, los viajes en el tiempo, "the incident", el éxodo. Entonces eso hice, I pushed the button, ese minúsculo botoncito de mierda sobre la traba, lo único que no se me había ocurrido presionar, y la puerta se abrió y un mar de brazos se lanzaron sobre mí y yo sobre ellos y entre risas y lágrimas nos abrazamos y me invitaron un trago para olvidar el mal trago, y nos fuimos a otra dimensión sin trabas en las puertas de los baños, imaginando un paraíso de impolutos inodoros y música ambiental en una isla desierta.

Mi secreto me condena

La vi. Fui testigo de una traición, de (casi) un crimen. La sorpresa nubló por un instante mis sentidos, mis ojos no daban crédito a lo que estaba viendo. No supe si escapar o seguir mirando. Mis miembros se paralizaron, quedé boquiabierta, sentí un leve escalofrío recorriéndome la espalda, la certeza de haber visto algo que cambiaría nuestras vidas para siempre. El antes y el después, la amargura de saber que ya nada sería igual después de esto. Un mundo de creencias que se desvanecía y yo ahí para presenciarlo. Hubiera preferido no enterarme, seguir viviendo en mi fantasía y defender hasta las últimas consecuencias lo que parecía ser la raíz misma de la vida, la esencia en su forma más pura, el Dasein chino.
Pero no pudo ser, ya nunca podrá ser. Y ahora que lo sé yo también soy otra.
En un rincón oscuro, oculta, ajena a cualquier mirada, una mujer desafiando tradiciones, humillando a sus ancestros, a sus semejantes, años de educación impartida, valores arraigados desde el mismísimo origen se escurrían entre sus sucias manos, llenas de oprobio y vergüenza. Allí, como si los siglos y la historia nunca la hubieran atravesado, una china dejó de lado los palitos para comer con cubiertos.

Midnight in Beijing

Sanlitun es una calle de bares muy palermitanos pero al mejor estilo chino: luces intermitentes de colores adornando los árboles, bares iluminados y decorados excesivamente, regateo a la orden del día por el precio de un trago, gente sentada fumando en pipas de agua y cantando karaoke y un imitador de Michael Jackson y bailarinas que se lucen en el caño compartiendo SIMULTÁNEAMENTE el escenario.
En busca de más extravangia (¿más?) caminé y caminé y caminé hasta que la encontré: en medio de toda esa pantalla luminosa, emergía oscura, escondida, esperándome, una callecita remota, perdida, sin luces ni tiempo, que me llevó a otra dimensión. A pocos metros de la calle más top, había otra muy china también, llena de puestos para comer, gente sentada en pseudomesas devorando misteriosas delicatessen, mojitos preparados con menta prefabricada, vendedores de globos, cigarrillos truchos y habanos, bares occidentalizados y chinos y "westerns" compartiendo el mismo espacio.
Tuve la sensación de trasladarme a otro lugar, a otro tiempo, a otro mundo. Como si de un chetísimo Palermo Hollywood apareciera de repente en el medio de un Liniers con mujeres vendiendo chicharrón de pollo, especias, legumbres, comida para animales, cosas así. Y hubo algo de esa simetría que me cautivó, el vértigo de empaparme de paradojas y deseos, el salto a un infinito anestesiado por salsa de soja y aceite de maní, la más pura poesía emanando del humo del tabaco y toda mi nostalgia porteña colonizada por un imperio de sentidos. (¿Quién era yo? ¿qué estaba haciendo ahí?).
Volví la última noche (si es que en algún momento me fui). Los detalles me los guardaré, y me bastará escribir -para recordarlos- que de los tantos universos que se cruzan, hubo uno en el que confluyeron historias siniestras, miradas curiosas, un norte y un sur, y unas distancias semejantes a un tiempo sin tiempo. Y que nada es casual.
"A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos".
(Pero ¿cuál es la realidad?)

Seminaked trip

Luego de lo que fue la locura de mis últimas semanas en Buenos Aires, y decidida a no volver a repetir esa experiencia, decidí armar el bolsito de viaje unos días antes de salir a Beijing. Quería inaugurar mi nueva "yo", empezar a ser organizada, dejar de correr y llegar siempre tarde, pero el universo se empeñó en demostrarme que no importa a dónde vaya, uno es lo que es en cualquier parte del mundo y alterar el orden natural de las cosas nunca puede resultar bien.
Me fui a trabajar con la cámara (siempre conmigo), la guita y los tickets en mi carterita, al volver solo tenía que agarrar la valija y tomar un taxi. Todo perfectamente cronometrado para llegar con tiempo a la estación de tren y disfrutar cada momento del viaje y de mi nueva yo. Ilusa. La llave de la puerta se rompió dentro de la cerradura, tratar de abrirla me llevó más de media hora entre intentos vanos y llamados de auxilio. Vecinos de todas las nacionalidades en causa común conmigo y con mi puerta. No hubo caso. Ya no tenía más tiempo, había dos opciones: o viajar con lo puesto, o no viajar. Tuve que sacrificarme y viajar con lo puesto. Y tuve que volver a sacrificarme y comprar algo de ropa.
Evidentemente hay cosas que no cambian. Y sacrificados gustos que tampoco.

Mi primera palabra

Mi primera palabra fue, según dice mi madre, a los tres meses de edad. A pesar de su afirmación rotunda y categórica, me resulta tan inverosímil su relato que preferí adoptar la versión de los seis/siete meses (que por otro lado tiene más testigos) que cuenta que había aprendido a balbucear algunas palabras, y que a los ocho meses ya decía frases darwinianas tales como "mamá, banana, la nena", y otras más rudimentarias como "el tete, la nena" y "caca cola" (en alusión a mi dolorosa constipación infantil).
Lo que se hereda no se roba, según el refrán, y algo de eso debe haber ya que mi madre hablaba a los ocho meses también. Mi abuela dice que cuando iba con ella al cine, contaba la película: "Lo mata, ¡lo mata! ¡¡LO MATOOOOO!!". Evidentemente, la lengua afilada es una cuestión de familia (que no se malinterprete).
A lo largo de los años, los distintos profesores de idiomas que tuve siempre destacaron mi facilidad para las lenguas (algo de eso debe haber, ya que nunca estudié demasiado y sin embargo puedo hacer algo más que balbucear). Así pues, confiada en mi habilidad, no me acobardé cuando surgió la propuesta de venir a China a pesar de no hablar nada de chino. Sabido es que no hay nada mejor que aprender una lengua en el lugar donde se habla. Quieras o no, por contacto o por ósmosis (quién sabe...) frases, palabras y algunas expresiones son más fáciles de adquirir en el contexto diario que en el aula.
Cuando llegué no hablaba ni entendía nada. Ni una palabra. Los primeros días me manejaba con mesura, caminando solo a los sitios conocidos, y si tenía que ir a algún lado más lejos me procuraba una compañía o bien tenía a mano el teléfono de algún chino que pudiera ayudarme.
El primer viaje en colectivo lo hice con las chicas que me llevaron de paseo al museo. Como no tenía que prestar atención a dónde bajar, simplemente me relajé y disfruté del viaje. Me sorprendió escuchar la voz en off de una señorita que en cada parada anunciaba el destino arribado (supongo, porque lo decía en chino). Luego de varias experiencias acompañada, me animé a aventurarme por mi cuenta, y en esta oportunidad pude advertir una palabrita que se repetía en cada parada, algo que suena como "táola", con una 'o' casi tan abierta como la 'a' (muy abierta) y una ele superlateral. Practiqué la pronunciación en cada parada de todos los trayectos que hice, ignorando completamente el significado, pero intuyendo un "llegamos", "destino", un simple "acá" o algo así. Desconozco.
Una noche decidí tomar un taxi. Le mostré al conductor el papelito con mi dirección, que no es precisamente la de mi depto. sino la de la uni (que está cerca). Me pareció una buena oportunidad para balbucear mi palabrita deducida, así que unos metros antes de llegar a destino abrí mi bocota y la dije: "Táola". Sonó hermosa. Maravillosa. Musical.
Como el "Ábrete, Sésamo" de Alí Babá y los 40 ladrones, al pronunciar mi palabrita mágica el taxista se detuvo inmediatamente. Pagué el importe y con una sonrisa inmensa me bajé del auto feliz.
Tuve que caminar un poco hasta llegar al depto., pero el trayecto que hice andando me supo a gloria, ya que había aprendido a decir en chino, en apenas un mes, mi primera palabra.

El "piedra, papel y tijera" chino

Sabía que algunos de los juegos más tradicionales también tenían su correspondencia china: el ajedrez chino y las damas chinas son un ejemplo de esto. En la puerta del Carrefour o simplemente en la vereda, algunos señores sentados en sillitas playeras despliegan un tablero y, concentradísimos, ignoran a las multitudes que les pasan por al lado y solo tienen ojos para sus fichas.
Lo curioso de este ajedrez es que sus piezas no son las tridimensionales con las formas conocidas (caballo, alfil, peón, etc.), apenas son fichas con dibujitos arriba. Al principio creí que eran unas damas coquetas, lookeadas para la ocasión, algo kitsch (como todo acá), divinas. Pero no. Me dijeron que ese era el ajedrez versión china. Y también me contaron la simpática traspolación del "Piedra papel y tijera" que tanto me entretenía de pequeña. El juego es casi el mismo, lo que varía son los participantes: en lugar de la tijera que corta el papel, el papel que envuelve a la piedra, la piedra que rompe la tijera, los personajes que aparecen son un poco más sádicos, y el juego un poco más violento: el violador viola y mata a la mujer bonita, la mujer bonita mata al policía, y el policía mata al ladrón.
Ignoro cómo serán las versiones chinas del poliladron, el juego de la oca, las escondidas, la mancha o el más atrevido: el semáforo. Aunque dudo que este último sea popular en China, ya que el tránsito es un caos y los semáforos solo se encuentran en algunas avenidas, pero ese es otro capítulo...