Los dinosaurios

Tenía 8 años en aquella Semana Santa del '87 cuando Alfonsín pronunció la famosa frase: "La casa está en orden". Me acuerdo que estaba en una confitería, en algún lugar de Salta. La televisión estaba prendida a todo volumen y todos estaban atentos a lo que estaba ocurriendo. Yo jugaba con algo (¿una muñeca quizás?) y hablaba sola y caminaba entre las mesas y me reía. De repente alguien me dijo "nena, callate". Yo me callé. Me senté en una silla sin decir nada, mirando la televisión y tratando de entender por qué estaban todos tan estupefactos escuchando al señor que hablaba. Yo los miraba, sin comprender, tenía miedo. Las caras de la gente a mi alrededor no eran buenas. Ellos también tenían miedo. No sabía qué, pero algo malo estaba pasando.
El viernes 15 de julio de 2016 ese recuerdo salió a la luz. Me volví a sentir esa nena de 8 años con miedo a la que no la dejaban jugar y que no entendía qué era eso malo que estaba pasando.
Llegué a Taksim, la plaza principal, para disfrutar de una cálida noche de verano con amigos. Hacía tiempo que no iba, por precaución. Pero una invitación que no pude rechazar me llevó de nuevo a mi querida Istiklal. Al llegar, lo primero que advertí (y no me gustó) fue un helicóptero sobrevolando un punto específico. El tráfico aéreo en Estambul es muy movido, hay muchos aviones y helicópteros sobrevolando la ciudad permanentemente, pero ese helicóptero no se estaba moviendo, estaba volando sobre algo. Pensé que se trataría de un 'ponebomba' al que estaban buscando y al que probablemente lo tendrían en la mira, así que tomé la calle lateral. Al ratito se fue así que me 'despreocupé'. Igual la noche ya no había empezado bien...
Después de dos horas de intensa charla (y tratando de disimular la incomodidad que me había provocado ese helicóptero) un poco me relajé. No mucho. Cambié de bar para aflojar tensiones, me encontré con otros amigos, inicié nuevas conversaciones. Pero había algo que no estaba bien. Las caras de la gente no eran de viernes por la noche, hablaban más por teléfono que entre ellos, pagaban y se iban. Yo no entendía nada. Bastó que caminara unos metros hacia la avenida para notar que pasaba algo: las calles estaban cerradas, la policía estaba viniendo, los camiones hidrantes estaban apareciendo. De repente alguien dijo "los dos puentes están cerrados". Algo muy malo tenía que estar pasando para que cerraran las dos vías más importantes que conectan la parte europea y la asiática, y que son uno de los símbolos de la ciudad. Me acordé de ese helicóptero. Como las calles estaban cerradas, no me podía tomar un taxi ahí, tenía que caminar hasta el final de la plaza. La gente ya empezaba a correr. Atravesé sin mirar los camiones de policías que se iban acercando y llegué a la parada del bondi. Me subí corriendo, y atrás mío se subieron otros preguntando a hacia dónde se dirigía. No importaba el destino, había que salir de ahí lo antes posible. Todavía no sabía qué, pero podía percibir que algo muy muy malo estaba pasando. Una amiga me llamó "antes de llegar a tu casa comprá agua y comida, quizás no puedas salir mañana". Temblaba, y seguía sin entender. En Facebook empezaron a aparecer las primeras fotos: militares, tanques de guerra, aviones caza. Y una frase que se repetía: "GOLPE DE ESTADO". No, no, tenía que ser un malentendido, eso podía estar pasando. El golpe de estado es algo que se estudia en el colegio, que se lee en los libros, que te cuentan "los más grandes", el golpe de estado no es algo que hoy se viva, no. Tenía que haber un error, yo no estaba entendiendo bien, mi traductor no estaba traduciendo bien, no podía ser eso, no, no. Al llegar a mi barrio noté que todo estaba cerrado o cerrando. No había música en la calle y la gente se estaba yendo apurada. Todos tenían miedo. Yo seguía sin comprender.
Llegué a mi casa con un kebab y un botellón de 5 litros de agua, sin hambre ni sed, con la necesidad de saber qué estaba pasando y una angustia infernal. Facebook, Twitter e Internet repetían la misma cosa en todos los idiomas: golpe de estado, darbe, coup d'etat, colpo di stato, Staatsstreich. Los llamados y los mensajes empezaron a llegar, la noticia se había propagado por todos lados, esto que estaba pasando era real: había un golpe de estado.




El presidente en Facetime por la CNN instigando a la gente a salir a las calles antes de que los canales de televisión empezaran a ser tomados por las fuerzas armadas, en los aeropuertos los tanques militares no dejaban entrar ni salir a nadie, Twitter y Facebook ardían con mensajes de toque de queda, explosiones en el parlamento, tanques arrollando todo lo que se interponía en su camino, helicópteros disparando a civiles que protestaban por el golpe, las mezquitas a todo volumen llamando a resistir, civiles tomando tanques y cagando a palos a los militares y entregándolos a la policía, caos y confusión, muchísima confusión.
Helicópteros, aviones caza, jets, disparos, bombas, tanques, golpe de estado, toque de queda, explosión, aeropuertos cerrados, gente corriendo, pánico, llantos, ruidos que estremecen, edificios que tiemblan, y el pasaporte siempre en la mano. Fueron solo seis horas. Y el miedo más intenso que viví en mi vida.
Aprendí muchas cosas que hubiera preferido no saber. Aprendí, por ejemplo, que hay unos aviones ("caza") que se llaman F16s, que son de guerra y que vuelan muy rápido y muy bajo. Aprendí que esos aviones rompen la barrera de sonido. Aprendí que romper la barrera de sonido es un efecto aerodinámico que produce una "bomba sónica". Aprendí que la bomba sónica es un sonido parecido al de una explosión, y que puede producir efectos similares a ella (vibración, rompimiento de cristales, temblor). Aprendí también a distinguir la diferencia de sonido entre una bomba sónica y una explosión real, y a calcular más o menos su distancia. Algunas cosas las aprendí esa misma noche (cómo se dice "golpe de estado" en cuatro idiomas distintos), otras las aprendí con el correr de los días (haber sabido lo de la bomba sónica me habría evitado el ataque de pánico). Y comprobé que el miedo te pone en posición fetal, que el ronroneo de un gato calma la angustia, que nada de lo material importa.
El último caza pasó cerca de las cinco y media de la mañana. Los medios ya estaban hablando del fallido golpe de estado. "El pueblo y la democracia han ganado".
Lo que vino después no fue mucho mejor. Con el correr de las horas se empezó a conocer en detalle lo que pasó esa noche. Un grupo de militares quiso toscamente tomar el poder. El nacionalismo exacerbado salió a las calles y arrasó con la vida de los "soldados" que comandaban los tanques: chicos de menos de 28 años que estaban haciendo el servicio militar obligatorio y a los cuales les dijeron que eso era un ejercicio de entrenamiento, que creyeron que estaban aprendiendo a defender el país (no a traicionarlo), y que murieron por los golpes que los "civiles" les dieron. Abanderados de la democracia siguiendo a ciegas órdenes difundidas a través de las mezquitas, en lo que fue una inteligente movida para unir nuevamente religión y estado. Apolíticos politizados, religiosos radicalizados, y la tristeza e incertidumbre de los que se mantuvieron al margen de la 'acción'.
A la mañana siguiente, habiendo dormido apenas un par de horas y todavía en estado de shock, me dispuse a preparar lo esencial en caso de tener que salir de urgencia. Hace tres años que llegué a Turquía, vine de vacaciones y aquí me quedé. De a poco formé mi mundo: trabajo, amigos, amantes, casa, y un gato que me salvó de no volverme loca esa fatídica noche. La realidad es que todavía no estoy lista para irme, y por cierto que no quisiera hacerlo. Pero entendí esa estrella de los que tienen que salir con lo puesto, porque otra de las cosas que aprendí el viernes es que cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada, que lo realmente imprescindible no lo puedo guardar en una valija, y que el día que me vaya todo lo que de verdad quiero me lo llevo adentro mío.

No voy en tren, voy en avión

Aun siendo un país muy apegado a las tradiciones, hay algo que se debe que reconocer como "de avanzada" en China y es su sistema de transporte: aeropuertos conectados a la ciudad a través de subtes, trenes comodísimos para viajar a cualquier parte del país, micros-cama (cama cama, no asientos reclinables) que circulan en modernísimas rutas y autopistas que unen las distintas ciudades e infinidad de autos de alta gama. Pero el tráfico por las autovías suele ser catastrófico y uno puede quedar varado por horas, como bien lo sé yo que casi pierdo el avión de Beijing a Frankfurt. Esa fue una de mis experiencias más traumáticas en lo que respecta a viajes y aviones. Una lluvia torrencial había cortado el sistema eléctrico y el tren que me llevaba de Zhengzhou a Beijing había llegado con retraso. Ya no tenía tiempo de llegar hasta el subte que va al aeropuerto y una amiga china me recomendó jugármela y tomar un taxi: "el tránsito no se ve tan mal ahora, pero va a empeorar en unos minutos, lamento decirte que quizás no llegues a tiempo...". Desde Argentina mi mamá chequeaba si el vuelo estaba demorado o no y trataba de tranquilizarme mientras yo, llorando desconsoladamente, buscaba un taxi, un auto particular, una moto, un remolque, un camello o cualquier cosa que me llevara al bendito aeropuerto. Encontré a un tipo que se ofreció a llevarme por un precio descabellado, el cual ni atiné a regatear en virtud de mi profunda desesperación. Finalmente llegué, corriendo, fui la última en entrar al avión y vi cómo cerraban las puertas detrás mío. Lloré un rato más (por estrés y por deporte) hasta que me dormí. En Frankfurt tenía 9 horas de espera hasta tomar el vuelo a Buenos Aires y, muy relajada, decidí aventurarme a pasear un ratito. Dejé el equipaje de mano en un locker, cambié 50 euros y me tomé el modernísimo tren subterráneo al centro. A las tres horas, después de haber caminado, tomado una cerveza y comido una auténtica salchicha alemana, emprendí mi regreso al aeropuerto con muchísimo tiempo, el cual consumí enteramente tras perderme en el camino, perder el locker en el aeropuerto y perder a los policías que me seguían por considerar "sospechosa" mi corrida frenética de un lado al otro buscando el lugar donde había guardado mi equipaje de mano. Una vez más fui la última en entrar al avión. Parecía que se me había hecho costumbre ya. Unos meses antes viajando de Shanghai a Guilin con F. nos pasó lo mismo. Por alguna razón que no recuerdo, los vuelos estaban saliendo con demora. Estábamos sentadas en la isla par de la sala de espera (ya que en la isla impar, desde donde salía nuestro avión, estaba todo ocupado) escuchando atentamente la llamada de los vuelos. Y si bien el nuestro no había sido anunciado, de repente notamos que la isla impar estaba vacía. Fuimos hasta allí a ver qué pasaba, y nos encontramos con que ya habían abordado todos. Claro, no sabíamos que el pasillo angosto no solo separaba los vuelos, también separaba la llamada a ellos, que nosotras nunca escuchamos. Pudimos entrar al avión, últimas por supuesto, y no tan sorprendidas por esta anécdota. El anterior vuelo de Xi'an a Shanghai había sido todavía más curioso: también demorado, nos habían hecho entrar al avión para aplacar el ánimo de los pasajeros, que bastante caldeados estaban. Una vez adentro, nos dijeron que el avión iba a tardar un tiempo más en despegar, pero antes de que empezaran las protestas el capitán anunció que iban a ofrecer el almuerzo durante la espera. Sin embargo a los pocos minutos al avión le dieron pista, justo en el preciso momento en el que las azafatas estaban sirviendo la comida. En pleno despegue las pobres auxiliares de abordo hicieron malabares a 45° para repartir las bandejitas con los alimentos a todos los pasajeros, no sea cosa que un chino se quedara sin su porción de arroz o fideos. ¿Los cinturones y las medidas de seguridad? Bien gracias, para mí una copita de vino por favor. Blanco. Con hielo. ¡Uy, cuidado!
A pesar de todas las historias que me contaron y que me tocó vivir, hubo una que está y estará por siempre primera en mi lista. Ocurrió, por supuesto, en China. Viajaba desde Zhengzhou a Hanoi (Vietnam), muy temprano por la mañana. Sabía que la forma más fácil y segura de llegar al aeropuerto era a través del shuttle bus que salía de un hotel no muy lejos de mi casa a las 5 am. Tenía dos opciones: dormir y correr el riesgo de seguir de largo, o seguir de largo y viajar sin dormir. Por supuesto, elegí la segunda opción. Esa noche me encontré con mis amigos en el bar de siempre y a eso de las 3 volví a casa a ultimar detalles. Metí lo que faltaba en la valija, puse el pasaporte en mi cartera, escondí algo de plata en mi riñonera de viaje y, antes de salir, me tomé un ibuprofeno y guardé un tampón en el bolsillito de mi vestido. "Cuando llegue a Vietnam tengo que comprar tampones para abastecerme" pensé. Es que en China no usan tampones, y los que me había llevado de Argentina ya se me estaban acabando.
Llegué al aeropuerto tan temprano que estaba todo cerrado. Cuando finalmente abrieron los controles de seguridad, me dispuse a pasar antes que nadie: esta vez me había propuesto ser la primera en entrar al avión. Pero las cosas no salieron como las planeé (como es costumbre en mi vida). Al pasar por el detector de metales, algo sonó. Me había olvidado de sacarme la riñonera que llevaba oculta debajo del vestido. El cierre de metal también había sonado en el aeropuerto de Frankfurt y fue la causa de mi exhibicionismo. "Por favor, tendrá que acompañarnos a un cuarto aparte, siga al oficial que la escoltará para hacerle algunas preguntas". Me vi tras las rejas, recordé la nefasta historia alemana, la cara de la Merkel y ahí mismo al grito de "¡es la riñonera! ¡es la riñonera!" me levanté el vestido y me saqué todo (vestido y riñonera). No cayó muy bien la exposición de mis partes, pero al menos no me llevaron a interrogarme a ningún lado. Volví a pasar por el detector, silencioso, escanearon la riñonera y, creo yo, les debe haber dado pena la poca cantidad de efectivo que llevaba. "Pasá, pasá" me dijeron con lástima, y yo pasé. Ahora, en China, me encontraba una vez más en la misma situación. Me puteé por no haberme puesto la riñonera después del control de seguridad, pero ya era tarde: me estaban palpando. Antes de que tuviera la oportunidad de desnudarme por segunda vez en un aeropuerto, la oficial encontró que llevaba conmigo algo inesperado, imprevisto, desconocido, extraño, oculto, singular, exótico, misterioso, sospechoso: un tampón. Sacó mi pequeño OB del bolsillito de mi vestido y comenzó a interrogarme. "What is this?" me preguntó con desconfianza. Vale aclarar que en China, aun en los aeropuertos y en las zonas más turísticas, el inglés no es un idioma muy hablado. "It's a tampon" respondí, sabiendo que no iba a entenderme. "What is this? What is this?" repetía incansablemente mientras yo trataba de explicarle con otros términos algo que ella nunca había visto en su vida: "It is something you put inside you vagina when you have your period. You know? When the blood comes out of here" le explicaba con palabras y gestos. Oh, los gestos que hice... imposible escribirlos! Pero por mucha mueca que hiciera, no había forma de hacerle entender lo que era mi pequeño OB. De repente toda la seguridad del aeropuerto se congregó frente a mí y a mi tampón. Éramos sospechosos. Policías y oficiales aeronáuticos, handies en mano, interrumpieron el normal chequeo de los pasajeros, que cogoteaban para ver qué estaba ocurriendo con la lǎowài. Se pasaban el tampón de mano en mano, le sacaban fotos con sus teléfonos, mientras yo miraba azorada la escena a un costado. Y cuando creía que el circo se había terminado, los muchachos redoblaron la apuesta: pusieron el tampón en una de las bandejitas y lo escanearon. Enseguida se me vino a la mente el comercial de OB protagonizado por Natalia Oreiro: una chica paseando a su perrito y vistiendo un ajustado minishort blanco pasa por entremedio de un grupo de adolescentes que sin pudor ni tapujo le miran abiertamente el culo mientras la locutora pronuncia con complicidad: "Tranquila, vas con OB". Pues ahí estaba yo, con mi OB, en medio de un revuelo y muy lejos de la prometida tranquilidad. Al ratito, una oficial nueva se acercó al comité que se había formado y dijo unas palabras. Rápidamente todos se fueron corriendo cual cucarachas, y la mujer que me había palpado me devolvió el tampón sin mirarme a la cara, muy avergonzada. Es que son muy pudorosos en lo que a estas cuestiones se refiere, y seguramente lo que la otra señorita dijo había desculado el misterio de mi dudoso objeto: es una cosa que se usa para la menstruación.
Yo agarré mi cartera (que hacía rato estaba esperando del otro lado de la cinta) y guardé con asco en mi bolsillito el tampón, el cual tiré en el primer cesto que encontré. Los controles de seguridad se retomaron con normalidad y aquí no ha pasado nada.
Subí al avión con tiempo y sueño, ya que otra vez se había demorado el vuelo y yo estaba sin dormir. En cuanto me senté, antes de abrocharme el cinturón, abrí mi cartera para sacarme las lentes de contacto. Con sorpresa me percaté que no había puesto el líquido de las lentes en ninguna bolsita, pero nadie lo había notado. Como tampoco notaron que había pasado el estrictísimo "security check" con una botella de agua, tres encendedores y una Victorinox, todo en la misma cartera que viajaba conmigo y mi tampón. Pensé que quizás podría tener problemas por llevar todo esto conmigo arriba en el avión (¡tres encendedores y una navaja!), pero en seguida descarté todo temor. Me puse un tampón nuevo en el bolsillito de mi vestido como medida de seguridad para despistar futuras pesquisas, y con risueña complicidad me dije por lo bajo: "Tranquila, vas con OB".


Las dos orillas

Entre las pocas chucherías que elegí que viajen conmigo para recordarme "de dónde soy", hay una que extrañamente se coló sin mi permiso. Es una foto de un cuadro de Benito Quinquela Martín. No sé cómo se llama, pero hay algunos barcos, hombres descargando cosas pesadas sobre sus hombros, una casa roja y un edificio verde, y detrás de todo eso el humo de las fábricas. Lo tengo pegado frente a mi cama y es lo primero que miro todas las mañanas cuando abro los ojos. Y si bien soy corta de vista, veo más de lo que mi miopía me permite distinguir. O lo imagino. Supongo el esfuerzo que habrá sido para aquellos hombres la vida en esos tiempos, atravesar todo un océano, llegar a una tierra desconocida, la soledad, los miedos, las pequeñas cosas a las que se aferrarían para sentirse un poco menos desdichados, la mirada puesta en la promesa de un futuro incierto y en un presente de a ratos alegre y narcotizado.
La primera vez que crucé sola el charco fue para ir a Colonia del Sacramento. Tenía menos de 21 años y tuve que presentar un permiso para salir del país. La segunda vez también fue a Uruguay, pero en esa oportunidad un impulso repentino me llevó a la preciosa Montevideo. Buquebús fue para mí, en ambas ocasiones, el único transporte viable y el escenario de mis múltiples fantasías: imaginaba el viaje que habrían hecho mis antepasados, los días previos al embarque, las despedidas, el momento de subir al barco, la partida, ver alejarse la tierra y adentrarse más y más en el mar, dejar lo conocido, entregarse a lo desconocido. Mi bisabuela Gumersinda decía que se había escapado de su casa a los 14 años para evitar el destino en un convento que sus padres le tenían reservado y, escondiéndose en la bodega un barco, se fue de su España natal para nunca más volver. Salvando el folclore de su historia (poco verosímil, dada su talentosa afición por inventarse insólitos pasados) la realidad es que llegó a Argentina siendo muy joven y allí se instaló. Atrás quedaron su pueblo, su familia, sus amigos y sus costumbres. Al menos, eso sí, conservó el idioma. Esa no fue la suerte de Giovanni que, aunque llegó a Rosario desde Sicilia con casi toda su parentela, no hablaba ni una sola palabra de castellano.
Todas las historias de inmigrantes, conocidas y no, se me cruzaron secretamente en mis únicos cuatro paseos en Buquebús. Y todas ellas se actualizaron la tercera vez que crucé el charco, esta vez en avión y a un destino mucho más lejano; los nervios de los días previos, las despedidas, el embarque, la partida, el despegue, la mirada puesta en la promesa de un futuro incierto y un presente narcotizado de miedos y entusiasmo.
Qatar, la primera parada de un viaje que todavía no termina, fue mi prólogo a "lo desconocido". Allí me encontré caras y personas que no había visto nunca antes y que eran parte de un imaginario casi imposible de representarme. Y aunque mi paso fue efímero, bastó para volver a despertar en mí una curiosidad que desde chica había tenido, cuando mi abuelo trajo de uno de sus viajes una alfombra azul con una mezquita, que mi mamá colgó en la pared. Yo, en una de mis tantas y frustradas búsquedas religiosas, solía ponerla en el piso y rezar mirando a la ventana (no por creer estar apuntando a La Meca, algo que seguramente ignoraba por aquel entonces, sino por una cuestión de espacio y luminosidad). Y si bien mis rezos no me llevaron a Dios, sí creo que me trajeron hasta este puerto.
Boğa Heykeli, en Kadıköy.
Constantinopla, hoy conocida como Estambul, está atravesada por el Cuerno de Oro y por un canal que conecta al mar de Mármara con el mar Negro: Boğaziçi (Bósforo en español) es el estrecho estambuleño que separa la parte europea de la parte asiática. Su etimología varía de acuerdo con la fuente consultada y el idioma: en turco y en árabe significa garganta (boğaz), y también toro (boğa). En griego significa 'paso de vaca' y hace referencia a Ío, amante de Zeus.
Según la mitología griega, Zeus convirtió a Ío en ternera para ocultarla de la ira su esposa Hera, quien al enterarse del engaño le exigió al dios que se la entregara y se vengó de ella haciéndola picar sin cesar por un tábano que, volviéndola loca, la hizo vagar por tierras extrañas. Para los griegos, estar fuera de casa y de todo lo que esta representa (la mente, el lugar correcto) es loco. La locura está afuera, es lo otro, lo extraño, lo extranjero. Afuera uno se vuelve loco, se vuelve 'otro(s)'.
A lo largo de mi vida fui muchas veces "otra". Cambié mi nombre, mi apellido, mi edad, mi ocupación, mi pelo, mi casa, mis novios, mis amantes, mis amigos, mi familia. Y desde hace unos años, mi residencia. Primero fue China, en donde conocí a otra 'yo'. En el país de los ojos chiquitos pude abrir bien grande los ojos a otro mundo, a otra vida posible, no solo por la diferencia cultural (inmensa e insalvable) sino por todo lo que acompañó el más genuino proceso de "otreidad" que podría haber experimentado: me volví otra siendo yo misma.
Después fue Tailandia. 40 días en el Paraíso y una experiencia azarosa que cambió mi rumbo. Turquía nunca había estado "formalmente" en mis planes (como tampoco lo estuvieron ni China ni Tailandia ni todo lo que viví y conocí hasta ahora), y quizás por eso la descabellada invitación a venirme me pareció tan lógica.
Estambul me atrapó desde el primer momento que la pisé. A las dos horas de haber llegado supe que los dos meses de estadía que había planeado iban a extenderse. La cálida atmósfera cargada de exotismo, los palacios, las mezquitas, las ruinas de piedra de la muralla que rodeaba y protegía Constantinopla (İstanbul Surları), las "puertas" (kapı) de la antigua ciudad amurallada, las miles de gaviotas (martı) revoloteando por toda la ciudad, la intensidad que para mí supone la música de las llamadas a oración (ezan) y el grito ahogado de los ferries (vapur) que anuncian la partida hacia el otro continente.

 




En Eminönü está mi puerto preferido, y desde el cual suelo tomarme el ferry para ir a trabajar "a la parte asiática" (Anadolu o Anatolia). Una vez por semana, los viernes, tengo el privilegio de cruzar al otro continente en apenas 20 minutos. Y en cada viaje, cada vez que atravieso el Bósforo, pienso en aquellos miles de inmigrantes que atravesaron océanos, y los evoco, siento que yo misma me atravieso, y me descubro extranjera y extraña y otra, residente en un mundo donde mi casa soy yo, donde el idioma es el color de mi voz; natural de un país cuya frontera es mi cuerpo y sus habitantes son los que caminan conmigo, con una piel que hoy suda nostalgia y perfume de azahares y lágrimas con sabor a licor de anís. Y misteriosamente vuelvo a Borges como si su poesía y su prosa me hicieran volver a mí, aun cuando no sé quién soy, de dónde soy, a dónde voy.

En el medio del Bósforo, pero más cerca de Asia, hay una pequeñísima isla que funciona como faro desde la época bizantina y que por las noches con sus luces llena de magia y encanto los viajes en ferry desde una costa a la otra. Es la famosa Kız Kulesi o Torre de la Doncella. Hay varias leyendas sobre esta torre. En la tradición griega, Hero (sacerdotiza de Afrodita) encendía todas las noches una antorcha en la torre para que Leandro, su amante secreto que vivía del otro lado del estrecho, encontrara el camino para llegar nadando hasta ella. Pero una noche una tormenta apagó la luz, Leandro perdió el rumbo y murió ahogado. Y Hero, desesperada al enterarse de la mala fortuna de su amado, se tiró desde la torre.
En la otra historia, la que cuentan los turcos, se habla de un sultán al que un oráculo le había dicho que su única hija moriría al cumplir 18 años por la mordedura de una serpiente venenosa. Intentando burlar la fatal suerte, el monarca mandó a construir una torre aislada del mundo en medio del Bósforo en la que encerró a su hija contra su voluntad, recibiendo solo la visita de su padre. Al cumplir sus 18, el sultán llegó a la isla con una cesta de frutas exóticas de regalo. Allí, escondida, había una serpiente que mordió a la doncella, quien murió en brazos de su padre probando así que, no importa lo que se haga, nadie puede escapar de su destino.
Hoy, después de ocho meses, mi suerte quiere que vuelva a cambiar de cielo. En unos días parto, me voy de la mística Turquía esta vez hacia un país que siempre estuvo en mis planes. Antes de volver a mi Ítaca, de pisar el que fuera mi suelo por 30 años, me voy a dar el lujo de caminar por la tierra de Zeus, Hera, Afrodita, Dionisios, y de los que, hace siglos, suponían que salir de casa era "loco".
Me llevo conmigo unas pocas chucherías que me recuerdan que, no importa de dónde sea, el destino que vamos dibujando de alguna forma está ligado con nuestro pasado, que a veces es necesario perder el norte, y que cuanto más lejos nos vamos, más cerca estamos de encontrar(nos). 

"Kına gecesi", Despedida de soltera (Turkish style!)

Antes de mis dramáticas experiencias kurdas (cuando todavía ingenuamente ignoraba la importancia del matrimonio por estos lares), tuve la oportunidad de ser invitada a una tradicional despedida de soltera turca, o "kına gecesi". 
Casi más importante que el día del casamiento en sí, la despedida de soltera marca para la novia el fin de una etapa (de niña) y el comienzo de otra (de "mujer"), en la que la familia de la novia entrega a su hija a la familia del novio, y ella deja su identidad de hija en la casa de su madre para pasar a ser esposa en la casa de la familia de su esposo. Tal acontecimiento se realiza la noche anterior a la boda.
A esta particular gala asisten todas las mujeres de la familia, del pueblo (de acuerdo con el sitio en el que tenga lugar el evento) y conocidas de la novia y de sus padres y familiares. Si bien algunos hombres también están invitados, su participación es menos importante. 
Como todo ritual, sigue una secuencia de actividades, gestos, música y objetos. En primer lugar, los pocos hombres y las muchas mujeres se reúnen en un salón (en la casa de los padres de la novia, si se sigue al pie de la letra la costumbre) y bailan canciones tradicionales (generalmente melancólicas) al ritmo de una banda en vivo (o, en su defecto, de algún turkish dj). Una de las más populares y que se escucha en todas las bodas es la famosa "Damat halayı". En esta danza, hombres y mujeres forman un círculo, tomándose del dedo meñique, hacen pasos ya establecidos y aplauden cinco veces cada ocho compases. En medio del baile, la novia se retira para volver a cambiarse el vestido, ya que cuantas más veces se cambie de vestido, más fortuna tiene el futuro marido.

 


Regresa la novia, sigue la música. Bailan un rato más, y poco a poco los hombres empiezan a retirarse. Más tarde la novia vuelve a irse, esta vez seguida por otras mujeres que van a buscarla. En este momento todos los hombres presentes se van del salón, porque está por ocurrir el momento más importante de la reunión, y lo que da el nombre a toda la velada: la "kına gecesi" o la noche de henna. La novia vuelve a entrar al salón vestida de rojo y con un velo cubriéndole la cara, y detrás de ella las otras mujeres la siguen con velas en sus manos. La novia se sienta en una silla en el medio, con las manos sobre las rodillas, palmas arriba, y el velo siempre cubriéndole la cara. Las otras mujeres forman un círculo, bailan alrededor de ella y cantan una canción, cuyo significado gira en torno a una mujer que deja a su familia para embarcarse en una nueva vida, en la que va a estar lejos de su madre, de su padre y de su pueblo. La canción se llama "Yüksek Yüksek Tepelere" y dice algo así como "Déjenlos construir un hogar en las altas colinas / no los dejen dar a las novias a países lejanos / ni desprecien a su madre. / Que los pájaros que vuelan puedan sentirlo, / extraño a mi madre, / extraño a mi madre y a mi padre, / extraño mi pueblo. / Ojalá mi padre cabalgara hasta mí. / Ojalá mi madre navegara hasta mí. / Ojalá mis hermanos llegaran hasta mí. / Que los pájaros que vuelan puedan sentirlo, / extraño a mi madre, / extraño a mi madre y a mi padre, extraño mi pueblo."
Mientras las otras mujeres siguen bailando y cantando, la suegra y la "nueva esposa" (es decir, la última mujer de la familia en contraer matrimonio) pintan con henna el centro de la palma de la mano de la novia y colocan en ella una moneda de oro, simbolizando buena salud y fortuna. 
La ceremonia termina cuando la novia rompe en llanto, entonces se descubre el velo y abraza a la suegra, a la nueva esposa y a las otras mujeres.


 
 
 La "kına gecesi" es tan importante como la boda ya que, como todo ritual de iniciación, marca el comienzo de una nueva vida para la mujer.
La henna representa, por un lado, la tierra pura del paraíso; y por otro lado, por su color rojo, la transformación de la niñez a la madurez, es decir, la pérdida de la virginidad.
Con matrimonios arrelgados (costumbre todavía vigente) antiguamente muchas novias dejaban involuntariamente sus hogares y no volvían a ver a sus padres ya que sus maridos residían en pueblos lejanos, y el transporte se hacía difícil, además de ser peligroso y sumamente caro. La música, hondamente melancólica, profundiza aún más la tristeza que significaba para la novia que esa fuera la última noche en la casa de sus padres. Y si bien hoy en día la mayoría de los novios elige a su pareja, en la última noche de soltera sigue sonando ese vestigio de amargura y desolación, tan poco prometedor (según mi tradicional punto de vista) para la prosperidad del futuro matrimonio. Aunque ese ya es otro tema...


La pasión turca

Motivación es la clave para tener éxito en cualquier tarea, por ardua que sea. Trabajo, gusto, necesidad, afición, amor, todo vale a la hora de emprender un nuevo desafío y que los resultados sean óptimos.
Al llegar a China me puse a estudiar el idioma, no tanto porque me motivara su dificultad ni porque particularmente me gustara, sino más bien por el aprieto en el que me veía cada vez que precisaba satisfacer cualquiera de mis necesidades básicas: comprar un kilo de manzanas, pedir arroz con pollo, ordenar la cerveza bien fría (en China no se toman bebidas frías y durante el invierno apagan las heladeras, con lo cual conseguir cualquier bebida fría es tan difícil como conseguir cerdo en un país musulmán como Turquía).
Al llegar a Estambul advertí con curiosidad algo que con el chino no me había pasado: me gustó la musicalidad del idioma. Solía quedarme en los negocios mirando las cosas no para comprar sino para escucharlos hablar. Algunos turcos (particularmente los hombres) tienen una pronunciación tan suave y tan dulce que me encanta y (confieso) me enamoró y me sigue enamorando.
Motivada entonces por el estilo de la lengua, me propuse aprenderla por mi cuenta. Lo primero que hice fue, por supuesto, recurrir a Internet. Abrí el primer link que me tiró la búsqueda "learn turkish online" y, lejos de encontrar lo básico e indispensable (saludos, números, etc.), descubro con sorpresa que en la ventanita "Useful words and verbs" el primer verbo que aparece es "besar" y el segundo, "casarse". No me tomó mucho tiempo comprender por qué "besar" y "casarse" son verdaderamente useful verbs en Turquía...

Los hombres turcos son, en su gran mayoría, intensamente encantadores. Son de los que abren puertas, corren sillas, ceden el asiento, te dejan pasar, te acompañan a tu destino, te ofrecen té, te invitan un trago, te regalan cosas, te sonríen, te chamuyan exquisitamente, etc. Y hacen eso enteramente con un único y claro objetivo: todos (salvo contadísimas excepciones) te quieren coger. Si te abren la puerta o te dejan pasar es para mirarte el culo, si te corren la silla o te ceden el asiento es para relojearte el escote en cuanto te sentás, si te acompañan a tu destino es para ponerte la manito en la espalda (y así, tener la excusa perfecta para poder tocarte), si te invitan un trago es para intentar aflojarte, y si te invitan té es para tener más tiempo para chamuyarte. Pasar por Turquía sin coger es tan difícil como ir por primera vez a París y no visitar el Louvre (aunque no te interese mucho el arte "hay que ir"). Es que es evidente: a los turcos les gustan las mujeres, no importa si son lindas, feas, flacas, gordas, jóvenes, no tan jóvenes, etc., y lo demuestran. Y tienen una inclinación aún más marcada por las extranjeras, en especial por las latinas. Es cierto que esta predilección no es exclusiva de los turcos, ya que (según mi modesta experiencia) en el imaginario masculino mundial las latinas clasificamos como "calientes y pasionales". Colombianas, brasileñas y argentinas somos, al parecer, las más cotizadas por ser dueñas de estos particulares dones. Presentarme como argentina es asegurarme al menos un trago gratis (siempre acompañado, sutilmente o no, de alguna otra invitación) y una sonrisa curiosa. En el caso de los turcos, no los culpo: yo soy tan exótica para ellos como ellos son tan exóticos para mí. Muy exóticos, por cierto...
A diferencia del chamuyo argentino, más sutil e histérico, el chamuyo turco es filoso, picante e incluye siempre, en algún momento de la charla, el verbo "casamiento", en cualquiera de sus variantes: ¿te casarías con un turco? ¿qué opinás del casamiento? ¿cuándo te vas a casar? El casamiento es, para los turcos, tan importante como coger, aunque no siempre las dos cosas vayan de la mano. Ignoro si será la represión religiosa, el poco estímulo visual, la cantidad de mujeres tapadas, lo que ocurre verdaderamente debajo del velo, o qué... pero hay algo picante que se desprende de sus intensas miradas en cada conversación. No es algo nuevo ni es algo turco (ya mi bisabuela española solía decir "Hombre: antes de meter, prometer; después de metido, nada de lo prometido"), pero sí es distinto. En una oportunidad, conocí a un turco que insistía en mostrarme una foto de su habitación, como si una cama de dos plazas a medio hacer y un plasma de 22" pudieran despertar en mí una pasión incontenible y el deseo irrefrenable de ir a esa habitación, acostarme en esa cama y ver una película (¿qué tipo de película?) en ese plasma. Ante mi desconcierto y mi carcajada, lo único que atiné a decir fue un "lo siento, no soy esa clase de chicas". Inmediatamente su rostro se transformó, se puso serio, guardó su teléfono, se tomó unos segundos y mirándome fijo a los ojos me preguntó: "¿Te convertirías al islamismo para casarte con un musulmán?". Ante mi rotundo NO volvió a sacar el celular y a mostrarme la foto. No hacía ni una hora que estábamos hablando.
Mi amiga J., oriunda de Canadá, conoció en un bar a un pibe (hijo del dueño), que nos invitó tragos, nos llevó a comer y nos pagó el taxi de vuelta a casa en varias oportunidades. A los tres o cuatro días de conocerse, él ya le decía "novia" y hablaba de un futuro juntos. Ella, asombrada y entre risas, no paraba de repetirnos: "We just hold hands!! But yeah... obviously I'm a good hand holder". La resistencia del muchacho a ponerse un forro en su primera noche juntos "because I want to have babies with you" precipitó el final de la incipiente relación, que de todas formas ya se perfilaba hacia un seguro fracaso.
Una tarde fuimos con J. de paseo a Üsküdar y yo aproveché para hacer algo de shopping. Entramos a una zapatería y me puse a conversar con el dueño, un joven vendedor que estaba ahora trabajando en la que había sido la tienda de su padre. Hablamos de la vida en Estambul, en Turquía, en Buenos Aires, en Tailandia, en China, en Canadá, mientras su madre nos ofrecía té y chocoloate y nos mostraba fotos de su familia y de su marido, al que con un desprecio bastante notable llamaba "Hitler". Me fui sin comprarle nada, con un monedero de regalo, una promesa de una cita (que nunca se cumpliría) y un inmenso arrepentimiento por haberle dado mi email, ya que seguría recibiendo sus correos con reiterados "no puedo olvidarte", "necesito verte", "no puedo dejar de pensar en vos" etc., hasta más de un mes después de los 45 minutos que duró nuestro encuentro.
Luego de algunas de estas historias (propias y ajenas) no me sorprendió tanto que el siguiente chico que conociera fuera casado, negara rotundamente su estado civil y alegara que las fotos en las que se lo veía de la mano con una novia (de las tapadas) vestida de blanco (con el lacito rojo) fuera "en una fiesta de disfraces". Sí, claro. Y yo soy Gatúbela.
Ignorando estas historias (¿o motivada por ellas?) continué en mi cada vez más curiosa búsqueda por aprender el idioma. Me sumé a algunos grupos de Facebook, como "Lear Turkish Everyday" y "Teach yourself Turkish", en los que a cada pregunta que hacía me llovían no menos de cinco mensajes privados de turcos (siempre hombres) deseosos de enseñarme el idioma a través de invitaciones a practicar mi turco y otras cosas... El grupo "Turco para hispanohablantes" fue, sin embargo, totalmente distinto. Un oasis en el que turcas y turcos que hablan español (muchísimos) e hispanoparlantes que estudian turco preguntan y responden dudas sobre la lengua con el único propósito de intercambiar experiencias idiomáticas. Un respiro lingüístico. Facebook, además de ser una red social muy útil en casos como estos, me sugirió otros grupos que también podrían interesarme, como ser "Latinas casadas o de novias con turcos" y "I married a Turkish man...and we are still together!!". Asombrada por los singularísimos nombres de estos grupos, tuve que hacerme de un tiempito libre para entrar a chusmear (costumbre turca por excelencia) y así continuar con mi investigación de mercado. Lo que allí encontré me dejó aún más perpleja: a las historias que ya conocía, se sumaron otras de latinas que conocen turcos por internet, con los cuales entablan una relación a distancia vía skype (a veces por dos o tres años), y que viajan a Turquía "para casarme con el amor de mi vidaaaaaaa" (sic) sin haberlo visto ni una vez en persona. Otras "más precavidas" que después de dos semanas de compartir tiempo real con sus "turquitos" (como los llaman) dejan todo "por amor" (familia, trabajo, hasta hijos...!!) para venir a encerrarse en una casa y a esperar que su "turquito" vuelva del trabajo, del bar, o de donde sea. Estos grupos parecen estar destinados a las relaciones entre turcos y latinas (o extranjeras en general), y hay también blogs y foros en los que las mujeres cuentan cómo es su relación a distancia por skype con su turco, los planes de ir a conocerlo, las aventuras y mayormente desventuras en sus relaciones, sugerencias en general, mujeres con el corazón roto, otras "experimentadas" dando consejos sobre cómo tratar con la familia, las diferencias culturales, las costumbres, advirtiendo que "las más duras batallas y cosas innombrables no se mencionan aquí, puesto que las que perdieron la lucha no están en el grupo y huyeron de Turquía" (sic). Otras contando historias que les contaron, como "turcos que quieren extranjeras para después convertirlas en turcas, obligándolas a usar el velo y a no salir de casa". Las que finalmente han cazado un especimen se muestran orgullosas y lo exhiben cual ejemplar de feria. Porque, hay que reconocerles el mérito, siendo extranjera cazar un turco es fácil, pero casarlo es otra cosa, aunque sean ellas, las casadas, las cazadas.
Entre tanto consejo y discusión, una de las cosas que me extrañó fue la omisión total y absoluta del tema sexual. La coreografía amatoria de un musulmán más o menos practicante no es igual que la de un cristiano (im)piadoso o de un ateo medio pelo. Estos dos últimos tienen ritmos más o menos parecidos, más o menos perversos, más o menos conocidos. El musulmán, no. Hay cosas que no se hacen, momentos en los que no se hace, y rituales que sí se hacen. Y aunque un musulmán de verdad no se casaría con una no-musulmana, me llamó la atención que el tópico no se tratara, aunque el sexo es otra de las tantas cosas que se esconde bajo el velo y todos pretendemos que no existe, como los innumerables "Erotik shop", las prostitutas y travestis a cualquier hora del día, las infidelidades, la falta de código tanto de hombres como de mujeres y, debajo de todo esto, la idea intrínsecamente islámica de que la felicidad trae consigo alguna desgracia y que ser un poco desdichado es más provechoso que ser afortunado.
En Turquía, son muy pocos los que se casan "por amor". El mandato social es tan imponente que hasta los más modernos se enfrentan ante esta disyuntiva. D., una turca copada de apenas 21 años, conoció a su novio español en un viaje que hizo a Barcelona. Hace dos años que están juntos pero su familia está en contra de este romance porque él, de 22 años, no tiene en sus planes casarse por ahora. S. está pensando en contraer matrimonio con O. porque él es un divino y le gusta mucho estar con él y "porque es lo que todo el mundo quiere", aunque no deje de fantasear y de preguntarse (y de lamentarse) cómo habría sido la vida con M. Ya en sus 30ypico, y después de ceder a las presiones familiares, E. se casó con I. porque a la hora de sentar cabeza quería "una esposa tranquila", no como las mujeres con las que estuvo engañándola a I. durante los 10 años que duró el noviazgo. Y por último, el más triste relato que tuve que escuchar (porque me toca de cerca): la madre de O. aceptó que su hijo de 28 años se fuera de viaje con la condición de que a los seis meses volviera y se casara con la mujer que ella, su madre, eligiera.
La pasión turca es intensa pero efímera. Puede durar los 90 minutos de un partido, las dos o tres horas de una cita o los tres primeros meses de una relación. Pero después se esfuma, se quema, y pareciera ser que no pudiera llegar a convertirse nunca en amor. Y sin embargo, en el fondo, yo siento que hay un perfume de desamor (como un resabio de que una vez lo hubo), un gusto amargo a nostalgia de un pasado que nunca ocurrió o de un futuro que no es posible, como si se hubieran ganado mil batallas pero a último momento se hubiera perdido la guerra.
Al principio me sentí identificada con la vehemencia de la pasión turca, y la vi como un fiel reflejo de mi cultura. Pero, curiosamente, el tiempo me permitió ver otras aristas de ese reflejo, y entender que nuestra pasión sí se conecta con el amor. Un hincha de Boca AMA a su club, una cita es el comienzo de algo, y si pasás los tres meses probablemente ya puedas empezar a llamarlo "novi@".
Una vez, estudiando Schubert (¿o era Schumann?) una directora me dijo que la pasión alemana es más bien mental, a diferencia de la italiana que es más visceral. Quizás sea un poco prematuro decirlo, pero intuyo que la pasión turca está más bien ligada con el destino: algo que está por encima de nosotros y que indefetiblemente no se puede cambiar. Y por eso, más que pasión, es drama.
Hay un refrán turco que dice "Dil dile değmeden, dil öğrenilmez", algo así como "no se puede aprender una lengua sin tocar otra lengua". Confieso que hoy por hoy algo de turco puedo hablar, todavía sigo teniendo ganas de aprender el idioma y me sigue gustando como suena, aunque después de algunas des-pasiones dramáticas ya no esté tan motivada como antes.

"Kız Kulesi" o Torre de la Doncella

La última kurda

Me bajé del tranvía con el último "chan-chán" de la versión de Goyeneche de uno de mis tangos preferidos. Habíamos quedado en encontrarnos en la estación Çemberlitaş a las 7:30 pm. pero llegué antes (algo inusual en mí). Me senté en el mismo banco en el que otras veces nos habíamos sentado, guardé mi mp3 (ya casi sin batería) y me puse a ver las fotos que había sacado. Ninguna me gustó. Llegó a horario (algo usual en él) y se sentó a mi lado, como tantas otras veces. Hablamos de pavadas, de su ropa siempre tan impoluta, de mi pinta siempre tan zaparrastrosa, de lo que habíamos hecho ese día, el día de ayer, el día anterior, en la semana, evitando hablar de lo que queríamos evitar: nuestra inminente y triste separación.
Una de las cosas que descubrí viajando es que los vínculos que establecemos con los otros no se pueden medir en tiempo, sino en intensidad del o los momentos compartidos y de una conexión a veces inexplicable que simplemente se da. Recuerdo que a los quince días de haber llegado a China me invitaron a un cumpleaños sorpresa. Cuando la agasajada llegó, se emocionó hasta las lágrimas y sentada en la escalera secándose los mocos apenas pudo balbucear un "gracias familia". Me acuerdo perfectamente de su comentario porque lo encontré bastante exagerado. Pero a los pocos meses yo ya me había hecho de mi propia familia, y pude sentir y entender lo que ella había expresado. Aunque en realidad no se trate de entender, sino de dejarse llevar por lo que se siente, por ese algo que fluye y que es difícil de poner en palabras. ¿Cómo se puede llegar a querer tanto a unas personas a las que conociste hace un par de meses y con las que compartiste tan poco "tiempo"? Se puede, porque las emociones no se miden en tiempo. Pero eso yo lo aprendí estando afuera e ignoro si me hubiera permitido sentir todo lo que viví estando en Buenos Aires.
Por eso temía tanto nuestro encuentro. Para él, la intensidad con la que se dio todo fue desde un principio ilógica e incomprensible. Para mí, nunca hubo lugar para la lógica y tampoco había nada que entender. Las cosas se habían dado así y estaban muy bien. Sin embargo, algo se había interpuesto en nuestro camino, algo que ninguno de los dos pudo prever y que inexorablemente, tarde o temprano, algún día iba a aparecer: la diferencia cultural. Eso que tanto atrae y que a la vez tanto distancia ahora nos estaba enfrentando a nosotros, a nuestras tradiciones, a nuestros miedos, a nuestra identidad, a nosotros mismos. Salir con alguien de otra cultura implica atravesar un montón de puentes y barreras, es jugar con fuego con la fascinación y los riesgos que ello implica, y te obliga a leer e interpretar minuciosamente la letra chica de un contrato que nadie lee. Cuando se habla de "choque de culturas" rara vez se menciona lo que ese choque provoca y cuánto influye en una relación entre dos personas.
La cultura turca basa sus relaciones principalmente en la familia. Es común que abuelos, padres, hermanos, primos, tíos, sobrinos vivan en un mismo edificio, o que se visiten muy a menudo. Algunos hasta emprenden negocios familiares, en donde cada miembro ocupa un lugar preciso y donde puede destacarse. También viajan o pasean juntos, y es de lo más normal ver a una chica acompañada de su madre, hermana y/o prima, cuando no de su marido y sus cuñados. En lo que respecta a las relaciones de pareja, solo se presenta a la familia al futuro cónyuge, es decir, cuando la relación ya está completamente afianzada y los planes de casamiento son inminentes. Entonces ocurre el esperado pedido de mano: el novio y sus padres van a la casa de la novia para pedirla en matrimonio. Una vez allí, se sirven té y delicias turcas y charlan hasta que la novia prepara un buen türk kahvesi (café turco) demostrando así sus excelentes cualidades como ama de casa. Ese es el momento en que los respectivos padres de los novios se ponen de acuerdo para que sus hijos se casen, fijan una fecha y festejan el compromiso. Algunos respetan la tradición más que otros, pero si hay algo en lo que todos concuerdan es en no presentar a la pareja hasta tanto no se esté seguro de que será "para toda la vida". Los que son todavía más tradicionales siguen la costumbre de dejar a la familia la elección de sus esposos, algo que se arregla entre los padres de los dos novios, quienes en algunos casos incluso no se conocen. Más importante que ellos son sus familias, y algunas rechazan categóricamente las uniones mixtas ya que no pueden comprobar si el novio o la novia son "de buena familia". Y si bien en todo hay excepciones, este no era el caso. Porque mi turco, además de turco, era de origen kurdo, aún más tradicionales. Y si bien él era liberal, de ninguna manera su familia iba a aceptar en su seno a una extranjera, que encima no es musulmana. Y sin su consentimiento, nada puede hacerse. ¿Pero por qué estábamos hablando de matrimonio a los dos meses de estar saliendo? "Porque de nada sirve que sigamos juntos y nos enamoremos si a la larga no nos vamos a poder casar".
De todo el repertorio de separaciones que he tenido, desde el clásico "no sos vos, soy yo" hasta el "no estoy preparado" y el "seamos amigos", jamás se me ocurrió agregar el "no nos podemos casar" a la lista de argumentos. Su excusa para dejarme parecía válida y al mismo tiempo desopilante.
Y entonces lo vi, jugando a 'seducir extranjeras' y divirtiéndose hasta que su padre le encuentre una turca kurda musulmana que el día de su boda pueda lucir orgullosa el lazo rojo en su cintura (indicando su virginidad) y sea "de buena familia". Muy lejos estaba yo de ser aceptada.
A veces viajar por el mundo puede ser también una forma de viajar en el tiempo.
Me subí al tranvía de vuelta sin mirar atrás. Me puse mi mp3 y antes de que se acabara la batería pude escuchar a Malena Muyala cantar la primera estrofa de "Tu pálida voz": Te oí decir, adiós, adiós.... Me sonreí y pensé en la ironía de mi premonitoria lista de reproducción, y triste, como un tango, llamé a mis amigos porque esa noche no quería estar sola. Fuimos a un bar y O. pidió una botella de Rakı, y luego otra, y luego otra. La vez anterior que tomamos este licor la resaca fue tan horrenda que juré no volver a tomarlo, pero falté a mi promesa. Es que en lo que respecta a bebidas y amores soy una reincidente crónica, por eso sospecho que, a pesar del sufrimiento del después (¿qué importa el después?), esta no será mi última experiencia (en) kurda.

çok uzaklarda

Una esquina vacía.
Una mujer perdida buscando algo.
Un hombre sentado en una silla en la vereda mira la gente pasar.
Un hombre parado frente al hombre sentado le habla a la mujer perdida buscando algo que pasa caminando. El hombre sentado interviene, y la mujer que pasa caminando y el hombre de la silla en la vereda comienzan a hablar. El hombre parado le trae una silla a la mujer y el hombre sentado le ofrece un té. De repente el hombre parado y la gente que pasa caminando se esfuman, y dos desconocidos hablan como si se conocieran de toda la vida. Dos vacitos de té sobre un banquito de plástico y un hombre y una mujer sentados en la vereda. El hombre sentado ya no mira la gente pasar, y la mujer no se acuerda qué estaba buscando. Se miran y se olvidan que están sentados en la vereda, que frente a ellos hay un hombre parado y que hay gente que pasa caminando. El encuentro dura lunas, cielos, piel, perfumes, sal, miel, suspiros, sonrisas y preguntas (¿cómo se mide esa intensidad?).
Un día, la mujer sigue su camino. Se va lejos pero no deja de pensar en el hombre sentado en la vereda.
Un día, el hombre se levanta de su silla y atraviesa más de 1000 km para ir a su encuentro.
El tiempo se detiene y durante 1001 noches vuelven a olvidarse de los que están frente a ellos y de la gente que pasa caminando. Por la mañana el hombre vuelve a su calle y a su silla. La mujer cierra los ojos para no verlo partir.
1000 km de distancia separan a un hombre sentado en la vereda que mira la gente pasar y a una mujer perdida que pasa caminando todas las noches por las mismas esquinas buscándolo.




La isla encantada

Desde que tengo memoria, siempre tuve sueños "extraños": un tiburón blanco re copado se ofreció a llevarme adentro de su boca a una fiesta en el fondo del mar porque estaba llegando tarde (para variar...); viajé en tarántula gigante por la Panamericana (siendo aracnofóbica como soy!!); fui testigo y partícipe de múltiples crímenes junto con Tom Cruise, Nicole Kidman, Julian Assange, y otros; tuve love stories con Plácido Domingo, Erwin Schrott (se ve que la voz de barítono me puede), Richard Gere, Christopher Lambert (de joven) y hasta con un simpático Mefistófeles, que me hablaba en una lengua que no entendía pero que igual podía comprender. He soñado historias dignas de culebrones, películas de terror, comedias absurdas y bizarras como pocas. Para mis amigos es una pesadilla que les cuente un sueño (por el detalle y la precisión con que relato cada uno), e intuyo que para mis terapeutas también lo fue.
Hace siete años exactamente tuve un sueño muy particular, uno de mis preferidos, muy 'cursi' para mi estilo de entonces, y que nunca pude olvidar.
Soñé que yo siempre había tenido una cierta capacidad para la magia, pero nunca la había querido utilizar por miedo. Hasta que un día, tomando coraje, decidía sacar algo bueno de eso e iba a un lugar donde sabía que pasaban cosas "mágicas". Al llegar, me daba cuenta de algo increíble: la magia es una sensación corporal alucinante. Es decir, se pueden realizar "actos mágicos" únicamente si se siente la magia en el cuerpo. Volvía a mi casa feliz, con deseos de probarla, me sentaba en un sillón y trataba (por medio de la magia) de levantar un fierro que estaba tirado en el suelo. Estaba tan concentrada tratando de elevar el fierro hasta mi mano que me caía del sillón, pero con tanta "suerte" que al incorporarme veía que al lado de mi mano estaba el bendito fierrito, y al agarrarlo entendía que la magia siempre está presente pero de manera velada, casi sin que la notemos, "disimulada" en hechos cotidianos frecuentes. Yo quería que el fierro subiera hasta mi mano, pero en su lugar me caí yo hasta él "mágicamente", porque la tímida magia prefiere no manifestarse de manera tan abierta sino que gusta de esconderse para que no nos avivemos de su embrujo diario.
La imagen del sueño fue fascinante, eso de pensar que la magia se esconde en cualquier lado y que no nos damos cuenta, y que es una sensación corporal.
Me acordé de este sueño al poco tiempo de desembarcar en Koh Tao. Llegué con la idea de quedarme tres o cuatro días, sin saber bien qué hacer ni a dónde continuar después, y con mi brújula apuntando al norte. No tenía reserva de hotel ni hostel ni nada, ni mapa del lugar, ni la más remota idea de dónde estaba ni de por qué me había encaprichado tanto en ir ahí. Esperaba encontrarme con miles de personas ofreciendo alojamiento (como en Koh Phi Phi), pero cuando el barco llegó a las 6 de la mañana el puerto estaba completamente vacío y solo había taxis que ofrecían su servicio por una suma descabellada. Un taxista se apiadó de mí y me llevó por casi nada a la zona donde empieza la playa más concurrida, Sairee Beach. En un principio atribuí su bondad a mi pinta de pordiosera; hoy lo veo como el comienzo de los días mágicos que viví en esa isla encantada.

Koh Tao tiene una extensión aproximada de unos 21 km2, y está situada en el Golfo de Tailandia a unos 70 km. del continente. Su nombre ("Isla Tortuga") se debe a la forma de la isla (que de tortuga no tiene mucho) y a la cantidad de tortugas marinas que en una época solía haber. Las revistas turísticas dicen que inicialmente fue una isla deshabitada, refugio de marineros en días de tormenta o simplemente parada estratégica camino a otro rumbo. Pero hay otra historia también, un poco más siniestra, que no se cuenta en los folletos de viajes, y que dice que hace no muchos años la isla fue una especie de Alcatraz, una cárcel a donde mandaban a los presos (muchos de ellos políticos) y los dejaban abandonados a su propia suerte. La lejanía con respecto al continente y a las otras islas convertía a Koh Tao en una prisión "perfecta". Los tailandeses, que son muy supersticiosos, creen que cualquiera que llega a la isla queda inmediatamente "preso": no se puede ir o siempre regresa. Algo de eso me pasó a mí.
La mayoría de las personas que va a Koh Tao lo hace para bucear, ya que es el lugar más barato del mundo para adquirir licencias de buceo (además de ser un sitio precioso). Yo había buceado una vez, cuando estaba en la primaria, en Puerto Madryn. Fue mi "Bautismo Submarino", y siempre lo recordé como una de las experiencias vividas más increíbles e intensas. Claro, cuando lo hice tenía apenas 10 u 11 años, y en esa época no tenía mucho con qué comparar la intensidad de mis experiencias vividas. Quién hubiera dicho que 20 años después iba a rectificarlo....
Mis primeros días fueron de relax y exploración. Me dediqué a recorrer la isla y sus playas, a nadar en cada una de ellas, a mirar el cielo hasta quemarme los ojos, a bailar en la orilla del mar en los bares que bordean la costa y a respirar un aire distinto, especial. Había algo en la atmósfera de la isla que me inspiraba, como un presagio de esa brisa que de a poco me iría atrapando en un remolino de emociones.
Me tomé mis días para elegir cuál sería mi escuela de buceo. La oferta es tan pero tan pero tan amplia que desorienta. Pregunté, investigué, mandé mails, y en la espera de respuestas (y señales) me terminé quedando con la que se tenía que cruzar por mi camino en el momento menos pensado, mientras estaba buscando otra cosa. Además su nombre, Pura Vida, me resultó muy tentador.
Las dos primeras clases fueron teóricas, y cuando al día siguiente fuimos al mar me sorprendí recordando al detalle mi Bautismo Submarino: la máscara, el regulador, el tanque, el chaleco, el traje, el peso, la emoción de flotar debajo del mar, la ingravidez, la ligereza, la calma, el silencio, la magia.
Y entonces me acordé de mi sueño, y la sentí, empecé a vivir y a experimentar esa sensación en el cuerpo: la presión del agua sobre mí; los colores que cambian de color; el gusto a sal; flotar, y que sea tu respiración la que te lleve más arriba o más abajo; respirar, y que las burbujas exhaladas sean el único sonido; volar, y que sea el agua tu impulso; ver, y que tus ojos no den crédito ante tanta belleza. Y todo ahí, a 7, 12, 15, 18, 30 metros abajo del agua. Abajo del agua. Mágico.
Los días pasaron, y de los tres o cuatro que me iba a quedar llegué a estar casi un mes, sumergida durante el día en un paraíso marino y fascinada a la noche por los shows de fuego a la orilla del mar, cautivada por las historias de un birmano, riendo hasta llorar y bailando hasta caerme con desconocidos-conocidos de toda la vida, sintiendo en cada poro de mi piel la magia de saberme viva, y darme cuenta de que lo que empezó siendo una visita caprichosa y sin rumbo se convirtió en un deseo de cambiar de rumbo para adueñarme de esa nueva sensación que estaba descubriendo.
Dejar la isla fue terriblemente desgarrador. Tan triste y desolador como regresar al paraíso perdido y volver a perderlo, como si una parte de mi alma se hubiera quedado entre los corales, narcotizada entre el barco hundido y el silencio más puro, y cálidamente iluminada por los rayos de sol que pelean por colarse a través del agua. Un paraíso de burbujas y peces de colores donde la vida es, sencillamente, perfecta.
Sí, una parte mía quedó (presa) en Koh Tao, pero me queda el consuelo de saber que una parte de Koh Tao me la llevé conmigo. Me fui, pero me quedo, y voy a volver aunque sea en el recuerdo, porque dondequiera que vaya, donde sea que esté, ahora sé que los lugares mágicos existen, que la magia se siente en el cuerpo, en la gente, y en los lazos que uno traza que, por breves que sean, hechizan el corazón y lo hacen galopar hasta crecerle alas. O aletas.

Ojos bien abiertos

Abrí de golpe los ojos y me sobresalté: no podía reconocer el lugar en donde estaba, el bondi en el que estaba, el paisaje que veía, ni tampoco recordaba de dónde venía ni a dónde estaba yendo. Nada de lo que estaba a mi alrededor tenía sentido pero tampoco eso parecía preocuparme demasiado. Había perdido totalmente la conciencia y estaba ‘más allá’.
Eran más o menos las 3 de la tarde, o las 4, o las 5. A pesar de ir en sentido contrario a la horda desquiciada, el tráfico era insoportable. El chofer había clavado los frenos y me había sacado un poco de la modorra, justo a tiempo para darme cuenta de que en dos paradas me tenía que bajar.
El bondi ya estaba casi vacío, solo quedábamos él y yo. Hacía frío, pero él parecía no sentirlo. Miraba por la ventanilla, se acomodaba en su asiento, relojeaba la hora (¿estaría apurado? ¿lo estarían esperando?). El color anaranjado de su túnica era igual al de los otros monjes que había visto en los templos que visité. (Miento: algunos tienen túnicas rojas o usan la roja sobre la naranja.)
En ningún momento me miró. Yo no podía sacarle los ojos de encima. Me acordaba de la conversación que habíamos tenido con J., que me contaba que había viajado a Tibet y que había tenido la oportunidad de conversar con un monje que había pasado 23 años encerrado en un cuarto diminuto meditando. ¿Quién llevó la cuenta del tiempo? ¿Cómo sabe que fueron 23 años? ¿Por qué 23 y no 20 o 25? ¿Qué comía? ¿Dónde cagaba? ¿Qué fue lo primero que hizo cuando salió de ese cuarto? ¿Cuál fue su primer pensamiento? ¿Cómo siguió con su vida después de estar veintipico de años ‘ahí’? ¿Cuál fue su primera palabra, su primer recuerdo, su volver-al-mundo?   J. no me pudo responder. Él había estado más interesado en conversar sobre la meditación, el despojarse del‘yo’y del pensamiento, el nirvana. Yo me preguntaba qué podría llevar a un hombre a encerrarse tanto tiempo y cómo vive la vida después una persona que consagra más de 20 años a enclaustrarse y un día sale y se pone a conversar con un turista extranjero que ¡oh casualidad! pasa por ahí.
No sé por qué me dio la impresión de que mi monje era más citadino. Tenía una flor de loto tatuada en su muñeca izquierda y llevaba un bolsito celeste y una caja alargada en la cual seguramente había inciensos. Si tuviera que adivinar, diría que volvía al templo después de visitar a su familia (porque los monjes también fueron niños y tuvieron una madre que los crió), o se estaba mudando de pagoda.
Ver monjes ya no me sorprende. Al principio eran toda una ‘novedad’. Me quedaba atónita cuando veía uno, les sacaba fotos haciéndome la disimulada, y hasta he perseguido a un par en un centro comercial para ver qué hacían y qué compraban. Hoy por hoy me parecen de lo más ‘normal’. Tan ‘normal’ como hasta hace dos años me podían parecer un sacerdote o una monja. (¡!). (En realidad, lo que ahora me soprendería sería encontrar una iglesia o a alguno de sus representantes.)
Es curioso darse cuenta de cómo el contexto cambia tanto nuestra mirada. Lo increíble no es el cambio en sí (que se va dando de a poco), sino ese preciso instante en que abrís los ojos y descubrís que ya te resulta completamente natural ver a un monje en plena ciudad; que (a pesar de haber estudiado y hablar varias lenguas) vivas en carne propia lo que es el analfabetismo; que cada dos por tres te cruces con estudiantes de medicina de Dubai, Abu Dabi, India o Pakistán (y que te hagan acordar a los estudiantes de medicina colombianos o venezolanos que pululan por Baires); que Alí se vuelva un nombre más común que Juan, y que Malala Yousafzai (la chica pakistaní que fue baleada por los talibanes) resulte ser la prima de un chabón con el que te tomaste un par de cervezas en el bar de siempre y que el tipo haya dicho, entre trago y trago, que gran parte de lo que pasó fue en verdad puro invento de la prensa.
¡Lógico!
Y que todo eso sea algo habitual y cotidiano, y que te parezca absolutamente normal
Tan normal como quedarte dormida en un bondi y que una frenada te haga abrir de golpe los ojos.

Historia de taxi


Siempre digo y repito que vine a China en el momento justo. Quería viajar, trabajar en otro país, vivir en otra cultura, y de repente ¡ZAS! me cayó China como por arte de magia. Creo que el hecho de haber deseado tanto un viaje y la oportunidad que la vida me dio hicieron que pudiera adaptarme sin  inconvenientes a una cultura tan descabelladamente opuesta a la mía. No sufrí el famoso "shock cultural" del que tanto se habla (y que muchos padecen o padecieron), ni tuve homesickness ni nada parecido, e incluso la luna de miel me duró todo mi primer año (caramba... pensar que ya voy por el segundo!).
Nunca me sentí "de otro planeta" (a pesar de tener la certeza absoluta de que tendría más cosas en común con marcianos y/o jupiterianos que las que tengo con los chinos) y mi adaptación fue casi inmediata.
Sin embargo, a lo único a lo que todavía no puedo acostumbrarme es a los viajes en taxi. Hablé con mucha gente que había viajado a China antes de venirme, leí algún que otro blog de viajeros, hice la consabida búsqueda en San Google, pero en ningún lugar leí o escuché historias sobre taxis. Incomprensible. Alguno podrá preguntarse "¿Qué es lo que tiene de especial un viaje en taxi?". Pues bien, aquí los viajes en taxi son todo un viaje.
Vamos por partes. En primer lugar, el auto en sí. Según me dijeron, hay una ley que prohíbe que los coches que circulan por la ciudad tengan más de 10 años (o algo así), razón por la cual en la calle uno puede encontrarse con modelos nuevísimos y no con las coquetas batatas tan comunes que desfilan por Buenos Aires. Acá abundan los Audi, las marcas japonesas (Honda, Mazda, Nissan, Toyota), las Ferraris, los Lamborghinis, los Maseratis, pero ningún Fiat 147 o Peugeot 504. La excepción a esta regla son los taxis. Son todos iguales. Y son todos viejos.
La segunda particularidad es su interior: una reja que separa la cabina del conductor del asiento del pasajero. 


Inútil, ya que otra de las singularidades propias de este sistema de transporte es que el pasajero suele sentarse adelante, en el lugar del acompañante. En Beijing y en Shanghai he visto paneles que cubren totalmente al conductor, de manera tal que este queda completamente aislado del copiloto y de los pasajeros de atrás. Ignoro el motivo de esta pequeña cárcel, pero estoy segurísima de que no es por los robos (ya que aquí casi no hay). Si tuviera que arriesgar un por qué, diría que es para salvaguardarse de la agresividad del pasajero. Agresividad que, es necesario aclarar, despiertan, estimulan, potencian y exacerban los propios taxistas. Decidí aprender algunas "malas palabras" con el único propósito de poder comunicarme con estos perversos seres siniestros y que puedan entenderme. Los detesto. Sacan lo peor de mí, una furia ancestral y primitiva, un aborrecimiento visceral, un desprecio profundo. El único momento en el que siento el 'shock cultural' es cuando estoy arriba de estos autos color verde musgo. Si Arjona se hubiera tomado un taxi en China, jamás habría escrito esa pedorrísima canción del taxista y la minita. Un ritmo más propio sería algo tipo Sepultura, o un Metallica de la época de "Kill 'em all" o "And justice for all". Trash heavy.
Como todavía no hay subtes y los colectivos son un caos y dejan de circular entre las 9 y las 10 de la noche, me veo obligada a usar este medio de transporte con más frecuencia de lo que quisiera. Y siempre, siempre pero siempre me estreso.
Son funestos los sujetos que arriba de sus autos verdes o rojos pululan por la ciudad levantando víctimas, no clientes. No circulan del lado de la vereda, por lo que para tomarlo uno tiene que esquivar autos, bicis y/o motos para agitar frenéticamente la mano con el fin de que te vean y paren, y correr para que otro pasajero no te robe el vehículo que tanto te costó conseguir. Algunos tacheros te preguntan, antes de subirte, a dónde vas. Si les cabe tu destino, te llevan. Si no, no. A veces te explican que van a comer, que no conocen la dirección o que están terminando el turno y no les queda de camino a casa. Otros simplemente arrancan y se las toman. Luego de varias experiencias, aprendí que la única forma de 'asegurarme' el viaje es primero entrar y después decir a dónde voy, lo cual puede resultar peligroso ya que no todos los taxistas conocen la ciudad. De hecho, muchos no la conocen. Los más sinceros llaman desde su celular a una operadora o a un colega y preguntan cómo llegar. Otros ponen primera y ¡jodete! te llevan de paseo pi-pi-pi y un viaje que te costaría 15 yuanes terminás pagándolo 40. Estos despreciables sujetos merecen una mención aparte, ya que por ser extranjera deciden 'mostrarme' la ciudad de norte a sur, de este a oeste, de embotellamiento a congestión, y un viaje 'en L' (todo derecho para luego girar) termina siendo un recorrido por todo el abecedario. A esos son a los que más aborrezco y con ellos es con quienes practico 'mis palabritas nuevas'.
También están los que, a pesar de que el relojito corre haya o no haya tráfico, se niegan rotundamente a llevarte a esquinas que los hagan transitar por tediosos atascos, motivo por el cual es ridículamente necesario mentirle al taxista para que acepte el viaje (o sea, decirle otra dirección) y, una vez dentro del vehículo, darle las indicaciones pertinentes para llegar al destino que te costará no solo el importe que el taxímetro señala sino también las puteadas del conductor por haberle hecho perder tiempo dentro de su coche. Insólito.
Tampoco faltan aquellos que te dejan a dos o tres cuadras del lugar al que vas y te dicen "caminá". ¡Si me tomo un taxi es porque no quiero caminar! Otros, directamente, ni se toman el trabajo si el viaje es corto.
Un taxista que te lleve a tu destino sin pasearte por toda la ciudad es un milagro. Son raros ejemplares, generalmente simpáticos, que tratan de entablar una conversación, que te preguntan de dónde sos y te hablan de lo poco que conocen de tu país (como Malvinas o Maradona y su 'mano de dios', comentarios que un inglés tuvo que escuchar entre mis carcajadas y las del taxista picarón que disfrutó cándidamente de meter el dedo en la llaga). No abundan estos personajes, y los momentos en los que más lamento no poder hablar chino es cuando me encuentro con uno de ellos. Una verdadera pena.
Una vez, a las pocas semanas de llegar, me subí a un taxi (al lado del conductor), le mostré la dirección de mi destino escrita en una libretita y hacia allí partimos. El taxista, un chino simpático bastante joven, quiso entablar una conversación, pero en esa época mi limitadísimo vocabulario se reducía a un tīng bù dǒng (literalmente 'escucho pero no entiendo'). Frustrado luego de varios intentos, puso la radio para matar el silencio, con tanta suerte que empezó a sonar la única canción china que conocía, y me puse a tararearla. Emocionadísimo, retomamos el diálogo: él en chino, yo en español. No funcionó. Probó escribiéndome algo en mi libretita. Menos que menos. Llegamos a destino, entre risas y señas le pagué, nos despedimos, se fue tocando bocina, me fui caminando con una sonrisa. Al otro día le pedí a un estudiante que me tradujera lo que el taxista me había escrito. Se sorprendió cuando leyó el mensaje, y más me sorprendí yo cuando me enteré del contenido: "has tocado mi corazón, tu voz es hermosa, vos sos hermosa, estoy enamorado". No sé si habrán sido sus palabras o habrá sacado letra de algún Arjona chino (que abundan), lo cierto es que cada vez que me subo a un taxi sé que voy a tener una historia para contar. A veces de terror, a veces digna de una pedorra canción de amor.