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Mucha mierda

Toi toi toi. Pugliese Pugliese Pugliese. In bocca al luppo. De todas las cosas que se dicen en teatro para desear suerte sin decir la palabra "suerte" la que más me gusta es "MIERDA". Tiene una fuerza elocutiva potente y arrolladora, capaz de depurar hasta el más siniestro de los maleficios. Una sugerente emmmmmme seguida de una suave diptongación que alcanza su clímax en una errrrrrrrrrrrrrrre furiosa para resolver en una sílaba -"da"- lavada e impura. MIERRRRRRRRRDA.
Quizás me guste la palabra porque me remite a una de las pocas y buenas anécdotas familiares que todavía me hacen reír. Años ha, mi abuelo tuvo un amigo llamado Bubby, quien se dice sufrió un problema estomacal/digestivo/intestinal -vaya unx a saber- que le hizo vomitar un bolo fecal. Cada vez que venía el tal Bubby a visitar a mi abuelo todos nos mirábamos de reojo y nos preguntábamos sin preguntar cómo habría hecho el tipo para vomitar su propia mierda. Y si no aparecía, también nos gustaba recordarlo en momentos solemnes, como ser en pleno almuerzo dominical o en cada cena de Navidad. Nunca faltaba un primo o una tía que a viva voz preguntara "¿Qué es de la vida de Bubby?", seguido por los gritos asqueados de mi abuela y las carcajadas del resto. Si había un invitado, entonces se le explicaba con lujo de detalles quién era el amigo Bubby y por qué nos gustaba recordarlo a la hora de comer.
Asumo que mi madre también influyó en mi particular gusto por esta palabra. Una de las cosas que me enseñó de chica fue a ir al baño antes de salir de casa. Me obligaba a ir aunque no tuviera ganas y me forzaba a que pillara al menos una gotita. Yo creo que lo hacía más por ella que por mí, ya que sufría (y aún sufre) una especie de fobia a los baños ajenos que le impedía realizar cualquier tipo de actividad en cualquier inodoro que no fuera el de ella.
Entre todas las cosas que desaprendí en mi adolescencia, el culto por los baños se volvió mi mayor rebelión. Lugar adonde iba, lugar que tenía que visitar el trono real. Primero por curiosidad, luego por necesidad, y finalmente como forma de demarcación: mi culo se volvió un culo territorial, y a donde fuera tenía que expresarse. Mis dos años en China y algunos de sus peculiares hábitos allí doblegaron un poco mi impulso, que rápidamente se volvió a activar en cuanto pisé suelo otomano.
En turco mierda significa "bok" y no se usa para desearle suerte a ningún artista que esté por salir a escena. Eso me lo dijo Ö. en uno de nuestros primeros encuentros, cuando recién estábamos empezando a pensar la puesta de "Arlequín, servidor de dos patrones". Ö. estudió en el Actor's Studio de Nueva York, hace ya unos cuantos años gracias a una beca que ganó. Trabajó con Al Pacino y otras celebrities antes de que su visa expirara y tuviera que volver a Turquía, donde se hizo famosa actuando en series de televisión y teatro, y donde desarrolló una importante carrera docente en una de las mejores universidades de Estambul. A Ö. le gustó mi trabajo como directora musical en "The Producers", y cuando la contactaron para hacer Goldoni no dudó en llamarme a mí para que aportara al proyecto desde lo musical. Pegamos onda desde la primera conversación telefónica, y la base fundamental de la puesta salió de aquel primer encuentro que tuvimos en el çay bahçesi de Kadıköy. Establecimos los principios de la obra, lo que queríamos contar, cómo lo queríamos contar y por qué lo queríamos contar. Volver al teatro más puro me hizo volver a mí misma, a mis raíces. Si bien mi formación teatral nunca fue tan formal como la musical, siempre me sentí tan ligada al teatro como a la música. Quizás porque dentro del conservatorio, entre mis compañeros, era la única que entendía la ópera como teatro musical, poesía en su estado más puro, donde ambas partes (texto y música) son indisolubles en escena y donde solo a través del cuerpo en toda su extensión se puede manifestar.
Ö. tomó nota de mis ideas, escuchó cada una de mis palabras, debatimos, consensuamos, disentimos, y finalmente logramos crear una adaptación que se ajustara a la idiosincrasia turca sin perder el espíritu italiano. Fue un proceso creativo maravilloso. Una vez encontrados los actores, comenzamos a trabajar.
Hubo, sin embargo, una cosa que temí podía perjudicar nuestra relación profesional, y es que Ö. era una obsesiva de la puntualidad. Yo y mis llegadas tarde comenzamos a quedarnos sin justificaciones ante esa manía incomprensible por "cumplir horario", y empezamos a tener nuestros primeros roces.
Ö. no aceptaba ningún tipo de pretexto para faltar o llegar tarde a un ensayo y hacía todo lo posible por demostrar la falacia de cualquier vil excusa. Mi precaria situación legal me dio un par de coartadas que me libraron de sus apercibimientos y me permitieron continuar participando en la obra, a pesar de su expreso descontento. Pero hubo un día, inexcusablemente embarazoso, que limó cualquier aspereza que pudiese haber surgido por mi impuntualidad y selló definitivamente y para siempre nuestra amistad. Porque los vínculos que nacen en las peores coyunturas suelen ser más sólidos, y el nuestro nació de las alcantarillas más profundas que jamás hubiéramos podido imaginar.
La mañana del ensayo fatal me levanté con una dolencia difícil de explicar. Un cansancio repentino y un leve dolor de cuerpo me hicieron pensar en una gripe inminente, pensamiento que se acentuó a lo largo del día con las esporádicas toses y estornudos que me invadieron. Faltar al ensayo no era posible, así que tomé todo lo que tenía a mi alcance y me fui a trabajar. A lo largo del día otra molestia se sumó a mi repertorio de achaques y complicó aún más mi situación: ahora no solo era un leve dolor de cuerpo, además se había sumado un intempestivo ir de cuerpo. La diarrea poderosa que se apropió de mí me retuvo más de lo normal en cuanto baño se cruzó en mi camino.
Pero (otra vez) estaba demorada, y a contrarreloj tuve que dejar antes de tiempo uno de los tantos inodoros que visité para apresurarme a llegar al que sería el ensayo más recordado de mi vida artística. Tomé el subte para hacer más rápido mientras pensaba qué excusa válida inventaría esta vez para zafar del severo apercibimiento que me esperaba. Un "tengo diarrea" no iba a conformarla por muy mal que me sintiera. Absorta en mis pensamientos iba yo tomada de la baranda del subte cuando sin previo aviso empecé desaforadamente a toser, con tanto ímpetu y tan furiosamente que mi culo decidió cobrarme caro el haberme ido antes de tiempo del baño. Ahí, en el medio del subte, agarrada de una baranda y con desafortunados testigos, una incontinencia fecal inaudita se adueñó de mí. ¡Había encontrado una excusa!, no sé si perfecta pero perfectamente válida y definitivamente extraordinaria...
Llegué al ensayo como pude, frunciéndome toda para que lo único que se me cayera fuera la cara de vergüenza. Ö. me vio llegar y enojada me hizo señas para que subiera al escenario así como estaba (no sabía cómo estaba) y empezara inmediatamente con lo que teníamos previsto. La llamé desde la puerta, y calculo que por mi expresión pudo deducir que algo no andaba bien. La barrera lingüística no interfirió en la transmisión del mensaje: un simple y escueto "me cagué encima" fue suficiente para que se suspendiera el ensayo "por desperfectos técnicos", porque claro, los actores y las actrices no tenían por qué enterarse de mi escatológica situación. Nos escondimos en el baño, cual adolescentes, y con la ayuda de su asistente bloqueamos el ingreso. Afuera detrás de la puerta se oían los murmullos y las corridas de los curiosos artistas, que pensaban que algo secreto se estaba tejiendo entre bambalinas. Sin embargo adentro la escena ocurría en cámara lenta y en absoluto silencio, cual culebrón turco, con largas miradas desconcertadas y balbuceos sin sentido. Nos habíamos ido tanto del libreto que no sabíamos cómo volver, pero no había mucho para hacer, teníamos que ensayar un final para mi insólita novela. Escabulléndose para no ser vista, Ö. corrió a improvisar una solución, y yo me quedé encerrada en el cubículo esperando a mi salvadora. No era mi primera experiencia encerrada en un baño, pero ciertamente era la más vulnerable. Pensé en todas las desgracias que podían ocurrirme estando ahí: un terremoto, un corte de luz, quedarme sin papel... Reflexioné sobre mi vida hasta el infinito, sin siquiera prever que un problema de residencia precipitaría mi vuelta a Argentina, que no podría estar para los últimos ensayos, que la obra sería un éxito y se agregarían funciones, que Ö. se mudaría a Italia y que años más tarde nos encontraríamos en La Scala di Milano a rememorar "esos tiempos" en los que sin querer protagonizamos una auténtica commedia dell'arte. El último acto de la historia tuvo un desenlace todavía más inesperado, como pasa siempre que dejamos que la vida haga de las suyas, que quedará grabado en los anales del teatro y que, por pudor y por respeto, no me atrevo a compartir.
Esa noche volví a casa con una bombacha y pantalones nuevos, una férrea amistad y tarareando por lo bajo los temas de la Orquesta Fernández Fierro, porque la mente es retorcida a veces, y de todo el repertorio musical que conocía caprichosamente solo me instaba a escuchar aquel álbum llamado Mucha Mierda.

(Imagen de Wikipedia)

Modern love

Luz es argentina, tiene 38 años y es profesora. Desde hace más de tres años que llegó a Estambul desde otros exóticos destinos, donde vivió y trabajó. Tuvo sus romances con turcos y extranjeros, y venciendo sus propios prejuicios un día decidió abrirse una cuenta en okcupid. Chateó solamente con dos tipos, y conoció solo a uno: Yalçın el guitarrista. Él la invitó un café a la segunda línea. Ella, aburrida, aceptó. Empezaron a verse y ella enseguida se enamoró. Se pusieron condiciones, aclararon los términos, se pelearon, se amigaron, y los quince días de vacaciones juntos coronaron lo que ahora ya podía llamarse "una pareja". Pero un imprudente descuido hizo que Luz encontrara que Yalçın el guitarrista había empezado a usar okcupid otra vez. Con el corazón roto se fue de la casa dando un portazo y llevándose las pocas pertenencias que había dejado en lo de él: una bombilla, un poco de yerba, un mate de madera. Se pelearon por teléfono, ella lloró en persona, en un día bajó 10 kilos y envejeció 20 años, y se quiso morir. Se encerró en su casa, faltó al trabajo y por noches enteras no pudo dormir. Hasta que...

Lucía tiene 37 años y es escritora. Hija de padre paraguayo, pasó su primera infancia en la tierra charrúa de su madre para después mudarse a Buenos Aires. La crisis del 2001 la llevó a España, donde vive desde entonces. Hace tres años conoció a Joaco, un analista de sistemas con quien convive desde hace dos años y medio. Unos días antes de venir a Estambul, una de sus mejores amigas lo encontró en Tinder. Ella lo encaró, le armó un gran escándalo, y a pesar de que él negó todo ella se armó un bolso y se tomó el palo. El primer día en Turquía se dedicó a llorar su desgracia, pero por un defecto de profesión (y más que nada por curiosidad) se abrió una cuenta en okcupid para investigar de qué se trataba esa aplicación sobre la cual había escrito un artículo sin haberla usado nunca. Con un usuario no muy atractivo y algunas fotos de perfil de facebook, empezó a surfear en el bravo mar de hombres turcos. Conversó con algunos extraños sobre su situación, entró a varios perfiles y hubo uno que le llamó particularmente la atención: un guitarrista tomando mate. ¡Qué raro un mate aquí en Estambul! Quiso conversarle, pero se arrepintió. Cerró la aplicación y se fue a dar una vuelta por Sultanahmet. Cuando volvió tenía un mensaje de él: el contacto con Yalçın el guitarrista se había iniciado y ya no iba a haber forma de pararlo.


Luz y Lucía tienen muchas cosas en común: además de la luminosidad de sus nombres, de sus orígenes, de sus viajes y de haberse encontrado a Yalçın el guitarrista en okcupid, hay una cosa que las relaciona por sobre todo: las dos son la misma persona. Una es el alterego de la otra. Se complementan, juegan a ser románticas, aventureras, indefensas, guerreras, sexuales, vírgenes, desaforadas, contenidas. Y tienen un mismo objetivo: enamorar a Yalçın el guitarrista.
Yalçın el guitarrista real es atractivo, carismático, introvertido en público y extrovertido en privado, sexual de a ratos, divertido, quejoso, físicamente muy enfermo y delicado, creativo, tosco, antirromance y antirromanticismo, malhablado, descreído del amor, extremadamente dolido y gruñón.
Yalçın el guitarrista virtual, en cambio, es solo corazón: en busca del amor más puro y duradero, es capaz de sumergirse en los argumentos de lo más romáticos, componerle una canción a la mujer con la que acaba de intercambiar un par de emoticones, y expresar su más profundo deseo de amar y ser amado. 
Yalçın el guitarrista real y Yalçın el guitarrista virtual, además de ser el mismo sujeto con personalidades diferidas según su ámbito de actuación, tienen una cosa en común: ambos se relacionaron con la misma mujer, pero no lo saben. 
Luz creó a Lucía a su imagen y semejanza, le agregó más cualidades sin quitarle ni uno solo de sus defectos, exteriorizó lo que en ella oculta (su extrema vulnerabilidad, sus miedos al amor, sus locuras y sus fracasos) y potenció aún más las propiedades que hacen que Luz sea, justamente, Luz.
Lucía y Yalçın el guitarrista virtual comenzaron a conversar el día que Luz y Yalçın el guitarrista real se pelearon. Lucía se mostró frágil e insegura, dolida y conmovida. Yalçın el guitarrista virtual se mostró romántico y encantador, dispuesto a regalarle unas palabras de consuelo y robarle una sonrisa. La historia de Lucía no era diferente a la de Luz con Yalçın el guitarrista real, sin embargo Yalçın el guitarrista virtual no lo notó. No se percató de que el dolor de Lucía era el mismo que el del Luz, que los miedos y las preguntas de su nueva novia virtual eran los mismos que los de su ahora ex novia real. Las dos lloraban por el mismo hombre y por la misma traición, pero mientras uno se mostraba evasivo y esquivo con su compañera hasta hacía unas horas, el otro se deshacía en palabras de amor para consolar a la mujer que había conocido hacía apenas unas horas.
Luz le dio a Lucía todo el poder que tenía sobre él. Lucía enamoró a Yalçın el guitarrista virtual hablando de música, de películas, de historias fantásticas reales e inventadas, de todo lo que era capaz de hacer por amor. Yalçın el guitarrista virtual se rió con desenfado de las locuras de amor de Lucía, las mismas locuras que Luz le había hecho a Yalçın el guitarrista real y que este había defenestrado. Lucía se abrió sin esconder nada, fue transparente al hablar de sus miedos, de sus prejuicios, de sus emociones, de sus reacciones exacerbadas y sin sentido, de su desconfianza en las redes sociales y sus máscaras. Lucía no dijo nada que Luz no hubiera dicho antes, pero Yalçın el guitarrista virtual le puso otra música a las mismas palabras y, por primera vez, las escuchó. 
Luz se sintió triste al darse cuenta de que Yalçın el guitarrista virtual se había enamorado de Lucía, y que el real nunca se había percatado que esos detalles encantadores eran en verdad de Luz.
Luz quiso probar qué locura era capaz de hacer Yalçın el guitarrista virtual "por su amor", y la mandó a Lucía a hablarle de las bondades del "mate paraguayo", y de cómo su padre le había enseñado el secreto para preparar el mejor tereré del mundo "para enamorar a cualquiera", pero que lamentablemente no había traído yerba para probarlo con él. Bastaron sólo 10 minutos para comprobar que había picado: Yalçın el guitarrista real la invitó a Luz al estudio de grabación "a cebar mate" (algo que ya se les había hecho costumbre). Y más tarde, esa misma noche, mientras Luz le hacía masajes, Yalçın el guitarrista real le preguntó sobre el tereré y le pidió que por favor le dejara la yerba.  
Luz y Lucía se divirtieron manteniendo desopilantes conversaciones simultáneas con los Yalçın real virtual, como la de concierto del domingo: mientras el real despotricaba y recontra puteaba porque lo habían sacado de un concierto en el que iba a tocar una canción con otro instrumentista, el virtual hacía alaraca de que en ese mismo concierto iba a tocar sus propias composiciones con una big band. O la charla simultánea (por WhatsApp con Luz y por okcupid con Lucía) sobre el significado de los nombres que los tres tenían pero que ninguno de los dos Yalçın pudo asociar. O la más incómoda de todas, en la que Yalçın el guitarrista real se pisaba inventándole excusas a Luz porque Lucía y Yalçın el guitarrista virtual habían quedado para verse a la misma hora que Luz le había dicho. 
Porque claro, eventualmente iba a tener que pasar. Lucía y Yalçın el guitarrista virtual iban a tener que encontrarse a concretar la charla hot en la que se declararon su amor y ella prometió quedarse a vivir en Turquía por él y él juró adelantar el viaje a España que tenía previsto hacer en el verano (porque Yalçın el guitarrista virtual no le tiene miedo a los aviones como Yalçın el guitarrista real, que hace 18 años que no se toma uno).
El "gran día" (como lo llamó él) iba a ser el viernes que ella volvía de Capadocia. Arreglaron encontrarse a las 17.30 del otro lado del Bósforo.
Pero Lucía nunca llegó. Yalçın el guitarrista dejó de lado su personalidad virtual y le envió un mensaje digno de su personalidad real: descreído del amor, extremadamente dolido y gruñón, no pudo evitar recriminarle violentamente su falta de interés y ganas de hacerle perder su precioso tiempo a esa mujer que se había retrasado unos minutos. No pudo perdonarle a Lucía su falta de puntualidad (algo a lo que Luz ya había acostumbrado a Yalçın el guitarrista real) y la dejó. Esa misma noche, Yalçın el guitarrista real no quiso verla a Luz tampoco. Luz y Lucía se entristecieron mucho. 
Al día siguiente ninguna de las dos pudo contenerse y les mandaron un mensaje: por WhatsApp Luz y por okcupid Lucía. Ambas necesitaban verlo, por diferentes razones. Luz necesitaba compañía porque estaba atravesando un momento difícil, y Lucía no quería irse sin verlo al menos una vez. Luz sabía que Lucía tenía más chances que ella, así que trazó un plan de lo más cliché: Lucía iba a citarlo a Yalçın el guitarrista virtual y en su lugar iba a aparecer Luz para confrontar a Yalçın el guitarrista real. Pero la idea no funcionó: Yalçın el guitarrista virtual dejó esperando a Lucía, y Yalçın el guitarrista real nunca se contactó con Luz para acompañarla.
Lucía volvió a España sin haberse encontrado nunca con Yalçın el guitarrista virtual. Y Luz sintió amargamente la cruel indiferencia de su ex compañero Yalçın el guitarrista real. Ante tanta angustia, y escondiéndolse detrás de la máscara de Lucía, Luz entró en la aplicación una última vez le contó toda la verdad a un fulano cualquiera: le habló de cómo fue su relación con Yalçın el guitarrista real, de los buenos momentos que pasaron, de la terrible sorpresa que fue para ella encontrarlo nuevamente en okcupid, de su alterego Lucía, de la relación de Lucía con Yalçın el guitarrista virtual y de todas las locuras que Luz había hecho y quería seguir haciendo por Yalçın el guitarrista real. El fulano, lejos de espantarse, la acompañó, la contuvo, le robó un par de sonrisas y la tranquilizó. Luz vomitó todas sus miserias y sus bajezas y le confesó hasta lo más inconfesable, lloró y se rió con ese desconocido que desde el otro lado de una pantalla estaba haciendo hasta lo imposible para sacarle una sonrisa y le hablaba a Luz como Yalçın el guitarrista virtual le había hablado a Lucía. De repente, como en el cuento "Axolotl" de Cortázar, una suerte de realidad mágica dibujó una línea difusa y las dos historias se entrecruzaron: Luz se convirtió en Lucía y Lucía se convirtió en Luz.
Luz volvió a cruzar un par de líneas con Yalçın el guitarrista real, garabateó una carta de despedida que nunca le envió, intentó un vergonzoso perdón y volvió con él por aburrimiento, por comodidad, y sobretodo por estupidez. Pero al tiempo las cosas empeoraron y en un violento ataque de furia Yalçın el guitarrista mostró su costado más feroz y real. Luz, entonces, volvió irse, esta vez para siempre, sin llevarse ni la bombilla, ni la yerba, ni el mate de madera. No lloró, ni faltó al trabajo, ni se quiso morir. Tampoco hizo intervenir a Lucía, ni a ninguno de sus otros alter egos. Dejó pasar unos días, se recompuso a medias como pudo, y una noche sin pensarlo le escribió a aquel fulano de okcupid que la había contenido en su peor momento. Intercambiaron un par de mensajes y una noche acordaron para finalmente encontrarse. La novelesca historia que Luz había creado para superar su decepción amorosa con Yalçın el guitarrista tuvo un final digno de como empezó, todo muy modern love.

Matador

Istiklal Caddesi es la peatonal más famosa de Estambul, ubicada en el corazón del centro comercial de la ciudad, y punto de encuentro de locales y turistas de todas las latitudes. Restaurantes, tiendas de ropa, iglesias (católicas y ortodoxas), casas de música, librerías, bares y boliches son algunas de las cosas que conviven en esta calle de 1,4 kilómetros de largo. De día, paseo de compras; de noche, meeting point.
Cuando salgo (bah... cuando salía....) mi recorrida incluye una larga y pausada caminata, con mil y un paradas en cuanto boliche me ofrezca trago gratis. Y siempre termino en Araf.
Araf (que en turco significa "purgatorio") es mi boliche preferido por muchas razones —la onda del lugar y de la gente, los tragos a precios accesibles, la música en general—, pero en especial por una particularidad: el playlist del DJ incluye "Matador" de Los Fabulosos Cadillacs. Turcos (y algunos extranjeros) bailan desaforados al ritmo de la música sin entender nada; yo también bailo desaforada pero porque de repente empiezo a entender todo.
[Me dicen el matador, nací en Barracas / si hablamos de matar mis palabras matan]
Escuchar música argentina fuera del país en un lugar frecuentado por locales te enseña a escuchar el tema de otra manera. El ritmo se vuelve intrínsecamente tuyo, de repente la geografía de un casi desconocido Barracas se te presenta ante tus ojos y ves las casas y el barrio y su gente como si hubieras vivido en él. Las palabras dejan de ser solo palabras y adquieren otro significado.
T. fue un par de veces a Araf. No se acuerda, pero yo sé que tiene que haber bailado "Matador", sin entender una palabra de la letra y sin pensar en la cercanía (a pesar de la inmensa lejanía) que esas estrofas suponen para él.
Nació en Irak, hace —apenas— 21 años. Es el hijo del medio de un prestigioso médico y de una renombrada dentista. De clase acomodada, estudió en un muy buen colegio y toda su educación fue en inglés, por eso lo habla tan bien como el árabe. Es productor musical y arreglador, y un rapero famoso allá en su Bagdad natal. Según me dijo, su música habla principalmente de política, e intenta hacerle llegar al mundo (con sus temas en inglés) una imagen de su país que no es la que venden los medios occidentales.
[Soy la voz de los que hicieron callar sin razón...]
A T. lo conocí una semana antes del brutal atentado en Bagdad que se llevó la vida de casi 300 personas, entre ellas dos compañeros de colegio y un amigo del padre. Cuando unos días después nos volvimos a encontrar, me contó que estaba triste, que había crecido con esa familia, que habían pasado muchas cosas juntos y que sentía bronca por no poder ir a abrazar a esa madre que en un mismo día había perdido a sus dos hijos y a su marido. Me quedé sin palabras. Lo abracé fuerte y le pedí que me contara cómo era su querido Irak, un poco por compasión y otro poco por la vergüenza que me daba no saber prácticamente nada de ese lugar.
La primera vez que escuché el nombre de ese país fue en Estados Unidos. Habíamos ido con mi mamá de vacaciones y en ese momento se hablaba mucho de "la guerra del Golfo". Yo no sabía muy bien qué era una guerra ni mucho menos dónde quedaba el Golfo ese, pero me habían dicho que había un señor que se llamaba Saddam Hussein que tenía mucho petróleo y que se estaba peleando con otro país que también tenía petróleo y no lo quería compartir. Yo no entendía muy bien por qué el señor Hussein y su vecino estaban obligados a compartir su petróleo, ni qué tenía que ver Estados Unidos con ese pedazo de tierra del otro lado del planeta, pero el día que llegamos al aeropuerto de Miami para tomarnos el avión de vuelta "algo" había pasado y los vuelos no estaban saliendo. Mi mamá (en pleno auge del "deme dos") temía por el modesto exceso de equipaje (unas nueve valijitas) y cuando nos empezaron a llamar por el altoparlante supuso lo peor. Pero no: por una inesperada sobreventa de pasajes nos ofrecieron viajar en otro vuelo y en primera clase. Mi recuerdo de Irak, entonces, se endulzó totalmente: gracias al señor Hussein, a su vecino y a su petróleo yo iba a viajar (por primera y única vez) en First Class.
T. sabe mucho de historia. Le apasiona conocer hechos e interpretaciones de sucesos históricos, un poco motivado por la visión de su país que leyó afuera (hace un par de años que vive en Turquía) y un poco por curiosidad y para saldar esa brecha que le dejó el colegio, para el cual la historia de su país terminaba en 1950.
T. no había nacido en la época de la guerra del Golfo, pero leyó mucho sobre Saddam Hussein. Me contó que fue un militar que llevó al país a una sangrienta guerra con Irán, que su visión estratégica (cual Napoleón) le valieron la presidencia del país, la próspera economía de la región y unas cuantas victorias bélicas. Hussein, siendo militar, llegó al mando tras una revolución que alzó al poder al partido del cual Saddam formaba parte. Unos años después de la revuelta fue nombrado presidente. Su estrategia política radicaba en su carisma y fundamentalmente en su inteligencia militar. Parece que un día, recorriendo pueblos del interior de Irak, una anciana de una aldea lejana mojó sus manos en sangre de cordero y, a modo de bendición —una costumbre muy común por esos lares— las pasó por el coche de la comitiva que lo llevaba. A los pocos metros Hussein se bajó de ese auto y decidió cambiar su camino. El coche bendecido siguió el recorrido estipulado y a escasos kilómetros de aquella aldea fue atacado por granadas. Todos murieron. Saddam, que había interpretado aquella "bendición" como una clara marca al coche en el cual viajaba, hizo desaparecer completamente la aldea de la vieja aduciendo que fueron necesarias muchas más manos además de las de la anciana manchadas en sangre para planear un magnicidio.
[y ahora sé que en cualquier momento me la van a dar]
T. iba al colegio cuando en el 2003 Bush decidió ocupar Irak en busca de las famosas (y nunca encontradas) armas de destrucción masiva. Soldados estadounidenses instalaron sus bases en Bagdad, muy cerca de su casa. La resistencia pronto empezó a actuar y la lucha se hizo diaria. [Viento de libertad, sangre combativa]. Además de las bombas que caían matando gente que volvía de hacer las compras en cualquier remoto lugar del país, los soldados se ponían a disparar en cuanto escuchaban un ruido "extraño" (un ratero que se escapaba corriendo, un pájaro que había perdido su bandada, una pelota que había caído fuera de la cancha). Una vez T. y sus amigos estaban jugando al pool en la parte de atrás de un bar que pocos días antes había sido alcanzado por un mortero. Su amigo se calentó porque estaba perdiendo y con fuerza tiró una de las bolas afuera del bar. Dos minutos más tarde los cuatro amigos se vieron en el medio de una interminable balacera. Corrieron lo más que pudieron hasta meterse en un colegio. T. escuchaba el silbido de las balas que le pasaban cerca, porque según me dijo uno es capaz de escuchar el sonido de las balas si estas pasan en un radio no mayor a 4 metros de donde se encuentra uno. "Escuchar las balas es algo bueno —me dijo— significa que estás en el centro del radio y que no te van a tocar". Algo bueno. Uno de sus amigos no tuvo la suerte de escuchar el silbido ya que una de las balas le dio en el huesito dulce y se cayó de boca al piso. Lo agarraron entre los otros tres y lo metieron en el colegio, justo antes de que otro grupo de soldados yankis empezara con su rutina de disparar azarosamente a edificios tales como escuelas, hospitales, almacenes, etc. Una vez adentro, otro de los amigos empezó como loco a tocarse todo. "¿Y a este qué le pasa?" se preguntaron. Y T., riéndose, contestó "está buscando a ver si una bala le pegó a él". Parece que cuando una bala impacta en ciertos lugares no tan críticos (un pie, una pierna, un brazo, una oreja) el calor hace que el disparo no se sienta. "¿Y qué le pasó a tu amigo?" pregunté con miedo. "Nada, nada, está perfecto, estuvo apenas tres meses en el hospital, nada más", me respondió con ligereza.
[Qué suenan, son balas, me alcanzan, me atrapan.]
T. habla de estas cosas como algo "normal". Para él y sus amigos, contar cadáveres nuevos en el camino de ida y vuelta al colegio era un pasatiempo. "Este es fresquito, de hoy". Nunca se inmutó. Lo único que le impresionó una vez fue ver el proceso de un cuerpo en descomposición hasta explotar. "Eso sí que fue feo, el tipo se fue hinchando todo hasta reventar", me dijo, recordando el hecho con disgusto y asco. "¿Solo eso? ¿Ver cadáveres todos los días no? ¿Saber cómo morían tampoco?" le pregunté anonadada, apenas con un hilo de voz. "Morir vamos a morir todos, lo importante no es cómo sino por qué". Yo me sonreí, algo de razón tenía entre tanta sinrazón. Él le pidió al mozo un cappuccino para mí y que por favor le cambiara el carboncito a la pipa de agua (estábamos fumando nargile de limón).
[Matador, matador...]
Eran las 4 y media de la mañana, yo tenía sueño pero no me podía ir a dormir. Al principio de esa noche, cuando nos encontramos, la conversación giró en torno a ese atentado en donde su compañero de colegio había fallecido, y sobre qué puede llegar a tener en la cabeza alguien que se hace volar por los aires llevándose cientos de personas con él. Pero después de escuchar cómo fue su infancia y su adolescencia, lo único que podía pensar era cómo un chico que vivió entre tanta muerte violenta puede ser tan puro (lo que significa su nombre en árabe), tan cálido y tan "vivo". T. sabe que, a pesar de su pasaporte, tuvo suerte de haber nacido en el seno de una buena familia, de tener una educación privilegiada, de ser un pibe lindo y seductor y de tener la posibilidad de poner su voz y hacerse escuchar. También sabe que ese no fue el caso de la mayoría de sus compañeros, y mucho menos de aquellos otros miles de chicos que crecieron en zonas rurales, en las que no había ni hospitales para ir cuando caían las bombas, ni colegios en los que refugiarse cuando empezaban los disparos. Y yo imaginaba, mientras lo escuchaba, la vida de esos otros chicos, que sobrevivieron las atrocidades de una guerra insensata escondiéndose entre los muertos, que vieron a sus madres y hermanas ser ultrajadas por soldados extranjeros que venían a buscar algo que no existía, que no pudieron terminar el colegio, y que probablemente el sonido de las balas haya sido la única música que escucharon por años.
Cuando volvía para mi casa se me vino a la cabeza esa frase que leí a modo de chiste hace ya un tiempo, que decía: "Para demostrar que Saddam es un demonio llevamos años convirtiendo a Irak en un infierno". Pues bien, no hace falta ser analista político para darse cuenta de que los demonios se escaparon del infierno, y que el mundo entero se ha vuelto un lugar infernal. Algunos, como T., canalizan su vivencia levantando su voz y explotando su faceta artística. Otros, simplemente, explotan.



(T. cantando en inglés desde el segundo 30)



Los dinosaurios

Tenía 8 años en aquella Semana Santa del '87 cuando Alfonsín pronunció la famosa frase: "La casa está en orden". Me acuerdo que estaba en una confitería, en algún lugar de Salta. La televisión estaba prendida a todo volumen y todos estaban atentos a lo que estaba ocurriendo. Yo jugaba con algo (¿una muñeca quizás?) y hablaba sola y caminaba entre las mesas y me reía. De repente alguien me dijo "nena, callate". Yo me callé. Me senté en una silla sin decir nada, mirando la televisión y tratando de entender por qué estaban todos tan estupefactos escuchando al señor que hablaba. Yo los miraba, sin comprender, tenía miedo. Las caras de la gente a mi alrededor no eran buenas. Ellos también tenían miedo. No sabía qué, pero algo malo estaba pasando.
El viernes 15 de julio de 2016 ese recuerdo salió a la luz. Me volví a sentir esa nena de 8 años con miedo a la que no la dejaban jugar y que no entendía qué era eso malo que estaba pasando.
Llegué a Taksim, la plaza principal, para disfrutar de una cálida noche de verano con amigos. Hacía tiempo que no iba, por precaución. Pero una invitación que no pude rechazar me llevó de nuevo a mi querida Istiklal. Al llegar, lo primero que advertí (y no me gustó) fue un helicóptero sobrevolando un punto específico. El tráfico aéreo en Estambul es muy movido, hay muchos aviones y helicópteros sobrevolando la ciudad permanentemente, pero ese helicóptero no se estaba moviendo, estaba volando sobre algo. Pensé que se trataría de un 'ponebomba' al que estaban buscando y al que probablemente lo tendrían en la mira, así que tomé la calle lateral. Al ratito se fue así que me 'despreocupé'. Igual la noche ya no había empezado bien...
Después de dos horas de intensa charla (y tratando de disimular la incomodidad que me había provocado ese helicóptero) un poco me relajé. No mucho. Cambié de bar para aflojar tensiones, me encontré con otros amigos, inicié nuevas conversaciones. Pero había algo que no estaba bien. Las caras de la gente no eran de viernes por la noche, hablaban más por teléfono que entre ellos, pagaban y se iban. Yo no entendía nada. Bastó que caminara unos metros hacia la avenida para notar que pasaba algo: las calles estaban cerradas, la policía estaba viniendo, los camiones hidrantes estaban apareciendo. De repente alguien dijo "los dos puentes están cerrados". Algo muy malo tenía que estar pasando para que cerraran las dos vías más importantes que conectan la parte europea y la asiática, y que son uno de los símbolos de la ciudad. Me acordé de ese helicóptero. Como las calles estaban cerradas, no me podía tomar un taxi ahí, tenía que caminar hasta el final de la plaza. La gente ya empezaba a correr. Atravesé sin mirar los camiones de policías que se iban acercando y llegué a la parada del bondi. Me subí corriendo, y atrás mío se subieron otros preguntando a hacia dónde se dirigía. No importaba el destino, había que salir de ahí lo antes posible. Todavía no sabía qué, pero podía percibir que algo muy muy malo estaba pasando. Una amiga me llamó "antes de llegar a tu casa comprá agua y comida, quizás no puedas salir mañana". Temblaba, y seguía sin entender. En Facebook empezaron a aparecer las primeras fotos: militares, tanques de guerra, aviones caza. Y una frase que se repetía: "GOLPE DE ESTADO". No, no, tenía que ser un malentendido, eso podía estar pasando. El golpe de estado es algo que se estudia en el colegio, que se lee en los libros, que te cuentan "los más grandes", el golpe de estado no es algo que hoy se viva, no. Tenía que haber un error, yo no estaba entendiendo bien, mi traductor no estaba traduciendo bien, no podía ser eso, no, no. Al llegar a mi barrio noté que todo estaba cerrado o cerrando. No había música en la calle y la gente se estaba yendo apurada. Todos tenían miedo. Yo seguía sin comprender.
Llegué a mi casa con un kebab y un botellón de 5 litros de agua, sin hambre ni sed, con la necesidad de saber qué estaba pasando y una angustia infernal. Facebook, Twitter e Internet repetían la misma cosa en todos los idiomas: golpe de estado, darbe, coup d'etat, colpo di stato, Staatsstreich. Los llamados y los mensajes empezaron a llegar, la noticia se había propagado por todos lados, esto que estaba pasando era real: había un golpe de estado.




El presidente en Facetime por la CNN instigando a la gente a salir a las calles antes de que los canales de televisión empezaran a ser tomados por las fuerzas armadas, en los aeropuertos los tanques militares no dejaban entrar ni salir a nadie, Twitter y Facebook ardían con mensajes de toque de queda, explosiones en el parlamento, tanques arrollando todo lo que se interponía en su camino, helicópteros disparando a civiles que protestaban por el golpe, las mezquitas a todo volumen llamando a resistir, civiles tomando tanques y cagando a palos a los militares y entregándolos a la policía, caos y confusión, muchísima confusión.
Helicópteros, aviones caza, jets, disparos, bombas, tanques, golpe de estado, toque de queda, explosión, aeropuertos cerrados, gente corriendo, pánico, llantos, ruidos que estremecen, edificios que tiemblan, y el pasaporte siempre en la mano. Fueron solo seis horas. Y el miedo más intenso que viví en mi vida.
Aprendí muchas cosas que hubiera preferido no saber. Aprendí, por ejemplo, que hay unos aviones ("caza") que se llaman F16s, que son de guerra y que vuelan muy rápido y muy bajo. Aprendí que esos aviones rompen la barrera de sonido. Aprendí que romper la barrera de sonido es un efecto aerodinámico que produce una "bomba sónica". Aprendí que la bomba sónica es un sonido parecido al de una explosión, y que puede producir efectos similares a ella (vibración, rompimiento de cristales, temblor). Aprendí también a distinguir la diferencia de sonido entre una bomba sónica y una explosión real, y a calcular más o menos su distancia. Algunas cosas las aprendí esa misma noche (cómo se dice "golpe de estado" en cuatro idiomas distintos), otras las aprendí con el correr de los días (haber sabido lo de la bomba sónica me habría evitado el ataque de pánico). Y comprobé que el miedo te pone en posición fetal, que el ronroneo de un gato calma la angustia, que nada de lo material importa.
El último caza pasó cerca de las cinco y media de la mañana. Los medios ya estaban hablando del fallido golpe de estado. "El pueblo y la democracia han ganado".
Lo que vino después no fue mucho mejor. Con el correr de las horas se empezó a conocer en detalle lo que pasó esa noche. Un grupo de militares quiso toscamente tomar el poder. El nacionalismo exacerbado salió a las calles y arrasó con la vida de los "soldados" que comandaban los tanques: chicos de menos de 28 años que estaban haciendo el servicio militar obligatorio y a los cuales les dijeron que eso era un ejercicio de entrenamiento, que creyeron que estaban aprendiendo a defender el país (no a traicionarlo), y que murieron por los golpes que los "civiles" les dieron. Abanderados de la democracia siguiendo a ciegas órdenes difundidas a través de las mezquitas, en lo que fue una inteligente movida para unir nuevamente religión y estado. Apolíticos politizados, religiosos radicalizados, y la tristeza e incertidumbre de los que se mantuvieron al margen de la 'acción'.
A la mañana siguiente, habiendo dormido apenas un par de horas y todavía en estado de shock, me dispuse a preparar lo esencial en caso de tener que salir de urgencia. Hace tres años que llegué a Turquía, vine de vacaciones y aquí me quedé. De a poco formé mi mundo: trabajo, amigos, amantes, casa, y un gato que me salvó de no volverme loca esa fatídica noche. La realidad es que todavía no estoy lista para irme, y por cierto que no quisiera hacerlo. Pero entendí esa estrella de los que tienen que salir con lo puesto, porque otra de las cosas que aprendí el viernes es que cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada, que lo realmente imprescindible no lo puedo guardar en una valija, y que el día que me vaya todo lo que de verdad quiero me lo llevo adentro mío.

Las dos orillas

Entre las pocas chucherías que elegí que viajen conmigo para recordarme "de dónde soy", hay una que extrañamente se coló sin mi permiso. Es una foto de un cuadro de Benito Quinquela Martín. No sé cómo se llama, pero hay algunos barcos, hombres descargando cosas pesadas sobre sus hombros, una casa roja y un edificio verde, y detrás de todo eso el humo de las fábricas. Lo tengo pegado frente a mi cama y es lo primero que miro todas las mañanas cuando abro los ojos. Y si bien soy corta de vista, veo más de lo que mi miopía me permite distinguir. O lo imagino. Supongo el esfuerzo que habrá sido para aquellos hombres la vida en esos tiempos, atravesar todo un océano, llegar a una tierra desconocida, la soledad, los miedos, las pequeñas cosas a las que se aferrarían para sentirse un poco menos desdichados, la mirada puesta en la promesa de un futuro incierto y en un presente de a ratos alegre y narcotizado.
La primera vez que crucé sola el charco fue para ir a Colonia del Sacramento. Tenía menos de 21 años y tuve que presentar un permiso para salir del país. La segunda vez también fue a Uruguay, pero en esa oportunidad un impulso repentino me llevó a la preciosa Montevideo. Buquebús fue para mí, en ambas ocasiones, el único transporte viable y el escenario de mis múltiples fantasías: imaginaba el viaje que habrían hecho mis antepasados, los días previos al embarque, las despedidas, el momento de subir al barco, la partida, ver alejarse la tierra y adentrarse más y más en el mar, dejar lo conocido, entregarse a lo desconocido. Mi bisabuela Gumersinda decía que se había escapado de su casa a los 14 años para evitar el destino en un convento que sus padres le tenían reservado y, escondiéndose en la bodega un barco, se fue de su España natal para nunca más volver. Salvando el folclore de su historia (poco verosímil, dada su talentosa afición por inventarse insólitos pasados) la realidad es que llegó a Argentina siendo muy joven y allí se instaló. Atrás quedaron su pueblo, su familia, sus amigos y sus costumbres. Al menos, eso sí, conservó el idioma. Esa no fue la suerte de Giovanni que, aunque llegó a Rosario desde Sicilia con casi toda su parentela, no hablaba ni una sola palabra de castellano.
Todas las historias de inmigrantes, conocidas y no, se me cruzaron secretamente en mis únicos cuatro paseos en Buquebús. Y todas ellas se actualizaron la tercera vez que crucé el charco, esta vez en avión y a un destino mucho más lejano; los nervios de los días previos, las despedidas, el embarque, la partida, el despegue, la mirada puesta en la promesa de un futuro incierto y un presente narcotizado de miedos y entusiasmo.
Qatar, la primera parada de un viaje que todavía no termina, fue mi prólogo a "lo desconocido". Allí me encontré caras y personas que no había visto nunca antes y que eran parte de un imaginario casi imposible de representarme. Y aunque mi paso fue efímero, bastó para volver a despertar en mí una curiosidad que desde chica había tenido, cuando mi abuelo trajo de uno de sus viajes una alfombra azul con una mezquita, que mi mamá colgó en la pared. Yo, en una de mis tantas y frustradas búsquedas religiosas, solía ponerla en el piso y rezar mirando a la ventana (no por creer estar apuntando a La Meca, algo que seguramente ignoraba por aquel entonces, sino por una cuestión de espacio y luminosidad). Y si bien mis rezos no me llevaron a Dios, sí creo que me trajeron hasta este puerto.
Boğa Heykeli, en Kadıköy.
Constantinopla, hoy conocida como Estambul, está atravesada por el Cuerno de Oro y por un canal que conecta al mar de Mármara con el mar Negro: Boğaziçi (Bósforo en español) es el estrecho estambuleño que separa la parte europea de la parte asiática. Su etimología varía de acuerdo con la fuente consultada y el idioma: en turco y en árabe significa garganta (boğaz), y también toro (boğa). En griego significa 'paso de vaca' y hace referencia a Ío, amante de Zeus.
Según la mitología griega, Zeus convirtió a Ío en ternera para ocultarla de la ira su esposa Hera, quien al enterarse del engaño le exigió al dios que se la entregara y se vengó de ella haciéndola picar sin cesar por un tábano que, volviéndola loca, la hizo vagar por tierras extrañas. Para los griegos, estar fuera de casa y de todo lo que esta representa (la mente, el lugar correcto) es loco. La locura está afuera, es lo otro, lo extraño, lo extranjero. Afuera uno se vuelve loco, se vuelve 'otro(s)'.
A lo largo de mi vida fui muchas veces "otra". Cambié mi nombre, mi apellido, mi edad, mi ocupación, mi pelo, mi casa, mis novios, mis amantes, mis amigos, mi familia. Y desde hace unos años, mi residencia. Primero fue China, en donde conocí a otra 'yo'. En el país de los ojos chiquitos pude abrir bien grande los ojos a otro mundo, a otra vida posible, no solo por la diferencia cultural (inmensa e insalvable) sino por todo lo que acompañó el más genuino proceso de "otreidad" que podría haber experimentado: me volví otra siendo yo misma.
Después fue Tailandia. 40 días en el Paraíso y una experiencia azarosa que cambió mi rumbo. Turquía nunca había estado "formalmente" en mis planes (como tampoco lo estuvieron ni China ni Tailandia ni todo lo que viví y conocí hasta ahora), y quizás por eso la descabellada invitación a venirme me pareció tan lógica.
Estambul me atrapó desde el primer momento que la pisé. A las dos horas de haber llegado supe que los dos meses de estadía que había planeado iban a extenderse. La cálida atmósfera cargada de exotismo, los palacios, las mezquitas, las ruinas de piedra de la muralla que rodeaba y protegía Constantinopla (İstanbul Surları), las "puertas" (kapı) de la antigua ciudad amurallada, las miles de gaviotas (martı) revoloteando por toda la ciudad, la intensidad que para mí supone la música de las llamadas a oración (ezan) y el grito ahogado de los ferries (vapur) que anuncian la partida hacia el otro continente.

 




En Eminönü está mi puerto preferido, y desde el cual suelo tomarme el ferry para ir a trabajar "a la parte asiática" (Anadolu o Anatolia). Una vez por semana, los viernes, tengo el privilegio de cruzar al otro continente en apenas 20 minutos. Y en cada viaje, cada vez que atravieso el Bósforo, pienso en aquellos miles de inmigrantes que atravesaron océanos, y los evoco, siento que yo misma me atravieso, y me descubro extranjera y extraña y otra, residente en un mundo donde mi casa soy yo, donde el idioma es el color de mi voz; natural de un país cuya frontera es mi cuerpo y sus habitantes son los que caminan conmigo, con una piel que hoy suda nostalgia y perfume de azahares y lágrimas con sabor a licor de anís. Y misteriosamente vuelvo a Borges como si su poesía y su prosa me hicieran volver a mí, aun cuando no sé quién soy, de dónde soy, a dónde voy.

En el medio del Bósforo, pero más cerca de Asia, hay una pequeñísima isla que funciona como faro desde la época bizantina y que por las noches con sus luces llena de magia y encanto los viajes en ferry desde una costa a la otra. Es la famosa Kız Kulesi o Torre de la Doncella. Hay varias leyendas sobre esta torre. En la tradición griega, Hero (sacerdotiza de Afrodita) encendía todas las noches una antorcha en la torre para que Leandro, su amante secreto que vivía del otro lado del estrecho, encontrara el camino para llegar nadando hasta ella. Pero una noche una tormenta apagó la luz, Leandro perdió el rumbo y murió ahogado. Y Hero, desesperada al enterarse de la mala fortuna de su amado, se tiró desde la torre.
En la otra historia, la que cuentan los turcos, se habla de un sultán al que un oráculo le había dicho que su única hija moriría al cumplir 18 años por la mordedura de una serpiente venenosa. Intentando burlar la fatal suerte, el monarca mandó a construir una torre aislada del mundo en medio del Bósforo en la que encerró a su hija contra su voluntad, recibiendo solo la visita de su padre. Al cumplir sus 18, el sultán llegó a la isla con una cesta de frutas exóticas de regalo. Allí, escondida, había una serpiente que mordió a la doncella, quien murió en brazos de su padre probando así que, no importa lo que se haga, nadie puede escapar de su destino.
Hoy, después de ocho meses, mi suerte quiere que vuelva a cambiar de cielo. En unos días parto, me voy de la mística Turquía esta vez hacia un país que siempre estuvo en mis planes. Antes de volver a mi Ítaca, de pisar el que fuera mi suelo por 30 años, me voy a dar el lujo de caminar por la tierra de Zeus, Hera, Afrodita, Dionisios, y de los que, hace siglos, suponían que salir de casa era "loco".
Me llevo conmigo unas pocas chucherías que me recuerdan que, no importa de dónde sea, el destino que vamos dibujando de alguna forma está ligado con nuestro pasado, que a veces es necesario perder el norte, y que cuanto más lejos nos vamos, más cerca estamos de encontrar(nos). 

"Kına gecesi", Despedida de soltera (Turkish style!)

Antes de mis dramáticas experiencias kurdas (cuando todavía ingenuamente ignoraba la importancia del matrimonio por estos lares), tuve la oportunidad de ser invitada a una tradicional despedida de soltera turca, o "kına gecesi". 
Casi más importante que el día del casamiento en sí, la despedida de soltera marca para la novia el fin de una etapa (de niña) y el comienzo de otra (de "mujer"), en la que la familia de la novia entrega a su hija a la familia del novio, y ella deja su identidad de hija en la casa de su madre para pasar a ser esposa en la casa de la familia de su esposo. Tal acontecimiento se realiza la noche anterior a la boda.
A esta particular gala asisten todas las mujeres de la familia, del pueblo (de acuerdo con el sitio en el que tenga lugar el evento) y conocidas de la novia y de sus padres y familiares. Si bien algunos hombres también están invitados, su participación es menos importante. 
Como todo ritual, sigue una secuencia de actividades, gestos, música y objetos. En primer lugar, los pocos hombres y las muchas mujeres se reúnen en un salón (en la casa de los padres de la novia, si se sigue al pie de la letra la costumbre) y bailan canciones tradicionales (generalmente melancólicas) al ritmo de una banda en vivo (o, en su defecto, de algún turkish dj). Una de las más populares y que se escucha en todas las bodas es la famosa "Damat halayı". En esta danza, hombres y mujeres forman un círculo, tomándose del dedo meñique, hacen pasos ya establecidos y aplauden cinco veces cada ocho compases. En medio del baile, la novia se retira para volver a cambiarse el vestido, ya que cuantas más veces se cambie de vestido, más fortuna tiene el futuro marido.

 


Regresa la novia, sigue la música. Bailan un rato más, y poco a poco los hombres empiezan a retirarse. Más tarde la novia vuelve a irse, esta vez seguida por otras mujeres que van a buscarla. En este momento todos los hombres presentes se van del salón, porque está por ocurrir el momento más importante de la reunión, y lo que da el nombre a toda la velada: la "kına gecesi" o la noche de henna. La novia vuelve a entrar al salón vestida de rojo y con un velo cubriéndole la cara, y detrás de ella las otras mujeres la siguen con velas en sus manos. La novia se sienta en una silla en el medio, con las manos sobre las rodillas, palmas arriba, y el velo siempre cubriéndole la cara. Las otras mujeres forman un círculo, bailan alrededor de ella y cantan una canción, cuyo significado gira en torno a una mujer que deja a su familia para embarcarse en una nueva vida, en la que va a estar lejos de su madre, de su padre y de su pueblo. La canción se llama "Yüksek Yüksek Tepelere" y dice algo así como "Déjenlos construir un hogar en las altas colinas / no los dejen dar a las novias a países lejanos / ni desprecien a su madre. / Que los pájaros que vuelan puedan sentirlo, / extraño a mi madre, / extraño a mi madre y a mi padre, / extraño mi pueblo. / Ojalá mi padre cabalgara hasta mí. / Ojalá mi madre navegara hasta mí. / Ojalá mis hermanos llegaran hasta mí. / Que los pájaros que vuelan puedan sentirlo, / extraño a mi madre, / extraño a mi madre y a mi padre, extraño mi pueblo."
Mientras las otras mujeres siguen bailando y cantando, la suegra y la "nueva esposa" (es decir, la última mujer de la familia en contraer matrimonio) pintan con henna el centro de la palma de la mano de la novia y colocan en ella una moneda de oro, simbolizando buena salud y fortuna. 
La ceremonia termina cuando la novia rompe en llanto, entonces se descubre el velo y abraza a la suegra, a la nueva esposa y a las otras mujeres.


 
 
 La "kına gecesi" es tan importante como la boda ya que, como todo ritual de iniciación, marca el comienzo de una nueva vida para la mujer.
La henna representa, por un lado, la tierra pura del paraíso; y por otro lado, por su color rojo, la transformación de la niñez a la madurez, es decir, la pérdida de la virginidad.
Con matrimonios arrelgados (costumbre todavía vigente) antiguamente muchas novias dejaban involuntariamente sus hogares y no volvían a ver a sus padres ya que sus maridos residían en pueblos lejanos, y el transporte se hacía difícil, además de ser peligroso y sumamente caro. La música, hondamente melancólica, profundiza aún más la tristeza que significaba para la novia que esa fuera la última noche en la casa de sus padres. Y si bien hoy en día la mayoría de los novios elige a su pareja, en la última noche de soltera sigue sonando ese vestigio de amargura y desolación, tan poco prometedor (según mi tradicional punto de vista) para la prosperidad del futuro matrimonio. Aunque ese ya es otro tema...


La pasión turca

Motivación es la clave para tener éxito en cualquier tarea, por ardua que sea. Trabajo, gusto, necesidad, afición, amor, todo vale a la hora de emprender un nuevo desafío y que los resultados sean óptimos.
Al llegar a China me puse a estudiar el idioma, no tanto porque me motivara su dificultad ni porque particularmente me gustara, sino más bien por el aprieto en el que me veía cada vez que precisaba satisfacer cualquiera de mis necesidades básicas: comprar un kilo de manzanas, pedir arroz con pollo, ordenar la cerveza bien fría (en China no se toman bebidas frías y durante el invierno apagan las heladeras, con lo cual conseguir cualquier bebida fría es tan difícil como conseguir cerdo en un país musulmán como Turquía).
Al llegar a Estambul advertí con curiosidad algo que con el chino no me había pasado: me gustó la musicalidad del idioma. Solía quedarme en los negocios mirando las cosas no para comprar sino para escucharlos hablar. Algunos turcos (particularmente los hombres) tienen una pronunciación tan suave y tan dulce que me encanta y (confieso) me enamoró y me sigue enamorando.
Motivada entonces por el estilo de la lengua, me propuse aprenderla por mi cuenta. Lo primero que hice fue, por supuesto, recurrir a Internet. Abrí el primer link que me tiró la búsqueda "learn turkish online" y, lejos de encontrar lo básico e indispensable (saludos, números, etc.), descubro con sorpresa que en la ventanita "Useful words and verbs" el primer verbo que aparece es "besar" y el segundo, "casarse". No me tomó mucho tiempo comprender por qué "besar" y "casarse" son verdaderamente useful verbs en Turquía...

Los hombres turcos son, en su gran mayoría, intensamente encantadores. Son de los que abren puertas, corren sillas, ceden el asiento, te dejan pasar, te acompañan a tu destino, te ofrecen té, te invitan un trago, te regalan cosas, te sonríen, te chamuyan exquisitamente, etc. Y hacen eso enteramente con un único y claro objetivo: todos (salvo contadísimas excepciones) te quieren coger. Si te abren la puerta o te dejan pasar es para mirarte el culo, si te corren la silla o te ceden el asiento es para relojearte el escote en cuanto te sentás, si te acompañan a tu destino es para ponerte la manito en la espalda (y así, tener la excusa perfecta para poder tocarte), si te invitan un trago es para intentar aflojarte, y si te invitan té es para tener más tiempo para chamuyarte. Pasar por Turquía sin coger es tan difícil como ir por primera vez a París y no visitar el Louvre (aunque no te interese mucho el arte "hay que ir"). Es que es evidente: a los turcos les gustan las mujeres, no importa si son lindas, feas, flacas, gordas, jóvenes, no tan jóvenes, etc., y lo demuestran. Y tienen una inclinación aún más marcada por las extranjeras, en especial por las latinas. Es cierto que esta predilección no es exclusiva de los turcos, ya que (según mi modesta experiencia) en el imaginario masculino mundial las latinas clasificamos como "calientes y pasionales". Colombianas, brasileñas y argentinas somos, al parecer, las más cotizadas por ser dueñas de estos particulares dones. Presentarme como argentina es asegurarme al menos un trago gratis (siempre acompañado, sutilmente o no, de alguna otra invitación) y una sonrisa curiosa. En el caso de los turcos, no los culpo: yo soy tan exótica para ellos como ellos son tan exóticos para mí. Muy exóticos, por cierto...
A diferencia del chamuyo argentino, más sutil e histérico, el chamuyo turco es filoso, picante e incluye siempre, en algún momento de la charla, el verbo "casamiento", en cualquiera de sus variantes: ¿te casarías con un turco? ¿qué opinás del casamiento? ¿cuándo te vas a casar? El casamiento es, para los turcos, tan importante como coger, aunque no siempre las dos cosas vayan de la mano. Ignoro si será la represión religiosa, el poco estímulo visual, la cantidad de mujeres tapadas, lo que ocurre verdaderamente debajo del velo, o qué... pero hay algo picante que se desprende de sus intensas miradas en cada conversación. No es algo nuevo ni es algo turco (ya mi bisabuela española solía decir "Hombre: antes de meter, prometer; después de metido, nada de lo prometido"), pero sí es distinto. En una oportunidad, conocí a un turco que insistía en mostrarme una foto de su habitación, como si una cama de dos plazas a medio hacer y un plasma de 22" pudieran despertar en mí una pasión incontenible y el deseo irrefrenable de ir a esa habitación, acostarme en esa cama y ver una película (¿qué tipo de película?) en ese plasma. Ante mi desconcierto y mi carcajada, lo único que atiné a decir fue un "lo siento, no soy esa clase de chicas". Inmediatamente su rostro se transformó, se puso serio, guardó su teléfono, se tomó unos segundos y mirándome fijo a los ojos me preguntó: "¿Te convertirías al islamismo para casarte con un musulmán?". Ante mi rotundo NO volvió a sacar el celular y a mostrarme la foto. No hacía ni una hora que estábamos hablando.
Mi amiga J., oriunda de Canadá, conoció en un bar a un pibe (hijo del dueño), que nos invitó tragos, nos llevó a comer y nos pagó el taxi de vuelta a casa en varias oportunidades. A los tres o cuatro días de conocerse, él ya le decía "novia" y hablaba de un futuro juntos. Ella, asombrada y entre risas, no paraba de repetirnos: "We just hold hands!! But yeah... obviously I'm a good hand holder". La resistencia del muchacho a ponerse un forro en su primera noche juntos "because I want to have babies with you" precipitó el final de la incipiente relación, que de todas formas ya se perfilaba hacia un seguro fracaso.
Una tarde fuimos con J. de paseo a Üsküdar y yo aproveché para hacer algo de shopping. Entramos a una zapatería y me puse a conversar con el dueño, un joven vendedor que estaba ahora trabajando en la que había sido la tienda de su padre. Hablamos de la vida en Estambul, en Turquía, en Buenos Aires, en Tailandia, en China, en Canadá, mientras su madre nos ofrecía té y chocoloate y nos mostraba fotos de su familia y de su marido, al que con un desprecio bastante notable llamaba "Hitler". Me fui sin comprarle nada, con un monedero de regalo, una promesa de una cita (que nunca se cumpliría) y un inmenso arrepentimiento por haberle dado mi email, ya que seguría recibiendo sus correos con reiterados "no puedo olvidarte", "necesito verte", "no puedo dejar de pensar en vos" etc., hasta más de un mes después de los 45 minutos que duró nuestro encuentro.
Luego de algunas de estas historias (propias y ajenas) no me sorprendió tanto que el siguiente chico que conociera fuera casado, negara rotundamente su estado civil y alegara que las fotos en las que se lo veía de la mano con una novia (de las tapadas) vestida de blanco (con el lacito rojo) fuera "en una fiesta de disfraces". Sí, claro. Y yo soy Gatúbela.
Ignorando estas historias (¿o motivada por ellas?) continué en mi cada vez más curiosa búsqueda por aprender el idioma. Me sumé a algunos grupos de Facebook, como "Lear Turkish Everyday" y "Teach yourself Turkish", en los que a cada pregunta que hacía me llovían no menos de cinco mensajes privados de turcos (siempre hombres) deseosos de enseñarme el idioma a través de invitaciones a practicar mi turco y otras cosas... El grupo "Turco para hispanohablantes" fue, sin embargo, totalmente distinto. Un oasis en el que turcas y turcos que hablan español (muchísimos) e hispanoparlantes que estudian turco preguntan y responden dudas sobre la lengua con el único propósito de intercambiar experiencias idiomáticas. Un respiro lingüístico. Facebook, además de ser una red social muy útil en casos como estos, me sugirió otros grupos que también podrían interesarme, como ser "Latinas casadas o de novias con turcos" y "I married a Turkish man...and we are still together!!". Asombrada por los singularísimos nombres de estos grupos, tuve que hacerme de un tiempito libre para entrar a chusmear (costumbre turca por excelencia) y así continuar con mi investigación de mercado. Lo que allí encontré me dejó aún más perpleja: a las historias que ya conocía, se sumaron otras de latinas que conocen turcos por internet, con los cuales entablan una relación a distancia vía skype (a veces por dos o tres años), y que viajan a Turquía "para casarme con el amor de mi vidaaaaaaa" (sic) sin haberlo visto ni una vez en persona. Otras "más precavidas" que después de dos semanas de compartir tiempo real con sus "turquitos" (como los llaman) dejan todo "por amor" (familia, trabajo, hasta hijos...!!) para venir a encerrarse en una casa y a esperar que su "turquito" vuelva del trabajo, del bar, o de donde sea. Estos grupos parecen estar destinados a las relaciones entre turcos y latinas (o extranjeras en general), y hay también blogs y foros en los que las mujeres cuentan cómo es su relación a distancia por skype con su turco, los planes de ir a conocerlo, las aventuras y mayormente desventuras en sus relaciones, sugerencias en general, mujeres con el corazón roto, otras "experimentadas" dando consejos sobre cómo tratar con la familia, las diferencias culturales, las costumbres, advirtiendo que "las más duras batallas y cosas innombrables no se mencionan aquí, puesto que las que perdieron la lucha no están en el grupo y huyeron de Turquía" (sic). Otras contando historias que les contaron, como "turcos que quieren extranjeras para después convertirlas en turcas, obligándolas a usar el velo y a no salir de casa". Las que finalmente han cazado un especimen se muestran orgullosas y lo exhiben cual ejemplar de feria. Porque, hay que reconocerles el mérito, siendo extranjera cazar un turco es fácil, pero casarlo es otra cosa, aunque sean ellas, las casadas, las cazadas.
Entre tanto consejo y discusión, una de las cosas que me extrañó fue la omisión total y absoluta del tema sexual. La coreografía amatoria de un musulmán más o menos practicante no es igual que la de un cristiano (im)piadoso o de un ateo medio pelo. Estos dos últimos tienen ritmos más o menos parecidos, más o menos perversos, más o menos conocidos. El musulmán, no. Hay cosas que no se hacen, momentos en los que no se hace, y rituales que sí se hacen. Y aunque un musulmán de verdad no se casaría con una no-musulmana, me llamó la atención que el tópico no se tratara, aunque el sexo es otra de las tantas cosas que se esconde bajo el velo y todos pretendemos que no existe, como los innumerables "Erotik shop", las prostitutas y travestis a cualquier hora del día, las infidelidades, la falta de código tanto de hombres como de mujeres y, debajo de todo esto, la idea intrínsecamente islámica de que la felicidad trae consigo alguna desgracia y que ser un poco desdichado es más provechoso que ser afortunado.
En Turquía, son muy pocos los que se casan "por amor". El mandato social es tan imponente que hasta los más modernos se enfrentan ante esta disyuntiva. D., una turca copada de apenas 21 años, conoció a su novio español en un viaje que hizo a Barcelona. Hace dos años que están juntos pero su familia está en contra de este romance porque él, de 22 años, no tiene en sus planes casarse por ahora. S. está pensando en contraer matrimonio con O. porque él es un divino y le gusta mucho estar con él y "porque es lo que todo el mundo quiere", aunque no deje de fantasear y de preguntarse (y de lamentarse) cómo habría sido la vida con M. Ya en sus 30ypico, y después de ceder a las presiones familiares, E. se casó con I. porque a la hora de sentar cabeza quería "una esposa tranquila", no como las mujeres con las que estuvo engañándola a I. durante los 10 años que duró el noviazgo. Y por último, el más triste relato que tuve que escuchar (porque me toca de cerca): la madre de O. aceptó que su hijo de 28 años se fuera de viaje con la condición de que a los seis meses volviera y se casara con la mujer que ella, su madre, eligiera.
La pasión turca es intensa pero efímera. Puede durar los 90 minutos de un partido, las dos o tres horas de una cita o los tres primeros meses de una relación. Pero después se esfuma, se quema, y pareciera ser que no pudiera llegar a convertirse nunca en amor. Y sin embargo, en el fondo, yo siento que hay un perfume de desamor (como un resabio de que una vez lo hubo), un gusto amargo a nostalgia de un pasado que nunca ocurrió o de un futuro que no es posible, como si se hubieran ganado mil batallas pero a último momento se hubiera perdido la guerra.
Al principio me sentí identificada con la vehemencia de la pasión turca, y la vi como un fiel reflejo de mi cultura. Pero, curiosamente, el tiempo me permitió ver otras aristas de ese reflejo, y entender que nuestra pasión sí se conecta con el amor. Un hincha de Boca AMA a su club, una cita es el comienzo de algo, y si pasás los tres meses probablemente ya puedas empezar a llamarlo "novi@".
Una vez, estudiando Schubert (¿o era Schumann?) una directora me dijo que la pasión alemana es más bien mental, a diferencia de la italiana que es más visceral. Quizás sea un poco prematuro decirlo, pero intuyo que la pasión turca está más bien ligada con el destino: algo que está por encima de nosotros y que indefetiblemente no se puede cambiar. Y por eso, más que pasión, es drama.
Hay un refrán turco que dice "Dil dile değmeden, dil öğrenilmez", algo así como "no se puede aprender una lengua sin tocar otra lengua". Confieso que hoy por hoy algo de turco puedo hablar, todavía sigo teniendo ganas de aprender el idioma y me sigue gustando como suena, aunque después de algunas des-pasiones dramáticas ya no esté tan motivada como antes.

"Kız Kulesi" o Torre de la Doncella

La última kurda

Me bajé del tranvía con el último "chan-chán" de la versión de Goyeneche de uno de mis tangos preferidos. Habíamos quedado en encontrarnos en la estación Çemberlitaş a las 7:30 pm. pero llegué antes (algo inusual en mí). Me senté en el mismo banco en el que otras veces nos habíamos sentado, guardé mi mp3 (ya casi sin batería) y me puse a ver las fotos que había sacado. Ninguna me gustó. Llegó a horario (algo usual en él) y se sentó a mi lado, como tantas otras veces. Hablamos de pavadas, de su ropa siempre tan impoluta, de mi pinta siempre tan zaparrastrosa, de lo que habíamos hecho ese día, el día de ayer, el día anterior, en la semana, evitando hablar de lo que queríamos evitar: nuestra inminente y triste separación.
Una de las cosas que descubrí viajando es que los vínculos que establecemos con los otros no se pueden medir en tiempo, sino en intensidad del o los momentos compartidos y de una conexión a veces inexplicable que simplemente se da. Recuerdo que a los quince días de haber llegado a China me invitaron a un cumpleaños sorpresa. Cuando la agasajada llegó, se emocionó hasta las lágrimas y sentada en la escalera secándose los mocos apenas pudo balbucear un "gracias familia". Me acuerdo perfectamente de su comentario porque lo encontré bastante exagerado. Pero a los pocos meses yo ya me había hecho de mi propia familia, y pude sentir y entender lo que ella había expresado. Aunque en realidad no se trate de entender, sino de dejarse llevar por lo que se siente, por ese algo que fluye y que es difícil de poner en palabras. ¿Cómo se puede llegar a querer tanto a unas personas a las que conociste hace un par de meses y con las que compartiste tan poco "tiempo"? Se puede, porque las emociones no se miden en tiempo. Pero eso yo lo aprendí estando afuera e ignoro si me hubiera permitido sentir todo lo que viví estando en Buenos Aires.
Por eso temía tanto nuestro encuentro. Para él, la intensidad con la que se dio todo fue desde un principio ilógica e incomprensible. Para mí, nunca hubo lugar para la lógica y tampoco había nada que entender. Las cosas se habían dado así y estaban muy bien. Sin embargo, algo se había interpuesto en nuestro camino, algo que ninguno de los dos pudo prever y que inexorablemente, tarde o temprano, algún día iba a aparecer: la diferencia cultural. Eso que tanto atrae y que a la vez tanto distancia ahora nos estaba enfrentando a nosotros, a nuestras tradiciones, a nuestros miedos, a nuestra identidad, a nosotros mismos. Salir con alguien de otra cultura implica atravesar un montón de puentes y barreras, es jugar con fuego con la fascinación y los riesgos que ello implica, y te obliga a leer e interpretar minuciosamente la letra chica de un contrato que nadie lee. Cuando se habla de "choque de culturas" rara vez se menciona lo que ese choque provoca y cuánto influye en una relación entre dos personas.
La cultura turca basa sus relaciones principalmente en la familia. Es común que abuelos, padres, hermanos, primos, tíos, sobrinos vivan en un mismo edificio, o que se visiten muy a menudo. Algunos hasta emprenden negocios familiares, en donde cada miembro ocupa un lugar preciso y donde puede destacarse. También viajan o pasean juntos, y es de lo más normal ver a una chica acompañada de su madre, hermana y/o prima, cuando no de su marido y sus cuñados. En lo que respecta a las relaciones de pareja, solo se presenta a la familia al futuro cónyuge, es decir, cuando la relación ya está completamente afianzada y los planes de casamiento son inminentes. Entonces ocurre el esperado pedido de mano: el novio y sus padres van a la casa de la novia para pedirla en matrimonio. Una vez allí, se sirven té y delicias turcas y charlan hasta que la novia prepara un buen türk kahvesi (café turco) demostrando así sus excelentes cualidades como ama de casa. Ese es el momento en que los respectivos padres de los novios se ponen de acuerdo para que sus hijos se casen, fijan una fecha y festejan el compromiso. Algunos respetan la tradición más que otros, pero si hay algo en lo que todos concuerdan es en no presentar a la pareja hasta tanto no se esté seguro de que será "para toda la vida". Los que son todavía más tradicionales siguen la costumbre de dejar a la familia la elección de sus esposos, algo que se arregla entre los padres de los dos novios, quienes en algunos casos incluso no se conocen. Más importante que ellos son sus familias, y algunas rechazan categóricamente las uniones mixtas ya que no pueden comprobar si el novio o la novia son "de buena familia". Y si bien en todo hay excepciones, este no era el caso. Porque mi turco, además de turco, era de origen kurdo, aún más tradicionales. Y si bien él era liberal, de ninguna manera su familia iba a aceptar en su seno a una extranjera, que encima no es musulmana. Y sin su consentimiento, nada puede hacerse. ¿Pero por qué estábamos hablando de matrimonio a los dos meses de estar saliendo? "Porque de nada sirve que sigamos juntos y nos enamoremos si a la larga no nos vamos a poder casar".
De todo el repertorio de separaciones que he tenido, desde el clásico "no sos vos, soy yo" hasta el "no estoy preparado" y el "seamos amigos", jamás se me ocurrió agregar el "no nos podemos casar" a la lista de argumentos. Su excusa para dejarme parecía válida y al mismo tiempo desopilante.
Y entonces lo vi, jugando a 'seducir extranjeras' y divirtiéndose hasta que su padre le encuentre una turca kurda musulmana que el día de su boda pueda lucir orgullosa el lazo rojo en su cintura (indicando su virginidad) y sea "de buena familia". Muy lejos estaba yo de ser aceptada.
A veces viajar por el mundo puede ser también una forma de viajar en el tiempo.
Me subí al tranvía de vuelta sin mirar atrás. Me puse mi mp3 y antes de que se acabara la batería pude escuchar a Malena Muyala cantar la primera estrofa de "Tu pálida voz": Te oí decir, adiós, adiós.... Me sonreí y pensé en la ironía de mi premonitoria lista de reproducción, y triste, como un tango, llamé a mis amigos porque esa noche no quería estar sola. Fuimos a un bar y O. pidió una botella de Rakı, y luego otra, y luego otra. La vez anterior que tomamos este licor la resaca fue tan horrenda que juré no volver a tomarlo, pero falté a mi promesa. Es que en lo que respecta a bebidas y amores soy una reincidente crónica, por eso sospecho que, a pesar del sufrimiento del después (¿qué importa el después?), esta no será mi última experiencia (en) kurda.